La Guerra de Malvinas ha sido una temática difícil de tratar, no solo desde lo histórico o ensayístico, sino también desde la narración literaria. Si bien toda guerra es un hecho doloroso que acarrea sufrimiento y no es fácil de abordar, mucho más difícil es encarar un conflicto bélico objetivamente absurdo, donde unas fuerzas argentinas mal preparadas intentaban enfrentarse a un ejército inglés claramente superior en todos los aspectos. Surge así el problema de cómo presentar una contienda que, más allá de las justas aspiraciones de soberanía, realmente fue un intento de una declinante dictadura por mantenerse en el poder. Quienes trataron de dar cuenta del conflicto desde la narrativa lo hicieron de diversas maneras, pero en general evitaron darle el tono heroico que había tratado de infundirle el gobierno militar. En este sentido, Los pichiciegos (1983), de Rodolfo Fogwill, es la novela pionera de la serie literaria sobre la Guerra de Malvinas y la que en cierta forma marcó el rumbo a seguir.
Según figura en la obra, el autor la fecha entre el 11 y el 17 de junio de 1982. Aunque quizás ese dato no sea totalmente exacto, puede aceptarse que el texto fue escrito casi en forma simultánea con los hechos de la contienda y los primeros días posteriores a su finalización. Si se recuerda que fue el 14 de junio de ese año cuando ofreció la rendición el jefe de las fuerzas argentinas en las islas, se advierte la proximidad entre los hechos sucedidos y la narración.
Para poder interpretar el enfoque adoptado por Fogwill en la novela, es fundamental recordar cómo presentaban los militares los hechos de lo que iba sucediendo en esa “guerra”. La contienda fue planteada desde un inicio como una gesta nacional plena de heroísmo, donde se podían pronunciar frases desafiantes, como las dichas por el general Galtieri, presidente de facto de esa época: “¡Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!” (y claro, quisieron venir, vinieron y vencieron…) Aunque hoy día pueda resultarnos extraño, no hay que olvidar que esas palabras fueron pronunciadas por Galtieri a pocos días de iniciado el conflicto desde un balcón de la Casa Rosada frente a una entusiasta multitud reunida en la Plaza de Mayo que festejaba sus dichos.
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Frente a esa visión heroica que ofreció el gobierno militar, Fogwill presenta una perspectiva antiheroica en su novela. En ella se narra las peripecias vividas por un grupo de unos veinticinco soldados rasos durante la intervención argentina en las Islas Malvinas, que se han separado del resto de las fuerzas argentinas (en términos más claros, son desertores). Ellos no pretenden triunfar en la “guerra”, sino simplemente sobrevivir hasta el final de ella, para lo cual han construido una especie de refugio subterráneo secreto, al que llaman la “pichicera”, al que se accede por una disimulada entrada.
En cuanto a ese lugar, para sobrevivir han ido acumulando allí víveres, obtenidos de poco honorables maneras. El nombre del refugio (y del título de la novela) proviene de un animal llamado “pichiciego”, una especie de armadillo que construye túneles y tiene hábitos nocturnos. Al igual que estos animales, los “pichis” (o sea, los soldados del grupo) también han construido un túnel y su actividad la realizan de noche, ya que si saliesen de día podrían resultar blanco de disparos tanto de fuerzas británicas como argentinas.
Quien lleva adelante la narración es Quiquito, el único sobreviviente del grupo. Relata la vida que tenían los “pichis” mientras duró esa experiencia (prácticamente hasta el final de la contienda). Los hechos narrados están lejos del relato triunfalista de la dictadura militar, ya que lo que hace Fogwill es contar una historia donde combina crudos relatos y descripciones con elementos propios de la farsa y la “picaresca”.
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Algunos de los relatos y descripciones sobre la vida durante la “guerra” son duros, sin sentimentalismos, contados con naturalidad, como algo banal, no exento de cierto humor negro. Por ejemplo, sobre los muertos y los heridos se cuenta: “Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería”.
Como lo único que les interesa a los “pichis” es sobrevivir, apelan a distintas estrategias de intercambio. Por ejemplo, en una ocasión uno de los “pichis” encuentra a un marino medio muerto: “El Turco lo encontró medio congelado y pensó dejarlo, pero después se le ocurrió que serviría para los pichis. Tuvo razón: él negoció con los marinos para que permitiesen desmontar el muelle de los durmientes”. Hay que aclarar que esos durmientes sirvieron para poder darle estructura firme a la “pichicera”, es decir, desmantelaron un muelle de los marinos para poder sostener el túnel.
El tono antiheroico de los personajes se ve claramente en una negociación que entablan quienes actuaban como jefes de los “pichis” con soldados británicos: “Los sentaron en una mesa frente a dos oficiales. Mostraban un plano gigante del pueblo y preguntaban la ubicación de la enfermería de los presos ingleses, de los casinos de oficiales y de los tanques de combustible y los depósitos de municiones. Ellos hicieron marcas en el plano. Señalaban casitas, potreros y caminos que en el mapa no figuraban”. Terminadas las negociaciones, “el oficial [británico] que parecía jefe les hizo dar bolsas con chocolate y cajas de cigarrillos”. En otras palabras, estos jefes de los “pichis” brindaban a los ingleses información sobre distintos lugares claves de las tropas argentinas a cambio de víveres.
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Además, el tono farsesco que campea en la obra puede verse en la interpretación que hacían otros soldados argentinos que seguían luchando cuando veían a un “pichi”, a quienes al no estar con ellos los habían dado por muertos: “Cuando alguno de los que seguían peleando cruzaba a un pichi conocido que iba a cambiar algo con Intendencia, decía que había visto a un muerto engordado y con barba”.
En suma, frente al pomposo discurso heroico, triunfalista y lleno de abnegación que pretendió darle la dictadura militar, Fogwill construyó un “contradiscurso”, donde solo hay antihéroes, cuya única ambición es sobrevivir en un conflicto no elegido por ellos.
* Licenciado en Letras (UBA), doctor en Ciencias Sociales (UBA). IG: carloscampora01