El niño con “pelo de choclo“. Así lo llamaban en Mendoza, cuando apenas daba sus primeros pasos. Después, en Buenos Aires, pasó a ser ‘Valdi’. Con 16 años, arrancó su formación como jockey en la escuela de aprendices del Hipódromo de San Isidro, su lugar en el mundo, donde un profesor le dijo que no vaya más porque “era muy grandote y pesado”. Pero él no escuchó. Sufrió 15 fracturas y vivió con hambre la mayor parte de su vida: primero, porque su familia no tenía un peso y luego, porque el camino de jockey no da tregua.
Hoy a sus 68 años (los cumplió el 1ro de abril), Jorge Valdivieso, el mejor jockey de la historia argentina, es sencillo y auténtico. Se autodenomina como alguien que “sólo ganó un par de carreras”, pero en realidad sumó un total de 4.630 victorias de la casi 20 mil que inició. Un hombre que soñó con llegar a lo más alto del turf y trabajó incansablemente para lograrlo. Quizá por esa humildad que lo define, forjó un vínculo único con Diego Armando Maradona. De personalidad introvertida, recibió a Clarín en su casa de San Isidro, un refugio repleto de premios y distinciones. Allí lleva una vida tranquila, sin lujos, aunque sus logros deportivos deberían haberle asegurado un mejor pasar.
Nacido en Bowen, Mendoza, Jorge abrazó el sacrificio desde su infancia: trabajaba con su familia en los viñedos, cultivando y cosechando. Con cinco años, trepaba plantas y recolectaba duraznos: “Teníamos patrón. A penas salía el sol, ibamos para los viñedos. Yo caminaba para un lado y mis hermanos iban para el otro. Era muy chico y livianito”. Aquella época está llena de recuerdos agotadores pero satisfactorios porque el trabajo era un pilar fundamental para los Valdivieso. “En casa no me quedaba”, repite Jorge.
Aunque en ese momento no lo sabía, su destino ya estaba marcado, Buenos Aires lo esperaba. “Mi mamá averiguó con una vecina para venirnos acá porque en Mendoza se trabajaba mucho, y se trabajaba para comer, no había ninguna posibilidad de crececimiento”, recuerda Jorge.
Lograron juntar algunos pesos para instalarse tres meses en San Antonio de Padua, una localidad del partido de Merlo, en el oeste del conurbano bonaerense, y así comenzó la travesía. Su mamá y su hermana tomaron el tren, pero no podían costear los boletos para toda la familia. “Fuimos con mi hermano y mi papá en camión con otra familia, tapados con una carpa. Recién la levantaron en Buenos Aires. Era para evitar ir en tren o en colectivo que salía mucha plata”, recuerda el mendocino.
“Era una casita chica prefabricada, de madera. Estuvimos un tiempo ahí, terminé séptimo grado y después nos fuimos a Libertad”, cuenta Jorge. En ese momento, el niño con “pelo de choclo” dejó atrás su niñez para transitar la adolescencia. Su hermana se puso de novia con Rubén Lagomarsino, quien se ganaba la vida vendiendo una revista sobre carreras. De contextura pequeña y delgada, el joven llamó la atención de su futuro cuñado: “Me vio un día y me dijo: ‘¿No querés ser jockey?’ Yo no sabía lo que era un jockey, nunca había visto una carrera de caballos”, confiesa.
“Entonces, Rubén me preguntó si sabía andar a caballo. Le respondí que sí, pero el caballo que araba, que era como montar una mesa, nunca tenía ganas ni de caminar”, detalla Valdivieso. Así comenzó su incursión en el mundo del turf. Eduardo Aria, un muchacho de la zona, fue quien lo ayudó con los trámites necesarios para ingresar a la escuela de aprendices en el Hipódromo de San Isidro.
