En los primeros días de 1975, David Bowie era un juguete roto. Enclaustrado en su grotesca mansión de Los Ángeles, el británico pasaba sus días leyendo oscuros ensayos sobre esoteria nazi, viendo el televisor tumbado en un amplio camastro con dosel victoriano y practicando rituales de magia negra inspirados por su nuevo héroe, el farsante magufo Aleister Crowley.
Cocaína, moteros y marcianos: la película que salvó a David Bowie en su peor momento pero ni él mismo entendió










