En una mañana de mayo, con la primera vuelta a la vuelta de la esquina, Paloma Valencia pide prestado un despacho en el Congreso —el suyo está más lejos—. Cuando entra, disuelve rápido al ejército de asesores y colaboradores que la rodea antes de dar una orden: traigan café. De la calle, del bueno. La senadora, de 50 años, se acomoda en la silla con su estilo habitual —una camisa y unos tenis de colores. Son morados y del Real Madrid— y se pone a hablar como si no tuviese enfrente dos desconocidos. La estrategia de la aspirante presidencial de la derecha tradicional colombiana ha sido mostrarse, ser ella, sin demasiados pliegues. Una espontaneidad que en ocasiones se ha traducido en pasos en falso que contrastan con el cálculo electoral de sus adversarios. Y que es, quizá, lo que le va a pasar factura este domingo.











