Iván Cepeda nunca había querido gobernar Colombia. Con el mandato de Gustavo Petro a punto de agotarse, muchos buscaron al senador de izquierdas para que diese el paso. Se lo pedían en broma y en serio, y él les cortaba con un “no sigan con eso”. Hasta que llegó una carta. Las madres de Soacha —mujeres que perdieron a sus hijos, esposos y parientes asesinados por militares que los presentaron como guerrilleros— le dijeron que tenía que ser él. Y Cepeda, con todo lo que le disgusta de una campaña y sabiendo que gobernar le exigirá ceder en cosas en las que nunca creyó, terminó diciendo que sí. Él, que toda su vida ha sido un hombre de oposición —defensor de víctimas, acusador del Estado— aceptaba convertirse en la cabeza del Estado.
En una campaña donde la política se ejerce a gritos y en redes, Cepeda, bogotano de 63 años, es una anomalía. Senador desde hace más de una década, es la voz más autorizada de las víctimas de los crímenes cometidos por militares, paramilitares y sus aliados en el Estado, y mantiene siempre el mismo registro: pausado, metódico, hermético, casi adormilante. Hable de lo que hable.
Su forma de vestir completa el retrato, el de un hombre de pocas sorpresas: camisas de cuello Mao de colores neutros, cardigans o suéters de lana, gafas ancladas en mitad de la nariz. En varias ocasiones le han sugerido que vista algo más moderno, pero él —sobre este tema y sobre su campaña— siempre repite lo mismo: “Yo no voy a cambiar”. Lo reiteró a EL PAÍS: “Mi aparición como candidato presidencial no busca fabricar una imagen o un discurso”. Cepeda escribe sus arengas para las plazas públicas —algo que no hacen sus adversarios—, pero también las lee, como si aún viviese en la era analógica. Sus amigos no recuerdan ninguna anécdota chistosa sobre él; en cambio, señalan su compromiso y su coherencia. Nada en él invita a la improvisación, mucho menos al espectáculo.
Hay una historia que define a Cepeda antes que cualquier otra: el asesinato de su padre. Manuel Cepeda sumaba dos semanas como senador comunista de la Unión Patriótica cuando unos sicarios lo mataron a tiros en su auto, el 9 de agosto de 1994. El hijo iba camino a la Universidad Javeriana, donde era joven profesor, cuando se topó con el carro baleado. Se bajó del bus y lo lloró delante de todos. Los reporteros de televisión lo entrevistaron en caliente, y lanzó su primer alegato político, dirigido al presidente de entonces, Ernesto Samper. Le exigió que frenara la ofensiva contra los dirigentes de izquierda. “Que no quede este crimen impune, como el de tantos hombres justos y valientes”, dijo ante las cámaras, con la voz entrecortada pero sin quebrarse.
“Él sabía que lo iban a matar. Era inevitable y el papá los había preparado para ello”, recuerda Jorge Rojas, amigo de Cepeda padre e hijo, y uno de los jefes de campaña de Iván. Fue quizás el primer gran ejemplo de compostura del político, un rasgo que lo acompaña hasta hoy. Es el candidato inalterable.
Esa calma ante las peores tormentas no viene de ningún método zen ni técnica oriental, escribe León Valencia en su reciente biografía, sino de la experiencia vital: haber perdido a su madre de un tumor cerebral cuando ella tenía 39 años y él 18, haber visto morir a su padre delante de él, haber superado dos cánceres.
Cepeda no tiene hijos, una singularidad en un país donde la familia tradicional sigue siendo moneda de cambio electoral. Su faceta más amorosa la reserva para sus sobrinas, sus tres perros chow chow —los únicos que le hacen perder la compostura— y su compañera, la antropóloga Pilar Rueda, que lo ha acompañado en sus luchas y en sus enfermedades. Solo en ese círculo íntimo se desprende del uniforme de senador, víctima y defensor. “Iván confrontó dos veces el cáncer de manera muy valiente. Tiene un núcleo familiar que lo rodea; creo que hemos sido en parte su fortaleza”, dice su hermana María. Precisamente, su salud ha sido y es asunto de ataques y cuestionamientos sobre su idoneidad presidencial. Pero su vida, dicen, ha sido siempre la de un sobreviviente.
Aquel alegato ante las cámaras tras la muerte de su padre fue el primero de muchos. Durante los años siguientes, Cepeda construyó su figura pública desde la denuncia: como investigador, como defensor de derechos humanos, como organizador de víctimas. Hasta que en 2004, recién regresado del último de sus exilios, protagonizó como víctima y activista uno de los episodios más tensos de la era Uribe.
El entonces presidente Álvaro Uribe negociaba en aquellos días la desmovilización de los grupos paramilitares, responsables de miles de masacres, y los jefes de las AUC —el ejército de ultraderecha que había actuado durante años en alianza con sectores del Ejército— fueron invitados a comparecer ante el Congreso, en el centro de Bogotá. Los comandantes paramilitares llenaron la Plaza de Bolívar con miles de seguidores llegados en autobús. Cepeda y un puñado de compañeros intentaron una manifestación, pero solo dos pudieron colarse en el Capitolio. “No había correlación, nosotros éramos tres gatos; no había condiciones para protestar”, recuerda Lilia Solano, filósofa y activista que lo acompañó ese día. Dentro, sostuvieron carteles con el rostro de Manuel Cepeda. La mayoría de los congresistas se pararon a aclamar a los paramilitares, también fue solo un puñado el que se resistió.
