Hay un fragmento del “Prefacio” del libro Las palabras y las cosas, escrito por el célebre filósofo francés Michel Foucault, que es citado con frecuencia: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita «cierta enciclopedia china» donde está escrito que «los animales se dividen en: a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación (…)”. El hecho de que un filósofo de fama internacional como Foucault cite a Borges (así, a secas), entendemos que debe verse como una muestra indiscutible de la difusión que el escritor argentino ha logrado a nivel mundial.
Un autor de renombre como Borges, el escritor argentino más famoso del siglo XX, por supuesto ha sido motivo de innumerables análisis, existiendo por ello muy diferentes enfoques sobre su obra. Los textos borgianos han dado lugar así a múltiples lecturas posibles, entre las cuales tomamos especialmente en cuenta la propuesta por Beatriz Sarlo en su ensayo sobre el escritor argentino.
En un sentido general, puede decirse que la literatura de Borges presenta un carácter dual, ya que es universal y a la vez nacional. En efecto, por una parte, la obra borgiana muestra un cosmopolitismo universal, por su erudición, su relación con la literatura inglesa, sus símbolos recurrentes y su interés por mitologías y enciclopedias. Pero, por otra parte, podría decirse que él es un autor insoslayablemente argentino, porque su obra gira en torno al dilema de cómo producir literatura en una nación joven, periférica y sin tradiciones culturales fuertes. En muchos de sus textos, lo rioplatense irrumpe de manera inesperada y desplaza la centralidad de la tradición occidental, cuestionando sus jerarquías. Así, el escritor argentino combina la dimensión universal con la local, donde la periferia dialoga críticamente con el canon.
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En Borges, podría interpretarse que el cosmopolitismo funciona como motor para imaginar una nueva estrategia de literatura argentina. Su libertad para recorrer sin prejuicios las literaturas extranjeras reordena las tradiciones nacionales. Desde la periferia, propone una relación no subordinada con Occidente y descubre un tono rioplatense sin sentirse un extraño entre libros ingleses o franceses.
Esta perspectiva de Borges puede encontrarse explicitada, por ejemplo, en un conocido texto suyo, El escritor argentino y la tradición (que originalmente fue una conferencia). En dicho texto comenta: “He encontrado días pasados una curiosa confirmación de que lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local; encontré esta confirmación en la Historia de la declinación y caída del Imperio Romano de Gibbon. Gibbon observa que, en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos (…). Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él parte de la realidad”. Del mismo modo, entiende que la literatura argentina no debe preocuparse por ofrecer un color local, ya que sería innecesario.
Además, en este texto, luego de señalar cierta preeminencia de autores judíos en la literatura occidental y de escritores irlandeses en la británica, sostiene: “Creo que los argentinos, los sudamericanos en general, estamos en una situación análoga (a la de judíos e irlandeses); podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas”. Asimismo, en igual sentido, sostiene que los argentinos dispondrían de libertad para abordar diferentes temáticas sin restricciones: “Todo lo que hagamos con felicidad los escritores argentinos pertenecerá a la tradición argentina, de igual modo que el hecho de tratar temas italianos pertenece a la tradición de Inglaterra por obra de Chaucer y de Shakespeare”.
Por otra parte, en un difundido cuento, Funes, el memorioso (incluido en Ficciones), puede interpretarse que el autor transforma en ficción lo que sería una perspectiva de lo que es para él la literatura. Recordemos que en ese texto se narra la historia de Ireneo Funes, un joven uruguayo que, tras un accidente, adquiere una memoria perfecta e incapaz de olvidar. Refiriéndose a Funes, dice Borges: “Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero”. Es decir, el tiempo de la narración coincidiría con el tiempo de lo narrado, cuestión que no ocurre normalmente en un texto literario.
En Funes, su extraordinaria capacidad termina convirtiéndose en una carga que le impide abstraer, generalizar y pensar conceptualmente. Justamente, ese estar atado a la experiencia es lo que el autor argentino ve contrapuesto a la literatura, ya que esta trabaja con lo heterogéneo y de alguna manera corta, mezcla, salta; no queda atada a los hechos, a un realismo ingenuo, sino que tiene la capacidad de abstraer.
