I. Con su frente ancha y su cara de panquemado tierno, Gagliano Neto viajó durante 18 días en segunda clase a bordo del barco Arlanza. Salió de Brasil y llegó a las costas de Francia en aquel verano sin guerra del 38. Gagliano era locutor de Radio Clube. Tenía 26 años y una voz potente, vibrante, mesurada, a veces ronca, siempre reconocible. Iba a narrar para el público brasileño, por primera vez en la historia, un Mundial de fútbol en directo. Iba a utilizar las líneas de transmisión de comunicaciones del ejército francés para enviar sus palabras y sus gritos hasta Brasil y hacer realidad la primera retransmisión futbolística intercontinental. Gagliano iba a cantar la borrachera de 11 goles del partido inaugural contra los polacos (6-5), el marrullerismo de los checoslovacos en cuartos de final y la triste derrota en la semifinal ante Italia para que lo escuchasen los niños, los hombres y algunas mujeres arremolinados todos en el Largo do Paissandu, en São Paulo, o frente a la Galería Cruzeiro, en Río de Janeiro. Casi nadie tenía un aparato de radio en casa. La vivencia era comunitaria a través de un médium de las emociones. Gagliano Neto iba a hacer soñar aquello que no veía la gente. La religión. Los mitos. La literatura.









