Una patrulla militar atraviesa calles vacías en el sur de Guayaquil, una de las ciudades más peligrosas del continente. Los vecinos observan detrás de rejas, encarcelados en sus propias casas. Tienen prohibido salir por la noche. En otro punto de la ciudad costera ecuatoriana una madre espera noticias de su hijo desaparecido por una patrulla militar. En la Penitenciaría del Litoral, la cárcel más grande del país, hay presos tosiendo sangre en pabellones hacinados debido a la tuberculosis. En los hospitales públicos, a los médicos les toca improvisar porque faltan medicinas y utensilios. Guantes incluido. El país ha dejado de ver como una excepción los apagones de luz, las extorsiones y el miedo. Hace un año, Daniel Noboa inició su mandato -el primero completo- con la promesa de recuperar el control de Ecuador. Doce meses después, gobierna un país exhausto: el más inseguro de América Latina.










