Milei sufre una derrota sin precedentes por culpa de Milei

Milei sufre una derrota sin precedentes por culpa de Milei

El rechazo del Senado a los dos candidatos para la Corte Suprema de Justicia es el último de varios traspiés que acumuló Javier Milei durante los últimos tres meses y que puede adjudicarle a un solo responsable: él mismo. Pero la pregunta ahora es otra: ¿aprenderá el Presidente libertario de sus errores o redoblará la apuesta? Si nos atenemos a su recorrido, la respuesta es inquietante.

Con el diario del lunes, la secuencia del autoproclamado león resulta evidente. En enero se metió en un lodazal innecesario y contraproducente en el Foro Económico Mundial de Davos; en febrero, encendió la mecha de un escándalo al promocionar un criptoactivo llamado $Libra en la red social X; en marzo, un pésimo operativo de seguridad frente al Congreso reflotó las imágenes de violencia y sangre en las calles de Buenos Aires que, ingenuos, pensábamos que habíamos dejado atrás; y desde el año pasado, con epílogo por estas horas, impulsó a dos candidatos controvertidos para la Corte Suprema, el máximo tribunal del país.

Varios son los datos llamativos de este último traspié.

El primero, el Presidente compró un buzón. Milei se considera un genio de la economía que merece el premio Nobel, pero tampoco oculta que no sabe —ni le importa aprender— sobre otros muchos campos de la vida pública. Entre ellos, el Derecho, la Justicia, el Poder Judicial y sus derivados. Y eso lo llevó a aceptar la sugerencia de un ministro de la propia Corte, Ricardo Lorenzetti, que por interés propio le recomendó postular al muy controvertido juez federal Ariel Lijo para el tribunal. Y el Presidente lo impulsó sin preguntarle a referentes de la oposición o siquiera a su propio ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona, que se enteró de la candidatura por la prensa.

Segundo, Milei jamás se desprendió del buzón. La nominación de Ariel Lijo levantó polvareda desde el momento mismo en que se anunció hasta convertirse en la candidatura que más cuestionamientos públicos cosechó durante las últimas décadas. Pero el Presidente avanzó por la senda de tantos otros ocupantes previos de la Casa Rosada: confundir la admisión de un error con demostrar debilidad. ¿Conclusión? Reafirmó su candidatura y la de Manuel García Mansilla, y de ese modo convirtió una nominación en una batalla política.

Tercero, el Presidente jamás buscó negociar una solución. Con dos vacantes disponibles en la Corte Suprema y escasos votos propios en el Senado, Milei pudo consensuar las candidaturas o, al menos, una de ellas. Es decir, que él impulsara a dos figuras con el beneplácito de la oposición o quedarse con una postulación y entregarle la otra al peronismo, decisivo en el Senado. O acordar una ampliación del máximo tribunal para disponer una negociación con cuatro o seis vacantes, en vez de dos. O sumar otros cargos ya existentes y vacantes, como el del Procurador General, cuatro en la Suprema Corte bonaerense o más de 140 cargos en la Justicia federal y nacional. Pero no, tampoco optó por la vía del consenso.

Aun así, si todo esto fuera poco, Milei también desafió al Senado. La designación por decreto de Lijo y García Mansilla, cuando restaban apenas tres días para la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, resultó para los senadores una “mojada de oreja”, como se dice en Argentina a una provocación. Incluso, vale remarcar, lo fue para muchos legisladores que evaluaban aprobar los pliegos de Lijo y García Mansilla. Interpretaron la decisión del Presidente como un ninguneo, a ellos y a la función que les asigna la Constitución Nacional.

Dada la sumatoria de errores de Milei y su estratega Santiago Caputo, la pregunta obvia es qué puede ocurrir ahora. Y la respuesta es sencilla: depende de la Casa Rosada. Tiene una oportunidad de oro si busca una salida consensuada y nomina, por ejemplo, a dos juristas de renombre, del interior del país y que sean mujeres, para acotar el desbalance de género. Ya perdió a Lijo en el camino, porque el juez federal nunca llegó a asumir. Y si ahora pugna por sostener a García Mansilla —que sí juró como ministro ad hoc de la Corte hasta noviembre—, planteo que la mayoría de los constitucionalistas considera inadmisible, el Presidente se hundirá más en el lodazal. A la luz de los antecedentes, podemos vislumbrar cómo rugirá el “león”.