Las lágrimas de Messi

Las lágrimas de Messi

Leo Messi tiene un vínculo obstinado y rebelde con el llanto. A veces, muy pocas, al menos en público, lo deja correr como un torrente que escapa a su estatua de Dios de los estadios y celebrado tótem del fútbol global. En el primer gol de su noche mágica en Kansas City, la del hat trick ante Argelia, Messi trató de atenuar el impacto de su imagen con lágrimas, captada por las cámaras, que procuró secar con urgencia, con la camiseta de su trapo deportivo más venerado.

Lloró con dolor personal y vergüenza deportiva la noche en que erró un penal en el desempate por penales en la Copa América Centenario 2016, en Nueva Jersey. Y lloró con desconsuelo infantil durante la conferencia de prensa que brindó en el Auditorio del Camp Nou, al despedirse oficialmente del Barcelona, en agosto de 2021, cuando miró en la platea a su mujer y sus tres hijos, quienes trataban de sostener mucho más que al ídolo de las multitudes futboleras.

Estaban allí para acompañar al titán de esa familia a la que Leo supo darle valores profundos y un amor infinito, no sólo una fortuna material incalculable. Antonela Roccuzzo, su novia de la adolescencia, la princesa que construyó con Leo una sencilla historia, digna de una peli romántica que llama a las lágrimas: debió darle un pañuelo a la vista de todos para evitar que el llanto lo ahogara.

También lloró a mares cuando una barrida salvaje del lateral colombiano Santiago Arias, lo obligó a dejar la final de la Copa América 2024, en el Hard Rock Stadium de Miami.

Y ahora Leo acaba de llorar en el glorioso debut mundialista ante Argelia: el ídolo de multitudes estaba desgarrado esa noche y nadie lo sabía.

Mientras su cuerpo y su pasión futbolera llevaban al terremoto emocional a un país entero envuelto en banderas, y a un mundo en estado de asombro perpetuo, su corazón estaba en Argentina por una cuestión personal.

Por eso fueron esas lágrimas que Leo trató de que nadie viera: fue como dedicarle en silencio un recital de veneración a sus orígenes. A ese clan que jamás habrá imaginado que el apellido Messi se volvería altar universal de infinitas devociones.

Leo, el de la leyenda, llora cuando lo dejan sin su juguete preferido, la pelota, tan novia como su amada Anto. Y también cuando alguien de esa manada adorable necesita lamerse heridas al calor de los suyos. Y él, “hijo pródigo”, honraba a la distancia a los suyos con la pelota como el más bello tributo de amor familiar: el mejor récord de Leo.

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