“Fui a la escuela desde los 16 hasta los 18 años. Había tres profesores Alejandro Lhuillier, Bernardino Marcos y Juan Araya. Cuando sos aprendiz, además de ir a la escuela, sos peón de un cuidador que pasa a ser tu tutor y te paga por trabajar. Yo iba a un Stud y realizaba el trabajo de peón pero no me lo pagaban”, contó el jockey.

Valdivieso no reniega de sus origenes aunque reconoce que fue una época extremadamente dura para él. Apenas podía asistir a la escuela de aprendices, gracias a los 30 pesos mensuales que el Jockey Club -responsable de los Hipódromos de Palermo y San Isidro- le daba a cada estudiante. Era lo único que recibía al mes, ya que su cuidador no le pagaba: “Yo pasé hambre toda la vida, pero nunca pasé tanta hambre como en ese momento. Saltaba del tren por la vía para no pagar boleto. Mi mamá trabajaba en una casa de familia, todos trabajaban pero no teníamos nada”, confiesa Jorge.
Había que rebuscársela. “De Libertad me tomaba un colectivo a Padua, que ese sí lo pagaba y de Padua, el tren Sarmiento, donde saltaba las vías. Cuando el colectivo iba cargado, a la vuelta, también me ahorraba el boleto del colectivo, y eso significaba tomar un café con leche con medialunas o bolas de fraile”, describe con cierta melancolía.
”Valdi”, como comenzaron a llamarlo, asistía a la escuela de 10 a 12 del mediodía. Había 29 alumnos y apenas seis caballos disponibles, por lo que, debido a su apellido, rara vez le tocaba montar. “Llamaban de a tandas, y nunca me tocaba a mí. Yo era tímido, no hablaba, me daba cosa decirle al profesor por qué no me hacían montar un caballo. Un día me animé y le dije: ‘profesor discúlpeme pero ¿Por qué yo no monto?’. Y me responde: ‘Porque usted no va a ser jockey, va a ser grandote, pesado, y acá los pesados no andan, así que, quédese tranquilo, no venga más’. Pero él nunca me había visto montar”, se acuerda con detalle.
El responsable de ese revés era Alejandro Lhuillier, quien estuvo a punto de truncar la carrera del jockey argentino más ganador de la historia. Jorge dudó en seguir adelante, sobre todo porque no tenía un peso. “La estaba pasando mal porque el cuidador no me pagaba ni un café. Un día lo enfrenté y le pregunté por qué no me pagaba y me dijo que me daba trabajo para ayudarme. Era mentira que me estaba ayudando, me levantaba a las 3 menos cuarto de la mañana y llegaba a las 5 para trabajar. Recién me iba a las 9 y media para la escuela de aprendices”, cuenta.
“Hasta que un día le dije que no iba a trabajar más porque no podía vivir así, entonces me fui con otro cuidador, Manolo Menéndez, que sí me pagó, hasta ropa me compré, estaba hecho un rico”, recuerda con una sonrisa.

Como suele ocurrir con los grandes, Valdi parecía estar tocado por una varita mágica: “Seguí yendo pero no me hacían montar. Hasta que un día nos avisaron a todos que el jueves iban a hacer una prueba de gatera y el que largaba bien, corría. Llegó el jueves, fueron todos, y yo también fui pero decepcionado. Ese día, Alejandro no pudo ir porque le agarró gripe, y lo mandaron a Irineo Leguisamo para que tome la prueba de gatera”, recuerda, haciendo una pausa para tomar agua. Leguisamo fue un destacado jockey uruguayo, una estrella del turf.
“Iba por orden alfabético y llega a la V corta y dice Valdivieso. Yo no sabía qué hacer, me agarró un tembleque. Por eso, digo que el de arriba (por Dios) es grande porque el otro se enfermó unos días y Leguisamo me dio el visto bueno para empezar a correr y ahí arranqué con las carreras de aprendices”, dice Jorge, que se define como alguien muy creyente.
