“El Premio Nobel tiende a enterrar en vida al escritor que lo ha recibido, y su carrera literaria casi termina, por lo que si uno sigue vivo se puede sentir desmoralizado. Me he esforzado para que no fuera así, ya que he seguido publicando bastante”. Así hablaba Mario Vargas Llosa el 7 de octubre de 2020, exactamente una década después de que lo anunciaran como Premio Nobel de Literatura.
El 7 de octubre de 2010, Mario Vargas Llosa disfrutaba de un día soleado en su departamento del West Side, en Nueva York, a pasos del Central Park. Por aquella época, impartía un curso de literatura con eje en Borges, en la prestigiosa Universidad de Princeton. También preparaba el lanzamiento de “El sueño del celta”, relato sobre un personaje histórico, Roger Casement (1864-1961) que indagó sobre la brutalidad belga en la colonización del Congo. Se acercó su mujer Patricia, teléfono en mano y allí le avisaron: era Premio Nobel.
En Estocolmo, Peter Englund, secretario de la Academia sueca, apareció por la famosa puerta blanca para hacer el anuncio: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”, definieron. Se convertía en el primer escritor en lengua española en obtener el más codiciado premio desde que Octavio Paz lo ganara en 1990. Pero Englund reveló más de aquella mañana inolvidable: “Vargas Llosa se había levantado a las cinco de la mañana para presentar una clase, cuando recibió nuestra llamada a las siete menos cuarto, mientras trabajaba intensamente”.
A su vez, uno de los primeros llamados del escritor fue para su hijo Alvaro. Y este recordaría: “Tengo que confesar con infinita vergüenza que antes de felicitarlo y a pesar de la alegría que me embargaba, lo primero que atiné a decirle fue: ‘No sabes cuánto te agradezco por haberme librado para siempre de la maldita pregunta ‘¿Por qué nunca le dieron y por qué nunca le darán el Premio Nobel a Mario Vargas Llosa?’. Así fue como me enteré del Premio Nobel”.
“No me lo esperaba. Pensé que no era verdad. Creí que era una broma. Hacía mucho tiempo que mi nombre no sonaba entre los finalistas. Me acordé de Alberto Moravia, a quien le llamaron para decírselo y se lo creyó y era una broma. Pero el secretario de la Academia Sueca me dijo que en 15 minutos lo harían público, y cuando lo vi oficialmente me lo creí”, contó Vargas Llosa ese mismo día.
Rodeado por los periodistas en Nueva York, afirmó: “El primer nombre que se me viene a la cabeza es Borges, porque a él nunca se lo dieron, y era quien más lo merecía de los esquivados por la Academia Sueca. Y luego me sentí acompañado de todos los grandes maestros que me han hecho gozar como lector. En estos momentos siento que me acompañan los que me han guiado, mis escritores de cabecera, los que me han enseñado lo que sé: Tolstoi, Dostoievski, Gòngora, Borges. Martorell, Cervantes, Flaubert, Thomas Mann. Y de manera un poco especial, me vienen los nombres de Faulkner y Sartre. Aunque después me distancié mucho de él, las ideas de Sartre sobre la literatura y el compromiso político fueron para muy importantes cuando comencé a escribir: la idea de que la literatura influía en la historia, la idea de que escribir es una manera de comprometerse, sobre todo por la situación de América Latina en aquel tiempo”.
Momentos más tarde y por su propio deseo comenzó la celebración en la sede del Instituto Cervantes, vecina a su departamento. “Básicamente soy escritor y promuevo el español escribiendo lo mejor que puedo”, afirmó allí. Y destacó el significado que este premio tiene también para la literatura latinoamericana, para estimular a una nueva generación a escribir y construir un futuro que él observa con optimismo, a pesar del desafío que las nuevas tecnologías representan para el libro. “Yo soy más del papel”, enfatizó en la conferencia de prensa. “Espero que los cambios tecnológicos no signifiquen una banalización, una trivialización del consumo de libros. Creo que incluso existe la posibilidad de que las nuevas tecnologías permitan explorar los problemas más esenciales del ser humano, de la sociedad. De nosotros depende que no se acabe con ese avance de la civilización que representa un libro”, analizó.
Varios de los discursos de los consagrados por el Nobel habían quedado como piezas memorables. Coetzee, Pamuk o Imre Kertész, por citar algunos, poco antes del tiempo de Mario Vargas Llosa. Y este, con un toque de amor, ironía y harte, estuvo a la altura en diciembre del 2010, después de recibir el premio de manos del rey Gustavo. Tituló su discurso como “Elogio de la lectura y la ficción”.
Repasó su historia sentimental como lector, su aprendizaje en Cochabamba, el mundo que se le abría desde chico con la literatura a través de las obras de Julio Verne, Victor Hugo y Alejandro Dumas “que me devoraba para convertir el sueño en vida y la vida en sueño”. Por supuesto, en la serie de grandes autores resaltados por Vargas Llosa retornaba a Flaubert (“de quien aprendí que la literatura es una disciplina tenaz”) y abarcaba a Faulkner, Sartre, Orwell, Camus y Malraux (“me enseñó que el heroísmo y la épica todavía son necesarios en nuestra época, cuando el fanatismo y las dictaduras son las peores amenazas contra la civilización”).
