La cerradura de la celda, en la prisión de la ciudad siria de Tartus, chirrió. “Eres libre”, le dijeron. Tras 43 años y 15 días preso, el piloto Raguid al Tatari caminaba bajo el sol como hombre libre, a los 70 años. También se convertía en el preso político sirio con más años de cárcel sobre sus espaldas. El calendario marcaba lunes 9 de diciembre de 2024 cuando el júbilo se apoderó de la penitenciaría donde, conscientes de la caída del régimen de Bachar el Asad, que acababa de producirse, los carceleros decidieron liberar a los presos antes de huir. Raguid era uno de ellos.
Los combatientes de las milicias islamistas aglutinadas bajo Hayat Tahrir al Sham (HTS) aún no habían llegado a este feudo de El Asad de mayoría alauí, pero las imágenes de milicianos de largas barbas liberando a los presos de la infame prisión Saidnaya, a las afueras de Damasco, ya habían recorrido las pantallas de medio mundo. Bachar el Asad había huido a bordo de un avión a Moscú, poniendo fin a 24 años de gobierno y medio siglo de dinastía El Asad. Caprichos de la historia, en 1981 había sido Hafez el Asad, padre de Bachar, quien mandó encarcelar a Al Tatari, precisamente por incitar a otros aviadores a desertar a bordo de sus cazas.
Al Tatari, que tenía entonces 27 años, era un joven y apuesto piloto —a juzgar por las fotos que conserva— cuando su compañero, el piloto Maamun Nakar, aterrizó con su caza en Amán, la capital de Jordania, en noviembre de 1980 para pedir asilo político. Nakar se había dado a la fuga para no acatar las órdenes de bombardear su ciudad natal de Hama durante las protestas lideradas por la rama siria del movimiento islamista de los Hermanos Musulmanes. Un segundo aviador, Abdelaziz Abed, también desertó. Unos meses después, Al Tatari fue arrestado junto con otros pilotos. “Me acusaron de confabularme con americanos, jordanos y egipcios en la deserción de pilotos del ejército sirio. Todo inventado”, se defiende.
“Las redes sociales han exagerado el asunto”, aclara el aviador, a quien la prensa siria e internacional han presentado en estas últimas semanas como “el piloto preso por negarse a bombardear civiles”. “Yo nunca recibí órdenes de bombardear civiles, pero sí insté a mis colegas a negarse a hacerlo”, señala. “Simplemente me di cuenta de que éramos un instrumento del régimen [de los Asad] para preservar su supervivencia y no para proteger al país”. Al Tatari ha sobrevivido en su cautiverio a los dos pilotos desertores: Maamun murió de covid en Amán en 2021, y Abdelaziz fue acribillado por los servicios secretos en 1993, en una emboscada, cuando se infiltró ilegalmente en el noreste de Siria.
“Siempre fui libre aquí”, dice Raguid al Tatari dándose golpecitos en la sien con el dedo índice. Desde su liberación, este septuagenario de afable semblante viaja por el país visitando a amigos que conoció en las cárceles y descubriendo una Siria desfigurada por los últimos 14 años de guerra, pobreza y bombardeos.
El hombre camina entre pilas de escombros en Al Mashhad, uno de los barrios de la ciudad de Alepo que resultaron más castigados por la aviación siria bajo las órdenes de Bachar el Asad. Al Tatari graba con su móvil los esqueletos de edificios, tomando consciencia por primera vez de la envergadura de la destrucción del país que tantos jóvenes presos le habían descrito entre rejas tras el estallido de la zaura (revolución, en árabe) en marzo de 2011.
Él, que estuvo preso en el mandato de Hafez el Asad y luego en el de su hijo Bachar el Asad, asegura que las condiciones de las cárceles en ambas etapas eran exactamente las mismas. Tan solo en la prisión de Sueida pudo tener “un móvil y una cama decente”. No llevaba “ni cuatro meses casado” cuando fue arrestado, el 24 de noviembre de 1981. Privado de libertad, se enteró de que iba a ser padre de un niño, al que su mujer, Sama, llamó Wael y al que conoció por primera vez en 1997, cuando el chaval tenía ya 16 años, durante las horas de visita. También enviudó entre rejas, en 2018.