De aquella protesta nació el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, con Cepeda como principal impulsor. Seis años después, en 2010, volvió al Capitolio por la puerta grande: como congresista por el Polo Democrático, el primer partido que logró unir a la izquierda colombiana. Y fue dentro de ese mismo edificio donde arrancó la batalla judicial que lo haría famoso en todo el país.

En 2014, desde el escaño que estrenaba como senador, Cepeda expuso públicamente los presuntos vínculos de Álvaro Uribe con los paramilitares. Uribe abandonó la sala y cruzó a pie la Plaza de Bolívar para denunciarlo ante la Corte Suprema, que queda justo enfrente. Cepeda lo había difamado, decía, fabricando testigos en cárceles colombianas. Pero el caso se volvió en su contra. En 2018, el tribunal no solo archivó los cargos contra Cepeda, sino que abrió una investigación sobre Uribe y sus abogados, sospechosos de haber sobornado a esos mismos testigos para que se retractaran y señalaran al senador.
En 2025 el expresidente fue condenado a 12 años de prisión —el llamado “juicio del siglo”—, aunque una segunda instancia lo absolvió ya en plena campaña electoral. Cepeda interpuso el recurso de casación para mantener el caso vivo. El juicio lo había convertido en candidato. Ahora tocaba ganar.
Cepeda ha hecho de la guerra contra Uribe el motor de su campaña. El pasado viernes llenó esa misma Plaza de Bolívar junto a su fórmula vicepresidencial, la senadora indígena Aida Quilcué, y en algún momento el público estalló en cánticos contra el expresidente. Cepeda los alentó. “El uribismo es fascista, representa la ideología del desprecio”, les dijo. El senador ronda el 40% de intención de voto y aventaja a los dos candidatos de derecha que se disputan el segundo puesto —el ultraderechista Abelardo de la Espriella y la senadora Paloma Valencia, la candidata de Uribe—, pero él no habla de ellos. En una entrevista con EL PAÍS, una de las pocas que ha concedido, lo dejó claro: “Nuestro enfrentamiento no es con Paloma ni con Abelardo. Es con Uribe”.
Cepeda y sus adversarios de la derecha representan dos modelos de país. Él promete continuidad —y profundización— de las reformas sociales de Petro y habla de tres revoluciones para Colombia: ética, social y política; siempre incruenta. No descarta nuevos diálogos de paz con los grupos armados, en contraste con la mano dura que hizo popular a Uribe. “Uno de los aspectos fundamentales de mi mandato futuro será el estar al lado de las víctimas”, le dijo a este periódico. También señala como gran problema del país lo que llama la macrocorrupción: redes criminales que capturan las instituciones estatales. Es un mal que Petro no ha sabido combatir. En lugar de un plan de Gobierno formal, Cepeda ha recopilado los discursos leídos en más de un centenar de plazas públicas a lo largo y ancho del país.
Quienes le temen lo siguen señalando como comunista, como lo fueron su padre y su madre. Cepeda estudió filosofía en Bulgaria en los años previos al desmoronamiento del bloque soviético, pero volvió en 1987 con serios cuestionamientos al marxismo, que lo llevaron a acaloradas discusiones con su padre. En Bernardo Jaramillo Ossa, entonces líder de la Unión Patriótica —el mismo partido del padre de Cepeda—, encontró la izquierda que buscaba: práctica, sin dogmas, cuenta Valencia en su libro. Cepeda lo consideraba su “padrino político”. Su asesinato, cuatro años antes que su padre, fue otro de los golpes de su vida.
Muchos electores no votarán por Cepeda el 31 de mayo por miedo a que sea más radical que Petro. La derecha e incluso votantes de centro sienten pavor al imaginarlo en la Presidencia. El candidato es cuidadoso en no dar detalles de sus actividades juntos y trata con confidencialidad sus conversaciones, pero ha planteado un homenaje al “compañero presidente” como una de sus primeras acciones de Gobierno.
Frente a la iniciativa de Petro para cambiar la Constitución, una de sus ideas que más rechazo genera, Cepeda ha sido ambiguo. Apenas ha explicado en qué se diferenciará, más allá de prometer más rigor contra la corrupción. El candidato no puede despegarse todavía de un mandatario que, a punto de abandonar el cargo, ronda el 50% de aprobación. Pero Petro y Cepeda no son tan parecidos. “Mi campaña tiene un solo estratega y soy yo, no soy una copia, ni un clon de nadie”, ha defendido.

“Petro es un rebelde y Cepeda es un revolucionario”, dice Jorge Rojas, que fue jefe de despacho del presidente y conoce al candidato desde 1984. “A Petro le gusta confrontar duro, pero Cepeda tiene el don del diálogo”. Sus allegados señalan con frecuencia esa distinción: mientras Petro ataca, tuitea compulsivamente y abre crisis diplomáticas, Cepeda escucha, analiza y es muy frío en su cálculo. Es, quizás, demasiado rígido. Petro improvisa y da órdenes impulsivas, mientras Cepeda “ha mostrado calma y persistencia en unas causas largas”, señala León Valencia. “Puede ser más radical que Petro, pero más sincero, más predecible”, dice el expresidente Ernesto Samper, que acaba de anunciar su apoyo. Samper lo resume así: “Es antipetro en la forma y petrista en el fondo”.










