«Espero no perder mi capacidad de asombro»

«Espero no perder mi capacidad de asombro»


Ver, pensar y escribir: “Apenas pare de llover y termine de dar mi clase, me voy a correr: es una manera de poner en funcionamiento la cabeza para la escritura”. Así queda envuelta en su placentera trampa, la de oxigenarse para luego enfrentarse al arrullo del teclado, la imagen que se va llenando de palabras pensadas, los párrafos musicalizados y, finalmente, los textos deslumbrantes. De este modo transcurren los días de Leila Guerriero. Otros van del armado y desarmado de una valija que contiene un material imprescindible: computadora, libros, cuadernos y lapiceras. También ropa.

La escritora y periodista argentina Leila Guerriero viene de reeditar dos libros clave de su obra: Los suicidas del fin del mundo y Frutos extraños. Foto: Mariana Nedelcu.

Integró el panel inaugural de la Feria del Libro 2026 junto a Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara, es columnista del diario El País de España, dicta talleres de escritura, jurado de grandes premios literarios y es dueña de una obra frondosa de crónicas, retratos y ensayos. Por si fuera poco, acaba de recibir el premio Strega Europeo por La Chiamata, la versión italiana de su libro más vendido.

Ahora, le toca releer su interior y volver sobre algunos de sus pasos importantes en épocas diferentes. Se reeditan dos obras clave de su biografía como protagonista de la escena del non fiction. Uno es su primer libro, Los suicidas del fin del mundo (Anagrama), publicado por primera vez en 2005, por Tusquets. El otro es Frutos extraños (Alfaguara), colección refinada de crónicas, retratos, conferencias y otras yerbas que salió a la luz como libro en 2009. Si bien, le sobran proyectos, todavía vive la enorme repercusión que tuvo ese libro parteaguas para la historia reciente de los derechos humanos, La llamada (2024). Un éxito internacional en ventas, un retrato de Silvia Labayru que aún impacta y obliga a mirar de otro modo el lugar de las víctimas sobrevivientes de la dictadura.

Elegante en su andar, precisa en las reflexiones y amable en el encuentro, se dejó fotografiar bajo una llovizna otoñal y siempre encontró las palabras exactas en su significado y orden estético para esta entrevista. Todo ocurrió en un bar de Villa Crespo. Una mañana en la que el barrio parecía abandonado por sus habitantes. Un contexto inmejorable para la conversación.

Los sucidas del fin del mundo. Leila Guerriero. Editorial Anagrama

–¿Con qué te encontraste cuando revisaste Los suicidas del fin del mundo?

Los suicidas… era el primer libro y mi duda mientras lo estaba escribiendo era, ¿estoy escribiendo un artículo larguísimo o estoy escribiendo un libro? También me pareció un libro muy actual en un punto, nada de lo que pasaba ahí dejó de pasar. Tiempo después Entre Ríos pasó a ser la provincia con el índice más alto de suicidios. Me costó muchísimo encontrar un lugar donde publicar el libro; muchos me decían, «suicidas, de ninguna manera», era muy piantalectores, para los editores. En ese libro se consolidó un estilo muy distinto al que yo tenía antes, me surgió uno más ascético, ahorrativo, económico. La historia era tan tremenda que se secó un poco el lenguaje y después apliqué esas formas a muchos otras textos que hice. Miro al pasado y siento mucho respeto por esa persona que fue allá al sur…

Frutos extraños. Edición definitiva, de Leila Guerriero (Alfaguara). Foto: gentileza.

–¿Y esos artículos de Frutos extraños te sorprendieron al releerlos? ¿Cómo viste textos de 2001 como “El mundo feliz: venta directa”?

-Sí, había un poco de beligerancia excesiva en textos que hablan contra los talibanes de la salud, hay otro de una voluntad de reporteo extenso para abordar Mary Kay o Avon, ir a las reuniones y hablar con las vendedoras. Me gustó ver eso, esa voluntad que ya estaba ahí para levantar todas las baldosas posibles. Todo ocurría gracias a la paciencia de los editores, porque esas notas me podían llevar meses. Las releí y me acordé de mi escritorio en La Nación, el teléfono fijo; estaba ahí sentada por horas, esperando una llamada, entonces no sabías si ocupar el teléfono, había una lucha con el compañero de escritorio para decir, «No, no llames ahora que estoy esperando que me llamen”. Fue muy grato poder leer eso. El estilo no es el que yo uso ahora, pero no reniego de nada de lo que hice.

–¿Quién eras vos en esos años?

