Karla Sofía Gascón llegó juntando las manos en señal de oración, pidiendo clemencia, algo de calma, perdón por lo dicho y por lo que iba a decir. Ella es así, indomable, un poco bocachancla, incapaz de contenerse, aunque diga que practica una rama del budismo estupenda y parezca que promete que a partir de ahora hará las cosas bien. Llegó a El Hormiguero haciendo reverencias y genuflexiones varias. Hasta que se sentó, se santiguó y empezó a largar.
Es maja Karla Sofía. Sonríe mucho y se reconoce a sí misma como bruta, “bestiaja”. Le pidieron resumir lo que ha pasado por su vida desde noviembre, cuando visitó el mismo programa y el viento le soplaba a favor. El éxito y el reconocimiento, el aplauso, la nominación al Oscar por Emilia Pérez, la rapidez con la que la convertimos en “referenta” de todo y la rapidez con la que la etiquetamos como ejemplo de nada. “Es que si abro la boca…”, dijo. Y la abrió. Vaya si la abrió.
Llega un punto en el que la actriz estomaga o fascina. Por el momento me inclino por lo segundo porque la frecuento poco. “Hay unos señores que ahora mismo están escribiendo “Karla Sofía abre la boca”, dijo. Pues claro, hija mía. “Hay unos señores del corazón que están escribiendo que voy vestida de blanco”, bromeó. Como si lo que una lleva cuando sale por la tele no estuviera medido y calculado, desde Hollywood hasta Cangas de Onís. “Hay unos señores de investigación diciendo: ha venido a venderle la droga…”, ironizó. Segundos de pánico, hormigas microinfartadas, la música a todo lo que da. No pasó nada porque Gascón, una vez que se pone, no para: “Te lo resumo en una frase: se juntó el hambre con las ganas de comer”.
Se reconoce como víctima de una campaña de odio. La llamaron homófoba, tránsfoba y facha, admiradora de Hitler. Lindezas procedentes de otros homófobos, tránsfobos, fachas y admiradores de Adolf. La han insultado también los que no soportan el éxito ajeno. “Me han tachado de todo”, afirmó. Ella afirma que quizá las cosas las podría haber dicho de otra manera, pero que hay que “leer los contextos”. Pensó en irse de redes sociales, pero no lo hizo “por vanidad”. Entró en una iglesia pequeñita de París que le gusta mucho; ella, anticlerical perdida, y se preguntó por los paralelismos entre lo suyo y lo del señor clavado en la cruz. Es bestiaja, es exagerada, ya lo dice ella. Pero hay que verse ahí y no caer en estado de copla. Ya hemos dicho que estoy en ese punto de mi vida en el que me fascina.
“He acabado entendiendo a todo el mundo”, aclaró. Y habló de su libro, agotado en Amazon aunque ella no lo sepa porque solo entra en esa página para comprar calcetines. Fue a los Oscar y le dejaron entrar por “donde entran las celebridades, por la cocina”. “Son muy guapas”, dijo. Ganas no le faltaron de ponerse a cortar una cebolla en juliana. Ha participado en Masterchef Mexico, entre los regalos de la ceremonia había latas de marihuana que la dejaron algo perjudicada, las que no se bebió se las regaló a unos amigos que en agradecimiento la invitaron a cenar al restaurante de Los Angeles donde se grabó Kill Bill, que al parecer también es un sitio “muy guapo”. Todo esto más o menos en este orden, sin pausa alguna y ante la atenta y perpleja mirada del presentador, que debió mandar el guion a paseo a eso de la primera respuesta. Qué capacidad pulmonar.
Luego charló con las hormigas, hubo su ratito de escatología y el de ciencia. En cuanto se levantó de la silla hizo el gesto que hemos visto de dolor a todas las señoras del mundo. “Vengo destrozaíca de andar”, contestó cuando le preguntaron si le pasaba algo. De andar y de hablar, Karla Sofía.