Por otro lado, otra de las características de la narrativa de Borges puede verse en la reelaboración que realiza de un texto fundamental de la literatura argentina del siglo XIX, Martin Fierro, de José Hernández. En dos difundidos cuentos, al reelaborar aspectos de la obra de Hernández, nuestro autor evidencia su intervención en la tradición literaria local. Estos relatos son El fin (incluido en Ficciones) y Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (perteneciente a El Aleph).
En cuanto a El fin, el relato transcurre en una pulpería, en una época que se supone pasada. El pulpero es un hombre llamado Recabarren que ha quedado paralítico. Desde su mirada, son narrados los hechos y en el lugar en que este está se escuchan los rasguidos en una guitarra que hace un moreno: “Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente”.
A ese lugar se aproxima un jinete, pieza fundamental de la historia. Una vez que ese hombre llega a la pulpería, se entabla el siguiente diálogo con el moreno: “Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura: —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, con voz áspera, replicó: —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido. Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió: —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años”.
Luego, esos dos hombres se van a enfrentar en un duelo y recién allí, el lector puede comprender de quiénes se trata: “Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo: —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano. Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate”.
Recién entonces, hacia el final del cuento, se descubre que los duelistas son Martín Fierro y el hermano del negro que Fierro había matado tiempo atrás, según la obra de Hernández. Borges agrega un episodio que no figura en el texto original hernandiano, es decir, toma un hecho que sí figura y se imagina una posible continuación. De esta manera, el título del cuento puede interpretarse de dos diferentes modos. Por una parte, el negro mata a Fierro, por lo cual su título aludiría al final de la vida de Martín Fierro; por otra parte, al desarrollar un episodio que no figuraba en la obra de Hernández, también puede verse como dar fin a algo que quedaba inconcluso en la obra original.
En cuanto al otro relato, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, Borges narra diversos episodios de la vida de este personaje. Entre ellos, cuenta que una vez, ante las burlas de otro hombre, lo mató. Por ello, estuvo prófugo, luchó contra un grupo de policías que lo venía a detener, que finalmente estos lo vencieron y que como pena lo enrolaron forzadamente en el ejército. Además, se cuenta que, años después, él fue nombrado sargento de la policía rural y que desarrollando esas funciones “recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes”. En cumplimiento de ello, el grupo policial en que estaba Tadeo Isidoro Cruz lo encuentra y se entabla una desigual lucha entre ese hombre solitario y los policías. En ese momento el protagonista se siente identificado con el perseguido, siendo el siguiente fragmento el final del cuento: “Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. (…) Comprendió que el otro era él. (…) Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro”.
De esta manera, Borges reelabora el famoso episodio de Martín Fierro en que la partida policial encuentra a Fierro y el sargento Cruz se pone de su lado. Por supuesto, para sorprender al lector, este se entera solamente hacia el final de que ese Tadeo Isidoro Cruz es nada menos que el sargento del texto hernandiano. Además, como en el cuento anterior, lo que hace Borges en esta reelaboración de un episodio de Martín Fierro es desmarcarse de la tradición literaria local, formulando una singular lectura del poema de Hernández.
El renombre a nivel mundial obtenido por Borges es un logro justificadamente obtenido. Su prosa muestra una originalidad y una perfección digna de alabanza. Ya se sabe que políticamente asumió posturas políticas cuestionables. De hecho, nosotros mismos publicamos hace unos tres años una nota a la que, parafraseando una conocida frase suya, titulamos “Jorge Luis Borges, un antiperonista incorregible”. Sin embargo, una cosa no opaca la otra. Un nacionalismo bien entendido implica reconocer a todos aquellos argentinos que en distintos órdenes han alcanzado niveles de los cuales podemos sentirnos orgullosos. Borges es sin duda uno de ellos.
*Doctor en Ciencias Sociales (UBA).
IG @carloscampora100.