A pesar de haber ganado los trofeos más importantes como el Gran Premio Nacional (5), el Gran Premio Polla de Potrancas (3) o el Gran Premio Carlos Pellegrini (2), “Valdi” recuerda con la misma alegría la nostalgia de su primera victoria. “Cuando debuté, me dieron un caballo y perdí por hocico. Mi caballo no podía ganar porque no estaba bien preparado pero aparentemente lo corrí bien porque salió segundo”, describe.
Su primer triunfo no tardó en llegar: “Gané con el cuidador que me pagaba el sueldo, me dio una yegua (“Ramira”) que tenía la maña de irse para adentro. No sabía cómo hacer. Un día venía en el tren con un muchacho que se llamaba Walsh, que era jockey, y le cuento. Me dio algunos consejos como mostrar el látigo, pegar en el hocico, no muy fuerte, para que ella supiera que cuando le mostraba el látigo tenía que correr derecho. Lo hice y ganó”. Tenía tan solo 18 años.
Para que un jockey pase de aprendiz a profesional debe ganar una cierta cantidad de carreras. “Antes eran 60, ahora son 120”, explica Jorge. Su número 60 fue en La Plata; ganó por un hocico con un caballo llamado “Dream”, que pertenecía a Juan Garat, a quien el mendocino describe como “la persona que más sabe de un pura sangre y una de las más sanas” que haya conocido en esta profesión.
“Me dio un caballo y le gustaba como corría y era muy amigo de los Martínez de Hoz. Con él, empecé a correr y a ganar unas carreritas. El primer año; gané 8 carreras, después en el segundo año gané 32. Ahí me contactó con los Martínez de Hoz, que tenían el Haras Comalal. Con mi familia venimos muy de abajo, con poco estudio y preparación. Es díficil pasar de no tener un peso para comer a de pronto empezar a ver una moneda. La educación o la conducta no la podes perder nunca. Ellos me dieron la posibilidad cuando yo no sabía nada”, explica “Rubio”, otro desus apodos.

Sin embargo, el mayor obstáculo de su extensa carrera fue el bendito peso que debía tener en cada competencia. “Tenía que pesar entre 53 y 54 kilos. Me sacrificaba por el peso, me costaba mucho. A mi mamá a veces le decía: Yo antes no podía comer porque no tenía plata y ahora que tengo plata, tampoco puedo. Me cuidaba porque sabía que al otro día me iba a costar mucho más.”, expresa.
-¿Te acordás lo que comías en un día? Para mantener ese peso.
-Sí, comía una vez por día. Pollo, ensalada, arroz, pescado, comida que no me aumentara de peso. Bueno, cuando era peón no comía, no tenía plata. Me tenía que ir hasta Merlo para comer. Y ahí también comía una vez por día a la noche. A veces veo la televisión, lo que pasa y a mí nunca se me dio por robar, y eso que tenía hambre y necesidad. La única manera que conocía era trabajar y trabajar.
-Antes no comías porque no tenías plata y después por tu profesión.
-Claro, no podía por mi profesión. Yo tenía fiestas, cumpleaños, fin de año, me sentaba y no comía. Hay que tener constancia para no probar nada. Sabes lo que pasa, cuando empezás a comer, no paras. Y más cuando estás con mucha necesidad de hambre, con mucha ansiedad de tomar. Yo tuve problemas de riñones porque vivía deshidratado. Me iba a trotar, y me ponía los nailons para sacarme hasta tres kilos. Entonces, se me formaban los cálculos y me tuvieron que operar.
Hoy, Jorge Valdivieso luce delgado y pequeño, como siempre. Pero lo cierto es que pesa 11 kilos más desde su retiro, en diciembre de 2007. Parece imposible que alguien tuviera que realizar semejantes sacrificios para competir y, más aun, mantenerlo durante 32 años. El desgaste físico y mental fue brutal, un precio alto por estar en la cima de un deporte tan implacable.

