Entre 1978 y 1991 Gilles Deleuze publicó seis textos (uno una entrevista con el ensayista palestino Elias Sanbar y otro coescrito con el filósofo René Schérer) en los cuáles defendió la causa palestina, criticó el accionar del Estado de Israel y en particular la política sionista. A raíz de este material el filósofo japonés Jun Fujita Hirose nos entrega su lectura en el libro Los indios de Israel (Tinta Limón) donde aborda esta problemática teniendo como elemento articulador de la cuestión el término “Holocausto”.
De acuerdo a Hirose el empleo de esta noción con mayúscula comenzó a consolidarse en la circulación pública durante la presidencia de Carter a fines de la década de 1970 haciendo alusión a los seis millones de judíos exterminados a consecuencia del genocidio nazi, pero invisibilizando a las demás víctimas que formaron parte de este plan criminal (los gitanos, homosexuales, comunistas, discapacitados, etc.).
Esta monopolización exclusiva del pueblo judío otorgó al Estado de Israel una excepcionalidad histórica (extra-histórica) producto de una deuda infinita que Occidente tendría con la comunidad judía producto de la masacre.
Desde el punto de vista normativo, nos dice el autor, esto implicaría el desarrollo de un estatus y un tratamiento excepcional por parte de Estados Unidos a Israel que implicó un desembolso ilimitado de recursos y el apoyo permanente en las políticas expansionistas israelitas.
Un pueblo como los demás
Hirose marca, además, que la atrocidad del genocidio judío debe colocarse en pie de igualdad con otros genocidios como el armenio por parte de los turcos. La apelación del filósofo japonés se centrará en, a partir de su lectura de las intervenciones deleuzianas, quitar el estatus extra-normativo al Estado de Israel para pensarlo como un pueblo como los demás, así sea el armenio o el gitano.
Por ello, el pensador oriental dirá, sirviéndose de Kafka. Por una literatura menor (1975) de Deleuze y Guattari, que los judíos tienen que devenir-judío (como las mujeres tienen que devenir-mujer o los negros tienen que devenir-negro), entendiendo por esto desterritorializarse y quebrar la lógica identitaria molar y reterritorializante para adoptar una condición minoritaria que no sea cooptada por la dinámica imperial del sionismo.
La figura de Kafka, un judío que vivía en Praga bajo el Imperio austro-húngaro, es central por el hecho de elegir escribir en alemán y no en ídish. Kafka de alguna manera “minorizó” el alemán, lo movió y lo desterritorializó de ser una lengua mayoritaria para tornarlo una herramienta de su literatura menor. Esta actitud kafkiana minorizante es el punto de partida para pensar la cuestión israelí-palestina desde una lógica que coloque a ambos pueblos en pie de igualdad.
Leyendo a Deleuze, Hirose considera que lo que llama la “ficción sionista” trata a Israel como un Estado fuera de norma mientras que, contrariamente, nunca trata a los palestinos como un “pueblo normal”.
Este tratamiento de excepción responde a la idea del “pueblo elegido por Dios” lo cual lleva a que el pueblo judío sea pensado por fuera de la Historia, mientras que todos los otros pueblos están inscriptos en la Historia.
Lo que Deleuze plantea, según Hirose, es inscribir al sionismo dentro de la Historia y sacarlo de una tradición de la excepcionalidad solo reconocible por una vía mística. Al aproximarse a los palestinos como “árabes en general” el Estado de Israel, dice Hirose, exige que los países árabes integren o reabsorban al pueblo palestino de modo forzado.
Como señala Deleuze en el primer texto publicado sobre la cuestión palestina en 1978, los palestinos son “los que molestan”, los que deben ser quitados de su territorio y coercitivamente aceptados por otros países árabes. Según plantea Elias Sanbar en diálogo con Deleuze: “Palestina no es solo un pueblo, sino también una tierra. Es el vínculo entre ese pueblo y su tierra expoliada; es el lugar donde actúan una ausencia y un inmenso deseo de regreso”.
Por ello la comparación deleuziana entre el Estado de Israel y los palestinos con los Estados Unidos y los indios, ambos pueblos colonizados y extirpados de sus tierras originarias, resulta una analogía propicia.
CLAIMA20140503_0016 Jun Fujita HiroseDice Deleuze en La grandeza de Yasser Arafat (1984): “De ese genocidio, los sionistas hicieron un mal absoluto. Pero transformar el más grande genocidio de la historia en mal absoluto, es una visión religiosa y mística, no es una visión histórica. Ella no detiene el mal; al contrario, lo propaga, lo hace recaer sobre otros inocentes, exige una reparación que hace sufrir a esos otros una parte de lo que los judíos han sufrido”.
Precisamente, esta lectura es la que Deleuze, según Hirose, quiere desactivar para, trayendo el genocidio judío a su dimensión histórica, se pueda reconocer al pueblo judío como un pueblo más, al igual que el palestino.
Una liberación de la mujer palestina
Hirose sostiene que es inconcebible la revolución palestina si no va acompañada de una liberación de la mujer palestina. Tomando la consigna “Mujer, Vida, Libertad” que los kurdos adoptaron en el 2000 y luego fue retomada por las mujeres iraníes en septiembre de 2022 contra el régimen teocrático, las luchas del siglo XXI, dice el autor, marcan sin excepción a la minoría como el agente crucial de las movilizaciones contra las expresiones fascistizantes contemporáneas.
Mujeres, personas queer y palestinos encarnan, según Hirose, el devenir-minoritario de nuestro presente que exige, siguiendo la premisa de Deleuze y Guattari en Mil mesetas, un tipo de subjetividad que devenga revolucionaria: “Solo hay sujeto del devenir como variable desterritorializada de la mayoría, y médium del devenir como variable desterritorializante de una minoría”.
Los indios de Israel, de Jun Fujita Hirose (Tinta Limón).









