crean un día para reconocerlos

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Maduri tiene sinestesia proyectiva, una variación neurológica en la que los sentidos no operan de manera aislada sino acoplados. Para él, cualquier estímulo —un sonido, un movimiento, el calor de un abrazo— genera una respuesta inmediata en otro sentido: un color, una textura, un aroma, una forma. No es metáfora ni alucinación. Es simplemente la manera en que su sistema nervioso procesa la realidad.

Durante décadas, su experiencia fue incomprendida, incluso por él mismo. Hoy es el primer sinestésico reconocido legalmente en la Ciudad de Buenos Aires, luego de que la Legislatura porteña aprobara una norma que establece el 2 de julio como el Día de la Sinestesia, la primera ley de este tipo en el país.

Una infancia llena de imágenes sin nombre

De chico, Héctor no sabía qué le pasaba. Veía a una amiga tocarse el pelo y percibía un color. Jugaba a la pelota y se observaba desde afuera, como si su propio cuerpo apareciera en un monitor invisible. Tuvo crisis. Consultó médicos. Buscó respuestas que tardaron años en llegar.

Un detalle reveló algo fundamental sobre cómo procesa los estímulos: cuando tocaba la guitarra de manera convencional, como diestro, no percibía nada especial. Pero al tocarla como zurdo, todas las vibraciones de todas las notas le llegaban con plenitud. Con el tiempo entendería que recibe los estímulos perceptivos predominantemente desde su lado derecho.

«Visualizo el color, el sabor, la textura, el aroma», describe Maduri. «Y esa letra, esa nota, me lleva a un espacio donde mis sentidos fluyen. Cuando escucho algo, lo veo literalmente. Lo proyecto como si tuviera un monitor al costado donde aparece la imagen.»

Neuronas hiperconectadas

La ciencia define la sinestesia como una variación neurológica, no como un trastorno ni como algo paranormal. Su base está en lo que los neurólogos llaman hiperconectividad: durante el desarrollo temprano, el proceso de poda sináptica —la eliminación de conexiones neuronales sobrantes— no ocurre de la misma manera en estas personas. Las áreas del cerebro que deberían operar de forma separada permanecen en contacto.

Maduri distingue con precisión dos tipos de experiencia sinestésica. La sinestesia asociativa —presente en todas las personas, vinculada a la imaginación y los recuerdos— y la sinestesia proyectiva, mucho menos común, donde los estímulos se perciben de manera real y externa. En su caso, todo lo que escucha, ve o toca se convierte en color, textura, olor. Toda experiencia es información.

El costo de semejante apertura sensorial es alto. La mente de Héctor Maduri no descansa. Está sobreestimulada todo el día. Cualquier movimiento que percibe activa su espejo sensorial. Por eso cuida los ambientes en los que se mueve: demasiada estimulación lo desborda. «Cuando me voy a mi cama es donde tengo mi refugio, pero constantemente mi mente está expuesta a lo que veo y a lo que escucho», confiesa.

La presión que ejerce sobre un vaso se transforma en un color. Al observar a alguien, puede sentir sus nervios, su ansiedad, su angustia. Esto último tiene un nombre en la psicología: espejo sensorial no táctil. Una empatía que no es metafórica, sino completamente literal y física.

¿Qué dice la ciencia hoy?

El estudio de referencia sobre prevalencia, publicado en Psychological Science por Julia Simner y colaboradores (2006), estimó que el 4,4% de la población tiene algún tipo de sinestesia, corrigiendo cálculos previos mucho menores. Ese consenso se mantiene vigente en 2025 y 2026.

El subdiagnóstico, sin embargo, sigue siendo masivo: la mayoría de los sinestésicos asume que todo el mundo percibe lo mismo. No lo mencionan porque no saben que su experiencia es distinta. Investigaciones de principios de 2026 plantean incluso que el 4% podría ser una cifra conservadora, al detectarse casos de «sinestesia inconsistente» que los tests tradicionales descartan erróneamente.

En entornos clínicos no especializados, las descripciones de «ver sonidos» o «sentir colores» pueden confundirse con alucinaciones psicóticas. La diferencia clave: el sinestésico sabe que lo que percibe no es exterior. El juicio de realidad permanece intacto.

Del laboratorio al campo de tenis

Héctor Maduri estudió química y trabajó durante años como químico en la Provincia de Buenos Aires, en el área que más lo apasionaba: el agua potable. Se jubiló en 2018 en la Autoridad del Agua bonaerense.

Fue después de la jubilación cuando, junto a su psiquiatra, tomaron una decisión: llevar su experiencia al plano empírico. Si él percibe el mundo de una manera particular, ¿cómo demostrarlo? ¿Cómo hacer que otras personas puedan visualizar, aunque sea parcialmente, lo que vive? Juntos diseñaron herramientas y dinámicas para acercar esa realidad a quienes lo rodean, incluyendo el programa Seis macarons y un café, diseñado para conectar químicamente con las emociones de los demás a través de su percepción sinestésica.

Como profesor de tenis, Maduri usa la sinestesia para corregir posturas y anticipar lesiones antes de que ocurran. Cuando ve un movimiento, le llega información de manera inmediata y completa. Cada golpe tiene un color y una textura. Cuando observa que alguien aprieta la raqueta, siente la vibración. «Veo el momento exacto en que hay que golpear la pelota a través de colores y sensaciones», explica. Su vista logra identificar la saturación muscular antes de que se produzca una lesión severa.

«Tuve que demostrar todo durante años. No es magia, es percepción», dice Héctor.

La ley: un hito, una responsabilidad

El reconocimiento institucional llegó de manera gradual pero contundente. Maduri fue recibido en el Consejo Deliberante de La Plata, en la Cámara de Diputados bonaerense y en la Legislatura porteña. «Todos los legisladores se pusieron a estudiar, se creó información desde el punto de vista de la salud. Fue increíble y empático», recuerda.

El hito más reciente fue la aprobación, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, de una norma que declara el 2 de julio como el Día de la Sinestesia. La primera ley de este tipo en el país. Convierte a Héctor Maduri en el primer sinestésico reconocido legalmente en CABA.

La iniciativa tiene tres objetivos claros: visibilizar la condición, fomentar su estudio científico y generar espacios de acompañamiento para quienes la viven sin saberlo. Porque ese es quizás el dato más urgente: entre el 1% y el 4% de la población mundial podría tener algún tipo de sinestesia, y la enorme mayoría de los casos no está diagnosticada.

«Hay muchísima gente sinestésica que no lo sabe», advierte Maduri. «Es una responsabilidad enorme porque hay mucha gente que lo siente y no sabe qué le pasa. Tengo que ser lo más justo posible para poder explicarle a la gente.»

Y deja en claro un límite fundamental, que repite como una brújula: «Esto tiene base neurológica, no es adivinación ni algo paranormal.»

Para Héctor Maduri, la sinestesia no es solo una condición personal: es una señal de hacia dónde puede evolucionar la percepción humana. «Hay personas que perciben la realidad de otra forma. No mejor ni peor, sino distinta«, sostiene. Y proyecta algo más amplio: «En el futuro, la comunicación podría ser más sensorial que verbal.»

Mientras tanto, promueve el diálogo, la investigación y la visibilización. Porque si algo quedó claro a lo largo de su vida —desde las crisis de la infancia hasta la ley en la Legislatura porteña— es que lo que él vive no es imaginación ni locura. Es solo otra forma, legítima y real, de habitar el mundo.

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