Vargas Llosa dedicó un amplio espacio para fijar las conexiones entre literatura y civilización. Afirmó: “La literatura es una fraternidad de la diversidad humana, pues conmueve por igual a hombres y mujeres de todos los credos, razas y sociedades. Así, gracias a los mundos fraguados por la ficción protestamos contra las insuficiencias de la vida y adquirimos conciencia de la libertad. De ahí que las dictaduras abominen la libertad que palpita en todas las ficciones, pues los fabuladores propagan la insumisión y porque los tiranos saben que un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni desacatos”.
Dentro de su credo que también se iba a prolongar por el resto de su vida señaló que “la verdadera pesadilla de nuestra época es el fanatismo religioso y nacionalista, encarnado en el nihilismo suicida del terrorismo contemporáneo”. Y exhortó a combatir a los fanáticos en nombre de “la civilización que preserva la libertad y la literatura. La ficción es necesaria para que la civilización siga existiendo”.
El discurso fue profundo en reflexiones políticas, memorias personales, análisis literarios. Y en agradecimientos, que llegaron a los centros de su vida -Perú y España, París y Barcelona- y a personajes claves en su trayectoria. Puso al mismo nivel sus querencias y lealtades, ya que reclamó para sí todas las ciudadanías de su felicidad (“Quiero a España tanto como al Perú”, expresó) e hizo hincapié en que el amor a los países no es obligatorio, sino íntimo, libre y entrañable como el de los amantes, los padres o los amigos.
Cuando le consultaron su propia opinión (“¿por qué cree que le concedieron el Nobel?”), lo consideró así: “Habría que preguntárselo a los miembros de la Academia Sueca. Yo quiero creer que me lo han dado por mi obra literaria. Tengo la impresión de que no me lo han dado por mi cara. Desde luego me gustaría que me lo hubieran dado por mis ideas, también. Pero desde luego lo que creo que ha prevalecido, me gustaría que fuera así, es la obra literaria que tengo”.
Los otros premios en la carrera de Mario Vargas Llosa
La lista de distinciones que recibió Vargas Llosa a lo largo de su trayectoria es directamente impresionante. Si el Nobel lo colocó en la cumbre de la literatura, lo cierto es que si algo no le faltó a su obra fueron los reconocimientos. Entre ellos, otros de los más relevantes como el Cervantes, el Rómulo Gallegos (en 1967 por “La casa verde”), el Planeta (en 1993 por “Lituma en los Andes”) y el Príncipe de Asturias.
Pero en febrero de 2023, Vargas Llosa vio cumplido uno de sus sueños: su ingreso a la Academia de Francia, una institución fundada casi cuatro siglos antes por Richelieu. La ceremonia fue solemne, como se estila, en el Anfiteatro del Instituto Francés, en París. Y allí la institución quebró una de sus tradiciones al distinguir a un autor que nunca había escrito directamente en francés. También aceptaron consagrarlo a sus 86 años cuando, hasta entonces, sólo admitían candidatos a “inmortales” a los autores de un máximo de 75 años.
A Vargas Llosa le concedieron el sillón número 18, que había dejado vacante el filósofo Michel Serres en 2019. Y en la ceremonia, a la que asistieron -ya en plena reconciliación- los tres hijos (Álvaro, Gonzalo y Morgana) y el rey emérito español Juan Carlos I junto a su hija, la infanta Cristina, Vargas Llosa se colocó el clásico traje oscuro con hojas verdes de olivo bordadas, que portan los académicos desde comienzos del siglo XIX. Días antes también, en el proceso de la investidura, le entregaron la espada, en una ceremonia en la editorial Gallimard. Lo hizo la secretaria de la Academia, la historiadora Hélene Carrére d’Encausse.
Aunque algunos intelectuales franceses objetaron la elección de Vargas Llosa, por tratarse de un extranjero, fue defendido por otros como Jaen-Marie Rouart, académico desde 1997 y que aseguró que el escrito peruano “es alguien que tiene vínculo profundo con Francia y la Academia ha hecho una excepción. ¿Por qué no? Dentro del respeto a las tradiciones hace falta a veces hacer excepciones. Cuando un gran escritor entra en la Academia es siempre un símbolo. Y la voz de Vargas Llosa será una señal de la importancia de la literatura de un escritor que, pese a no escribir en francés, adora Francia”.
En su discurso de aceptación, en un francés vibrante, Vargas Llosa declaró su amor por Francia como patria literaria. Y situó la literatura como la más elevada de las artes narrativas, netamente por encima del cine y la televisión. “La novela salvará a la democracia o será sepultada con ella y desaparecerá”, dijo. “Nada se ha inventado hasta ahora como la novela para mantener vivo el sueño de una sociedad mejor que esta en que vivimos, en la que todos hallarían suficientes materiales para su felicidad, palabra que parece locura irreal en estos tiempos y que, sin embargo, alimentó por siglos el anhelo de millones de seres humanos”.