Los suicidas… lo escribí en un pequeño departamento en el que vivía con mi pareja, un lugar muy chiquito.Tenía un escritorio que estaba en el living, que era un espacio de 3 por 3 y era el mismo sitio donde cenábamos, conversábamos, mirábamos la televisión. A veces me asombra haber alcanzado ese grado de concentración que ahora me cuesta tener, lograba un grado de ensimismamiento increíble en un lugar que tenía interrupciones. Ahora necesito cada vez más aislamiento, más soledad para escribir. Yo no tenía que revisar mi agenda con semanas de anticipación. Ahora hay que programar todo un mes antes. También era alguien que no tenía tantas herramientas de escucha como las que tengo ahora. Eso mejoró con el tiempo. Estoy más equipada. Pero eso te lo dan los años de experiencia.

Leila Guerriero, Bogotá, 2008.  Foto: EFE/Guillermo Legaria.

La llamada salió a principios de 2024. En noviembre de 2025, hicimos en Ñ la encuesta del libro del año, de 2025. Mucha gente siguió votando tu libro. El éxito, la lectura continuaron. ¿A qué se debe esa vigencia?

–Lo asombroso fue que salió primero en España y se agotó en tres días, también funcionó muy bien en Francia, en Italia. Acá, por supuesto, uno lo entiende por la dictadura y quizás porque tenía una mirada distinta, no tan monolítica, una mirada incómoda que produce conversación, polémicas, etcétera. En España podría entenderse un poco porque Silvia Labayrú, la protagonista, estuvo 40 años viviendo allá, o también por el tema del franquismo y esta historia tan distinta que tiene España en relación a las víctimas. Ella establece un discurso bastante revulsivo en relación a aquellos años.También toca un tema de mucha actualidad que es el consentimiento, las violaciones, el cuerpo de la mujer como botín de guerra.

Acto día del periodista de la Academia Nacional de Periodismo en la Biblioteca Nacional. Allí recibió el premio Pluma de Honor. Foto: Maxi Failla

–¿Cómo te llevas con el “clima de la época”? Algo que puede ser condicionante y a la vez estimulante. Eric Hobsbawm hablaba de “tiempos interesantes”. O sea, el peor de los tiempos puede ser interesante.

–Estoy muy atenta. A veces siento que hay mucho ruido, bochinche, griterío de todas partes, también ocurre también en países como EE. UU., algo que oculta el fondo de algunas cuestiones, distrae de las cosas importantes. Es un griterío acerca de determinado tema y hay muy poca atención al hecho de que finalmente la Argentina abandonó la OMS, se dice muy poco acerca del 7,5 % de desempleo, 200.000 desempleados nuevos, poco se habla de la placa que descolgó el director de la Casa Argentina en París, que recordaba a los 30.000 desaparecidos. Hay mucho discurso de bullying. Cuando vos lees los manuales para tratar con una persona que hace bullying en un colegio, se señala que hay que hablar con un adulto responsable. ¿Quién sería el adulto responsable en este caso? Tendríamos que volvernos cada uno de nosotros adultos responsables de nosotros mismos y tratar de intervenir en la conversación. Los que tenemos voz pública a través de algo que no sea una devolución de bestialidades y griteríos. ¿Cómo se habla con gente que tiene ese discurso? ¿Habrá alguna manera de hablar? No sé si hay una escucha aplomada del otro lado. Sí, son tiempos complejos y difíciles, pero también interesantes para verlos.

–Beatriz Sarlo contaba que en los 60 y en los 70 al buscar hacerse un lugar en la escena intelectual, política, sentía que era una boxeadora en minifalda. Y en el inicio de Frutos extraños, en ese texto «Mi diablo», arrancás así: “Escribo como si boxeara”.

–Sí, pero en términos de un boxeo íntimo, no es que esté boxeando con la realidad ni que quiera establecer textos agresivos o que considere que los demás son enemigos, es más bien una lucha interna. Con la escritura en sí, con todas las cuestiones que te plantea el hecho de ser a una persona que escribe dudas, broncas, rabias… Ese es el estado de guerra conmigo misma y con el mundo externo. Creo que podés seguir escribiendo otras cosas después de haber escrito bastantes ya. No puedo entender a los escritores que se jubilan como Philip Roth o Julian Barnes, o sea, ¿por qué alguien querría dejar de hacer lo que le gusta? Entiendo que un bailarín no puede bailar hasta los 90 años, que un atleta no puede ir más allá de los 30, 40. Pero dejar de escribir no. Debe ser horrible sentir que ya dijiste todo lo que tenías que decir. Es como una convicción, por un lado, de que uno siempre va a tener algo para decir y también un temor, Porque la pregunta está, ¿alguna vez dejaré de tener algo para decir?

