Roberto Sánchez estuvo a punto de morir hace cuatro meses. Hacía campaña en el sur del país, en una zona rural y alejada de Lima, cuando lo asaltó un dolor intenso y persistente en el abdomen en plena carretera. Lo trasladaron al centro de salud más cercano, pero su equipo entró en desesperación cuando les comunicaron que tenía una apendicitis aguda y no contaban con especialistas para operarlo. Hasta tres puestos de salud recorrió y cuando llegó a una clínica, Sánchez había perdido el conocimiento. Tenía peritonitis, una de las tragedias cotidianas fuera de la capital, que concentra un tercio de la población del país y los servicios.