El triunfo más inesperado y hermoso para el jockey fue el Pellegrini que ganó con Santa María de Araras. Se había quebrado el omóplato, la carrera se acercaba, y no llegaba a recuperarse. “Estaba fuera de estado, estuve 45 días parado con un yeso. El médico me sacó el yeso un viernes y se me cayó el brazo (extiende los brazos para adelante y hace el movimiento que se la cae el izquierdo). Ese fin de semana empecé a hacer ejercicios con una botella y el lunes fui a montar como pude. A los 15 días, pude correr. Era una de las carreras más difíciles pero mi caballo estaba invicto”, relata.
A lo largo de su carrera, Jorge sufrió 15 fracturas, pero ninguna tan impactante como la vez que se quebró el hueso atlas, en la parte superior de la columna cervical, justo debajo del cráneo.
“Me levanté y me fui caminando a la ambulancia, parecía que no me había pasado nada. Me acompaño un amigo que se llamaba Juan Carlos Dabul. Me sacaron una radiografía y no salió nada. El médico que me atendió me dijo: ‘no te vas de acá hasta que te hagan una resonancia’. Bueno, me la hicieron y saltó que tenía el atlas y la primera vértebra quebrada. Fue un milagro, me salvó el de arriba, como siempre.
La profesión que ejerció con una pasión desbordante y que le dio absolutamente todo, también le trajo inconvenientes de salud que, aún hoy, sigue combatiendo.
“Tengo problemas en la rodilla izquierda. En el 94 me caí, me quebré la tibia y peroné con fractura expuesta y, además, me rompí los ligamentos cruzados y laterales”, detalla el jockey. Además, enfrenta una dura batalla contra la retinitis pigmentaria, una enfermedad hereditaria que afecta su visión.
Debido a esta condición, tuvo que dejar su puesto como comisario deportivo en San Isidro. “Me dijeron que la enfermedad iba a avanzar, por lo que tomé la decisión de renunciar. El presidente habló conmigo y me dijo que no quería que me vaya del club. Y bueno, ahora hago asesoramiento a los comisarios”, relata.
El último jockey que logró conquistar la hazaña de la Triple Corona del Turf Argentino, en 1996, y que ganó el Olimpia de Plata en seis ocasiones, confiesa que uno de sus grandes arrepentimientos es no haber recibido formación sobre nutrición. “Si volviera a empezar, contrataría a un nutricionista que me mantenga liviano, porque la comida me costó mucho, sufrí mucho”, admite.

-Cómo fue que compartió caballo con Maradona y que ganaron cuatro carreras.
-Bueno, yo estaba en mi mejor momento y un día apareció Maradona por el campo 2. Nos presentaron, viste lo que era Maradona, ¿no? Nos hicimos amigos, incluso me fue a ver el hospital cuando me quebré y estaba con los fierros, después del mundial de Estados Unidos. Juan Carlos Bagó quería que los tres seamos socios y nos regaló un caballo. Y salió bueno, porque ganó cuatro carreras, después lo vendimos. Así que fui uno de los pocos que le hizo ganar plata a Diego, con la comisión del premio y la venta.
Jorge guarda muchas anécdotas con el Diez, pero elige compartir una en la que le tocó compartir una cancha de fútbol a su lado.
“Un día jugaba a la pelota con unos criadores amigos. Yo me abrigaba para jugar al fútbol también, era una tortura. Jugaba media hora, 40 minutos y después me caía a pedazos, porque transpiraba, las zapatillas mojadas y sobre el final, siempre ganaba el otro equipo. Entonces, le digo a uno de ellos: ‘Daniel, la semana que viene no me voy a abrigar y te juego por lo que vos quieras’. El jueves siguiente lo llamo a Diego: ‘¿vamos a jugar a la pelota?’ y me preguntó: ¿a dónde, Fierita?. En Martínez, le contesto. Enseguida me dijo que sí. Llegamos al vestuario, Diego estaba con su bolsito. Yo le miraba las caras a los demás, se codeaban entre todos, no podían creer que era Maradona. Ese día ganamos por primera vez”.