La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama). Un gran éxito internacional.

–¿Cómo pensás que se armó tu cabeza, tu cosmovisión? ¿Qué herramientas fuiste a buscar y conseguiste?

–Había estímulos en la casa de mis padres lectores en Junín, de una abuela alemana muy novelera y muy imaginativa con la que jugábamos y me contaba cuentos, leí El Corto maltés, vi las primeras obras de teatro de mi infancia. Había mucho estímulo y sobre todo una curiosidad a mi voluntad de querer escribir. Me preguntaban qué estaba escribiendo a los 9, 10, 11, 12 años, como si yo fuera una escritora profesional. Había un respeto por eso. Ahí nació algo y había un deseo muy fuerte. Parte de mi infancia y mi adolescencia pasaron en dictadura. ¿Qué es eso? Una música de fondo. Entre la grisura de todos esos años y la rebeldía de padres que no acordaban con el régimen militar, pero que no tenían ninguna militancia específica salvo que fuimos con mi viejo a comprar el libro de Osvaldo Bayer La Patagonia Rebelde. Era algo clandestino, uno de los libros prohibidos en la dictadura, yo sentía una mezcla de temor y temeridad.

–Y después. Buenos Aires…

–Salté a Buenos Aires con la primavera democrática. Fue impresionante para mí llegar acá, vivir sola, estar a las propias temperaturas de mis días, encontrar nuevos amigos. También iba a una universidad privada y sentía que había un mundo ahí, que no era el mío era gente de una clase muy alta y yo no tenía mucho que ver con ellos. Me anoté en clases de teatro y eso fue muy estimulante. Conocí el under, el Parakultural, Cemento, los bares de San Telmo, la noche, la calle, saber qué colectivo te llevaba hasta un lugar…. Eso también es un bagaje súper importante, la autonomía y la libertad siempre fueron valores prioritarios: no depender, no obedecer.

Las escritoras Gabriela Cabezón Cámara, Selva Almada y Leila Guerriero protagonizaron la inauguración de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2026. Foto Martín Bonetto

–Si. Toda esa época fue muy formativa, sobre todo a partir de mi paso por Página 30, el encuentro con muy buenos editores como Rodrigo Fresán. Ahí se abrió un camino completamente transformador, el de las lecturas. Yo leía muchos clásicos y europeos y a partir de ese momento Rodrigo me abrió el panorama de la literatura norteamericana contemporánea y hoy, mi biblioteca está mucho más llena de esa literatura que de cualquier otra. Eso fue un camino formativo impresionante, y creo que en el estilo y la mirada y todo eso tuvieron mucho que ver los editores de ese momento, como Eduardo Blaustein. Y después en La Nación un editor generosísimo como Hugo Caligaris, que me dejaba hacer las locuras más intensas. Creo que todas esas cosas terminaron consolidando una mescolanza de influencias. De esa infancia salvaje, callejera con padres que estimulaban mucho la lectura y el tiempo para jugar. Al lado de los demás padres eran casi hippies. Eran muy aventureros los dos, la libertad, los campamentos con mis viejos que dos por tres estábamos en algún en alguna situación medio complicada de peligro por la naturaleza. Me dieron cierto arrojo en general, un ir hacia adelante midiendo las consecuencias pero sin acobardarme.

–Se lee en tus textos una búsqueda de coherencia, de musicalidad en cada párrafo y de elección exacta de cada palabra. ¿Tenés debates o batallas entre, por ejemplo, un adjetivo preciso y un sustantivo hermoso?

–Sí, tengo batallas, a veces me encanta una palabra, pero tiene rima interna con otra, entonces ahí negocio cuál cambio. A veces eso implica toda una reestructuración de un párrafo. No me gusta hacer trucos fáciles, reemplazar una palabra por un lugar común, sentir que te pasaste de golpe de efecto con un punto y aparte. Y por otra parte sentir que te gusta ese punto y aparte y negociar con esa parte tuya que está como enamorada de un efecto y pensar esto no puede ser así, es demasiado sensacionalista. Cuando termino el documento hago un repaso buscando palabras repetidas, o palabras como “mientras”. Esa simultaneidad hace que la utilices la palabra de manera excesiva. Esa es la parte más placentera, eso es escribir.

Leila Guerriero en Villa Crespo. Foto: Mariana Nedelcu.

–Geógrafos como Carla Lois sostienen que hay dos territorios imposibles de mapear. Uno, el de las fosas marinas como Las Marianas, otro, el lecho de un volcán activo. ¿Hay personajes imposibles de retratar o situaciones también muy difíciles para hacer una crónica?