Fue una ceremonia con toda la pompa y en la que el Vargas Llosa afirmó que “aspiraba a ser secretamente un escritor francés”. Recordó su infancia y juventud latinoamericana, y su llegada a París en 1959. “Descubrí que los franceses habían descubierto la literatura latinoamericana antes que yo”. sostuvo.
Vargas Llosa habló de Flaubert, determinante en su carrera literaria y su manera de entender la novela, de Víctor Hugo, de Rimbaud, de esta literatura que, en su opinión, “fue la mejor y sigue siéndolo”. “¿Qué significa la mejor?”, se preguntó. “La más osada, la más libre, la que construye mundos a partir de los desechos humanos, la que da orden y claridad a la vida de las palabras, la que osa romper con los valores existentes, la que se insubordina a la actualidad, la que regula y administra los sueños de los seres vivos”. Y añadió: “Nadie ha ido más lejos que los escritores franceses en la búsqueda de esa entidad secreta que alimenta la vida y es la literatura, la vida ficticia que es, para muchos, la vida”.
Si la literatura francesa es, como sostiene Vargas Llosa, “la mejor”, es también porque “ha hecho soñar a la humanidad entera con otro mundo mejor, en todo caso distinto, y de esta manera ha renovado la democracia, manteniendo el sueño de una realidad diferente, sobre todo para las colectividades hambrientas y marginales y, muchas veces, las latinoamericanas entre otras”.
Novela y libertad, novela y democracia: este fue uno de los motivos recurrentes del discurso. “La literatura necesita de la libertad para existir”, dijo, “y cuando esta no existe recurre a la clandestinidad para hacerla posible, porque no podemos vivir sin ella, como el aire que es indispensable para nuestros pulmones”. También mencionó la invasión rusa de Ucrania y la resistencia de los ucranianos frente a Vladímir Putin. Y glosó: “Como en las novelas, aquí los débiles derrotan a los fuertes, pues la justicia de su causa es infinitamente más grande que la de estos últimos, los supuestamente poderosos. Como en la literatura, las cosas se hacen bien y confirman una justicia inmanente que solo existe, está de más decirlo, en nuestros sueños”.
El discurso concluyó con una reflexión sobre el más allá. Vargas Llosa especuló con que, terminada la vida, ocupase su lugar la literatura: las historias “extravagantes o imposibles”, todo lo novelesco que ha ido ocupando nuestras vidas, “las ocurrencias de un mal folletinista”.
“Sería el mejor de los finales, desde luego”, sentenció. “Después de haber sobrevivido a tantos sacrificios y tormentos, como los que nos ofrece la vida real, tener una vida semejante a la de los héroes, a los hombres y las mujeres que viven solo en nuestro recuerdo, sustentados solo en las palabras y las letras, como en una buena ficción”. Vargas Llosa ya era inmortal, pero pensaba en la muerte.
Ya había cumplido otro de sus anhelos con Francia: el ingreso en La Pléiade, la colección de clásicos de Gallimard. Y en 1985, el gobierno de Francia lo había condecorado con la Legión de Honor.
Le otorgaron el Premio Cervantes en 1994 y lo recibió en Alcalá de Henares, donde nació ese gigante de la literatura española, autor del Quijote. El entonces Rey de España, Juan Carlos I, le entregó la distinción. Y ocho años antes había recibido el Premio Príncipe de Asturias.
Allí se refirió a los vínculos entre la España conquistadora y el continente americano: “Luego de tres siglos en que fueron una sola, las naciones que España ayudó a formar y a las que marcó de manera indeleble, estallaron en una miríada de países que, entre fortunas e infortunios -más de éstos que de aquéllas- tratan de forjarse un destino decente y de aniquilar a esos demonios que han emponzoñado su historia: el hambre, la intolerancia, las desigualdades inicuas, el atraso, la falta de libertad, la violencia. Son demonios que España conoce porque también en la Península han causado estragos. Lo que la Historia unió los gobiernos se encargan a menudo de desunirlo. Nuestro pasado, en América, está afeado por querellas estúpidas en las que nos hemos desangrado y empobrecido inútilmente. Pero todas las guerras y disensiones no han podido calar más hondo de la superficie; bajo los transitorios diferendos subsisten, irrompibles, aquellos vínculos que España estableció entre ella y nosotros, y entre nosotros mismos, y que el tiempo consolida cada vez más: una lengua, unas creencias, ciertas instituciones y una amplísima gama de virtudes y defectos que, para bien y para mal, hacen de nosotros parientes irremediables por encima de nuestra y diferencias”.
En el campo del periodismo también tuvo múltiples reconocimientos como el Premio Maria Moors Cabot 2006, periodismo interamericano). Y fue declarado “Doctor Honoris Causa” en las universidades más importantes del mundo: Harvard (1999), Oxford (2003) y Sorbona (2005).