Tener buena memoria no significa solo ser capaz de almacenar mucha información. También implica saber filtrar, descartar lo irrelevante y quedarse con lo importante. Por eso surge una pregunta clave: ¿Qué pasaría si no pudiéramos olvidar? ¿Qué ocurre cuando el cerebro pierde esa capacidad de borrar lo innecesario?
Un ejemplo muy claro lo encontramos en el cuento Funes el memorioso (1944), de Jorge Luis Borges. En esta historia, Borges desarrolla una idea que ya había planteado Friedrich Nietzsche: el olvido no es un fallo, sino una función esencial. En La genealogía de la moral, Nietzsche lo describe como una especie de “digestión mental” que nos permite vivir el presente sin quedar atrapados en el pasado. Dicho de forma sencilla, olvidar no solo sirve para borrar recuerdos inútiles. También nos ayuda a ordenar el constante flujo de información que genera nuestro propio cuerpo y nuestra mente. Sin ese filtro, viviríamos saturados, incapaces de pensar con claridad o disfrutar del momento.
En el cuento, Borges relata la historia de Ireneo Funes, un joven que, tras un accidente, adquiere una memoria absolutamente extraordinaria. Puede recordarlo todo con un nivel de detalle abrumador. Pero ese “don” pronto se convierte en una carga: el presente se vuelve insoportable por la cantidad de información que percibe y retiene. Aquí aparece una idea fundamental que hoy sabemos bien fundada desde la neurociencia: para pensar con eficacia, necesitamos olvidar. El cerebro no puede trabajar con todos los detalles de cada experiencia. Necesita simplificar, quedarse con lo esencial y eliminar lo accesorio. En otras palabras, tiene que generalizar.
Gracias a este proceso podemos reconocer patrones, crear categorías y formar conceptos. Sin él, quedaríamos atrapados en un exceso de detalles que impediría cualquier forma de razonamiento eficaz. Por eso, Funes el memorioso no es solo un cuento, sino también una reflexión muy precisa sobre cómo funciona la mente. Recordar demasiado puede ser tan limitante como recordar demasiado poco. Olvidar no es un defecto: es una herramienta imprescindible para aprender, pensar y adaptarnos.
Curiosamente, poco después de escribir sobre este tema en mi libro El cerebro de la memoria y la sabiduría, tuve una experiencia inesperada. Asistí a una reunión en casa de un bisnieto de Santiago Ramón y Cajal, para ayudar a seleccionar materiales que la familia iba a donar al Museo Nobel de Estocolmo. Mientras revisábamos cajas con manuscritos, notas y dibujos, apareció un documento titulado “Desgracias de un memorioso”. Inmediatamente recordé que Cajal había escrito relatos que nunca llegó a publicar, y cuyo paradero era incierto. En 1905, Cajal publicó sus Cuentos de vacaciones. En el prólogo explicaba que había escrito doce relatos años antes, entre 1885 y 1886, pero que no se había atrevido a publicarlos porque los consideraba demasiado arriesgados. Más adelante decidió editar solo cinco, dejando el resto en el olvido. Firmó estos textos como “Doctor Bacteria”, un seudónimo que usaba para sus escritos más libres y críticos. Todo apunta a que “Desgracias de un memorioso” es uno de esos relatos perdidos. En él, Cajal reflexiona sobre los riesgos de una memoria excesiva. Su idea es clara: el talento no depende de tener una memoria perfecta, sino de mantener un equilibrio entre recordar y olvidar. Utiliza una metáfora muy sugerente para definir el olvido: “Es el apagador de las sensaciones; es la fatiga y el sueño de las células”.
El relato cuenta la historia de un hombre capaz de recordar libros enteros tras leerlos una sola vez. Sin embargo, esa capacidad se convierte en una carga. Al no poder olvidar, revive constantemente sus experiencias negativas: engaños, frustraciones, decepciones. Para él, el pasado nunca desaparece. Además, este exceso de memoria le impide vivir con normalidad. No puede disfrutar del presente ni idealizar a las personas, porque recuerda con precisión cada defecto y cada desengaño. Resulta llamativo que, años después, Borges desarrollara una idea tan similar en Funes el memorioso. La coincidencia es tan sugestiva que casi invita a fantasear con la posibilidad de que hubiera conocido el texto de Cajal. También cabe pensar que Cajal se inspirara en su propio entorno: en sus memorias menciona la extraordinaria memoria de su padre.
Cuando Cajal escribió este relato, todavía no había desarrollado sus grandes aportaciones científicas sobre el sistema nervioso. Aun así, ya intuía algo fundamental: que la memoria, por sí sola, no garantiza la inteligencia ni la creatividad. Su reflexión sigue siendo plenamente actual. Una memoria sin límites, pero sin olvido, puede convertirse en un obstáculo. Pensar, crear y comprender el mundo requiere tanto recordar como saber olvidar.