–Sí, sí. No se me ocurre ninguna persona específica en este momento, pero en principio la gente muy poderosa es muy complicada, en términos de que el acceso es muy restringido. En esos casos siempre he preferido decir, «no.» Porque esa persona no me va a dar 15 entrevistas, ni tres y no me va a permitir acceder a su entorno. Y eso es como querer retratar el fondo del volcán sin un instrumento adecuado, terminás haciendo una entrevista de una hora que termina siendo la nada. En el caso de una crónica siempre tenés algún punto de entrada. De hecho en Los suicidas…, por ejemplo, hubo gente que no quiso hablar y sin embargo, la crónica se podía hacer igual, porque había muchísima otra gente que sí quería hablar. No se te cae una crónica por no tener un testimonio. Hay casos de alguien reticente como el de Nicanor Parra, un hombre del que nunca estaba claro con quién estabas hablando, si con un genio o con una persona que hacía payasadas. Aunque siempre era un genio, por otra parte. Hay gente que es más críptica. Por más que estés y estés siempre tenés la sensación de que hay un fondo al que no vas a llegar del todo.

–Muchas veces se habla de que determinadas personas por alguna razón pierden la capacidad de asombro. ¿Te puede pasar algo así?

–Ay, espero que no. Yo tengo capacidad de asombro incluso cuando escribo columnas y me parece que es algo que uno tiene que tener muy aceitado. Porque si ya pensás que lo viste todo definitivamente, ¿de qué vas a escribir la próxima semana? Yo estoy siempre un poco con la oreja parada. Uno es una especie de vampiro. Siempre estoy dispuesta a que algo me encante en principio. Si voy a ver una película es porque quiero que me guste, o si abro un libro no es porque crea que ya nunca más voy a leer algo tan bueno como Los hermanos Karamazov. Creo que siempre puedo asombrarme.

Leila Guerriero. Foto: Mariana Nedelcu

–¿Qué sentís que te piden los alumnos? ¿Hay una ilusión, una expectativa, una necesidad económica?

–No me pregunto mucho eso… Lo que sí se expresa mucho es un cierto nivel de confusión con su propia escritura. Como no sé bien para dónde ir, se demanda más una especie de guía. Si yo pensara más en las expectativas de ellos me parece que no funcionaría mucho. Trato de guiar un camino de escritura sin torcer su voz, marcando algunas cosas que yo creo que no están, y tratar de decir, «Por acá no es. Vamos a ver por dónde sí es”. Es posible que acudan buscando un poco de entusiasmo perdido, en caso de gente que hace periodismo desde hace tiempo y está como desencantada de algunas cosas, y encuentran en el taller una tarea de edición. ¿Qué es un taller? Somos muchos editores pensando acerca de un solo texto. Y eso lo encuentran muy estimulante y entonces creo que encuentran un relanzamiento del deseo de seguir escribiendo. De los talleres han salido libros, artículos larguísimos, ha habido gente que ha publicado por primera vez en determinado medio en el que siempre quiso publicar y eso a mí me resulta sumamente estimulante. Lo único que uno puede hacer en un taller más que nada es contagiar el entusiasmo.

Leila Guerriero con Ricardo Piglia. Foto: Martín Bonetto

–Muchas veces leemos y a veces hasta es un lugar común esto de “escribo con el cuerpo”, “pongo el cuerpo”. Somos un cuerpo, claro. ¿Vos sentís que comprometés una parte de tu cuerpo más allá de tu cabeza?

–Yo escribo muchas horas por día, siento que soy un cuerpo que escribe. Y eso cansa, da somnolencia. Te levantaste a las 6 de la mañana y son las 7 de la tarde y estás ahí todavía escribiendo. Es una cosa que te permite hacer la no ficción, hay buena parte del trabajo que consiste en volcar el material documental que tenés al texto, revisar datos. Juegan los sentidos, yo escribo con el oído, con la vista, si quiero montar una escena necesito verla dentro de mi cabeza para poder abordarla después. Sé que una persona suena de determinada manera porque a mí me sonó así, quiero que suene esa determinada manera en el texto, gritona o cariñosa. Hay trabajo de pasar lo que a vos te pasa en el cuerpo, después de una tarea exhaustiva de reporteo a eso que va a estar en la página. Cuando estás con fiebre o te duele algo, las ganas de escribir las tenés que forzar o directamente decir, «Hoy no, porque el cuerpo dice no.» Me ha pasado de mirar la pantalla y sentir un desistimiento físico. O sea, la cabeza quiere, pero tampoco quiere tanto. Entonces, sí, yo siento que el texto es de alguna manera el rastro de un cuerpo.

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