-Se extraña, en el momento que estaba enfermo no fui a verlo porque había muchos periodistas y no era fácil llegar. Creía que se iba a poner bien y no, no estuvimos al lado de él pero tanto Maradona como su mujer Claudia se portaron siempre diez puntos conmigo.

Los triunfos de “Valdi” trascendieron fronteras: ganó en Estados Unidos y en Brasil. Incluso, llegó a correr en Inglaterra. Pero la victoria más importante para él fue haberse despedido a lo grande: “Estoy orgulloso cómo terminé, es decir, el tema mío era el peso. Siempre preocupado por el peso. Una vez estaba en una quinta con la máquina de cortar pasto para transpirar y me suena el teléfono, yo puteaba por el peso, por la transpiración, por todo. Atiendo y alguien me dice; habla la diputada (no recuerda el nombre) lo elegimos ciudadano ilustre. Bueno, está bien, gracias, pero llamame mañana, le respondí. Le corté enseguida. Al día siguiente me llamó y le pedí disculpas, le dije que estaba bajando unos kilitos.
La disciplina con la que se manejó le permitió llegar más lejos que cualquiera de sus compañeros de la escuela de aprendices. “Es una profesión muy difícil, me equivoqué más que muchos de mis compañeros, pero nunca con alguna intención distinta al reglamento de carrera. Siempre cumplí a rajatabla todo lo que había que hacer para no meterme en nada raro porque acá, como en el fútbol, hay cosas buenas y malas. Yo nunca entré en nada y mira que estaba con hambre, había plata por todos lados, pero yo nunca entré en nada”, reflexiona. Jorge habla de ciertas maniobras que hay en las carreras, que pueden hacer que uno pise el palito. “A mí no me movió nada, a pesar de la necesidad”, explica.
-Si no hubieras sido jockey, ¿a qué te habrías dedicado?
-No sé, porque no tenía estudio, terminé séptimo grado a los empujones. Me levantaba a las 3 menos cuarto de la mañana y soñaba con poder correr una carrera, compartir písta con Sanguinetti, o incluso llegar a ganar una. Pero nunca me imaginé todo lo demás. Yo iba para adelante y después se fueron dando las cosas. Lo más grande para mí hoy es el cariño y el reconocimiento de la gente. A cualquier lado que voy a caminar, la gente me dice cosas lindas, tiene muy buena onda. Es impagable, nunca imaginé que, después del hambre que pasé, podría llegar a esto.
El futuro del turf argentino
Desde su experiencia, Jorge Valdivieso analiza la complicada situación que atraviesa el turf argentino: “Es un momento muy difícil por los costos, porque el patrón que tiene caballo es porque le gusta, no para hacer negocio, el caballo no es negocio. Negocio puede ser para nosotros que vivimos del caballo”, reflexiona.
“Atrás del caballo hay muchas manos, esto es una industria sin chimenea. Muy linda e importante, que vive mucha gente, acá hay cerca de 200 mil familias que viven del caballo. Ves el Hipódromo de San Isidro, que es uno de los mejores hipódromos del mundo, y no hay nadie”, lamenta Jorge.
Su época fue dorada para el turf, con alrededor de 100.000 personas en cada carrera. “Este señor que me tomó el examen, Leguisamo, corrió su última carrera con las tribunas llenas. Yo fui a la popular, y no vi nada, solo la polvadera que dejaban los caballos y nada más”, explica. Para Jorge, las entidades deberían apostar más al marketing para darle mayor visibilidad y promoción.
Este viernes habrá actividad en el San Isidro desde las 13.15, y Valdivieso estará por ahí, mirando caballos, charlando con sus colegas y dándose vuelta con una sonrisa cada vez que alguien le grita con tono burrero: “¡Valdi viejo nomás!”.