Desde entonces no ha vuelto a ver a su único hijo, que vive refugiado en Canadá y que en pocas semanas “arreglará sus papeles”, dice Raguid, para venir a encontrarse con él por primera vez fuera de una prisión. La primera persona a la que él visitó al salir de la cárcel de Tartus fue su abogada, Jadija Mansur, la cuarta defensa que tuvo en su interminable periplo judicial.
La entrevista con Al Tatari, que comienza en la casa de unos amigos suyos y prosigue en las calles de Alepo y en el coche, se ve constantemente interrumpida por el pitido de mensajes de WhatsApp. Una desconocida le pregunta si sabe algo de su padre, apresado en los años setenta. Adjunta una foto en blanco y negro. “No me suena de nada”, resopla Al Tatari, a quien cientos de sirios contactan con la esperanza de que viera con vida a algún familiar desaparecido en las mazmorras en el último medio siglo. Grupos de antiguos presos revisan miles de fotos con rostros de los más de 100.000 desaparecidos para identificar a aquellos que cruzaron con vida el cautiverio o confirmar que sucumbieron a torturas y enfermedades.
Al Tatari ha vivido muchos más años cautivo que en libertad. Hace memoria ayudándose con los dedos de las manos: los tres primeros años estuvo en el temido centro de detención de Damasco conocido como “rama palestina”. Allí es donde sufrió las peores torturas y desde entonces arrastra una leve cojera en la pierna izquierda, rota a porrazos. Allí también es donde se enteró de los bombardeos sobre Hama, una masacre perpetrada por el ejército de Hafez el Asad que en 1982 se saldó con más de 20.000 muertos en menos de un mes.
A esos tres años les siguió otro año en la cárcel de Meze (Damasco), 15 años en la de Palmira, 10 años en Sednaya y cinco años en la de Adra (ambas en la periferia damascena), seis en la sureña Sueida y los últimos tres años en Tartus, en la costa. Al Tatari asevera que el 95% de los reos de Palmira eran Hermanos Musulmanes y cuenta cómo fueron testigos, desde la prisión, de la caída de la Unión Soviética, histórico aliado de Siria.

En su relato, Al Tatari conecta cada cárcel con un vuelco histórico en la política siria. En la infame prisión de Saidnaya vivió el amotinamiento de presos en 2008 que se prolongó casi seis meses. Curtido por dos tercios de vida entre rejas, en 2011 acogió en la masificada celda a los jóvenes arrestados durante las manifestaciones. Los gritos de dolor cuando eran arrastrados a las salas de tortura provocaron la revuelta de presos más aguerridos. “Nos negamos a comer, golpeábamos las puertas con las tazas y amenazamos con una revuelta si seguían torturándolos”, asegura. De ese conglomerado bautizado como “el matadero humano”, el fotógrafo forense Farid Al Madhan, hasta hace poco conocido como César, logró huir con 27.000 fotografías de civiles sirios fallecidos con signos de tortura.
A los seis meses de protestas y consiguientes arrestos, la dirección de Saidnaya decidió trasladar a los presos políticos más antiguos a la cárcel de Adra, primera penitenciaria civil en la que Al Tatari puso los pies. Él arremete contra las sanciones internacionales que, dice, “han beneficiado al régimen [de El Asad] y empobrecido a la población”. El impacto se sintió en la cárcel, asegura, donde todos los gastos corren a cargo de los presos.
Sus amistades son antiguos reclusos, como Abdalá, de 38 años, con quien compartió celda de 2013 a 2016 junto con otros 137 hombres en un habitáculo concebido para 35. Querido por todos, la resiliencia mental y física de Al Tatari le convirtió en una suerte de terapeuta para los cientos de presos con los que se cruzó. Ahora sueña con abrir una escuela de pintura en Damasco. Quiere pintar a sus gentes y sus calles, que hoy recorre con mirada serena. “Yo me escapaba cada día de la cárcel pintando”, cuenta, haciendo desfilar en la pantalla de su móvil los retratos que dibujó en cautiverio. No piensa en volver a pilotar un avión, pero a los cuatro días de salir de prisión ya conducía temerariamente entre el caótico tráfico sirio. Celebrado como héroe por todo el país, el rostro de Al Tatari se ha convertido en el símbolo de la arbitrariedad del sistema carcelario de los Asad pero también de la rebeldía a sus dictados.