Habla como escribe, y viceversa. Quizá sea un Midas de ficciones colectivas, todo lo que roza se convierte en mito. Nieto de un malevo famoso, biznieto de una pionera espiritista de la Escuela Científica Basilio –es decir, tátara de Marie-George P., el coronel que defendió el caso Dreyfus–, Fernando Noy nació en Río Negro en 1951 y hoy vive la mutación que se debía. Se ha convertido en adjetivo, la mejor aspiración del poeta. Ya es «lo Noy», como decimos de lo kafkiano; el triunfo del autor es definir con su nombre propio un fragmento acabado de la realidad.
El 2026 estaba en el libro de su vida. Viene de publicar Poesía reunida (1985-2026), que compila sus cinco poemarios publicados y perdidos en el tiempo. Noy es también un memorialista inspirado, en libros como Historias del under y Peregrinaciones profanas, en los que despunta un estilo de crónica burbujante y coloquial. Noy integra, con el chileno Pedro Lemebel y el poeta Néstor Perlongher, el núcleo de una literatura homosexual barroca en sus ornamentos, sin embargo nunca eclipsados por el narcisismo. El corazón de esta diva suele mostrarse hecho percha.
En el Bafici se estrenó Lo Noy, carnaval de las almas, dirigido por Mario Varela, un documental biográfico donde sus testimonios transcurren íntegros en el subte. Hasta hace un mes presentó el recital Andén alucinado en El Galpón de Guevara, “un engrudo lírico-musical”, según lo define. Y “engrudo” es una idea a retener, la palabra de época, la materia más baja que adhería a los muros las palabras urgentes de los afiches callejeros.
Noy anduvo en todas. En el ombligo de la industria del espectáculo desde su primera juventud, aprendió el oficio de la producción ejecutiva con Blackie y fue productor de Mercedes Sosa, en Brasil, y de Cuchi Leguizamón. En los 80, los años de su destape, estaba demasiado cerca de la explosión del HIV y los derechos civiles que derivaron de esa crisis, y demasiado lejos de la reasignación sexual, todavía una utopía científica.
Así, su persona pública es una coordenada precisa. Encarna la bisagra generacional entre la cultura gay –que en otro registro empujaban intelectuales como Roberto Jáuregui, Néstor Perlongher y Juan José Sebreli–, y el movimiento queer del LGTB.
Nos encontramos en mi casa; empecé por elogiarlo, aunque sin faltar a la verdad. En los 80, pese a su empeño en mostrarle a Buenos Aires el espejo del grotesco, Fernando era un muchacho bello y escultural. “Mi piel es suave, femenina. Nunca soñé con tener lolas porque me considero hermafrodita. Tampoco se me ocurrió tener hijos, eso no existía. Pero tengo un fuerte sentido maternal”. Se ríe y se echa a recordar.
Noy y Batato en la inauguración de Cemento, en 1985. /Archivo Clarín.–¿Qué fue lo primerísimo que hiciste?
–Hacerme hippie, aunque tuve mi bautismo armado, no te creas. Fue en unas jornadas de instrucción de tiro con un grupo trosko, medio peronistas también, en un chalet de Moreno. En los 70 Moreno era medio Mongolia todavía. Igual, yo sabía tirar porque mi viejo me había enseñado con la escopeta. Pero me segregaron después de la primera noche. “Vos sos sórdido, me dijo la responsable, no te alcanzó con levantarte a uno”. La cuestión es que esa chica me ofendió muchísimo, pocas semanas después abracé el hippismo y el lema de “Amor y paz”, al conocer a Tanguito.
–¿Cuándo te subiste al escenario?
–Antes del Parakultural, armé “Enjambre apocalíptico”, un salón de poetas y rockeros que reunía también a unos jóvenes Charlie García, a Claudo Gadis y Alejandro Medina, los músicos de Manal. Pero enseguida conozco a Batato Barea, a quien defino como “clown literario travesti”. Al enterarse de que yo había estado con Alejandra Pizarnik en persona, Batato se exaltó. Ya no quería seguir con sus “morcillas batatescas” y ahí me llevó al Parakultural y empecé a armar sus libretos cada semana y a escribir poesía. Siempre busqué artistas que pudieran hacer del arte un juego y poner el poema en el mundo, liberar a la poesía de la página. De esos días es “La orquesta invisible”.
–El Carnaval argentino, y un poco del sainete, estuvieron siempre en tus presentaciones. Tu obra escénica los ubica en el inicio de la cultura gay.
–La travesti de carnaval siempre fue el desafío a la cultura represiva, que se imponía a través de los edictos policiales. Estos me llevaron a emigrar a Brasil durante una década. Fueron muchos años de militancia trola. Tuve la suerte, después de todas las trompadas en las comisarías, de poder ver ahora a los gays de la mano por la calle. El advenimiento de la mujer fálica, con pito y tetas, ya estaba en la Biblia. Es una evolución de la libertad, y eso me da alegría y un poco de angustia porque no me tocó vivir esta época en la plenitud juvenil.
Fernando Noy se echa sobre los adoquines del Pasaje Zelaya, en su amado Abasto. Foto: Ariel Grinberg.–¿Cómo llegaste a Pizarnik?
–Por el libro de un amigo taxiboy, dedicado por ella: “Desde un jardín maléfico, 40-4227”, su teléfono. La llamé, me citó para el día siguiente. Ella me presentó a Olga Orozco. Era el momento más terrible de Alejandra, capaz de llamate a las 4 am para compartir sus fantasmas. A Olga ya la tenía agotada; en cambio, Manuel Mujica Láinez le hacia el aguante sin problema. Una noche fuimos a comer al Edelweiss por el cumple de Alejandra y Manucho improvisó, “Como un buzo en su escafandra/ y un maniático en su tic/ me refugio en tí, Alejandra/ mi Casandra chic”. Pizarnik tenía un humor descabellado pero medio ortopédico; no era la dicha en persona aunque no la recuerdo como depresiva.. Tenía un fervor por la muerte, una memoria tanántica. Nos pasábamos tres días directo sin dormir. Tomaba muchas anfetas ella; Daprisal tomaba, unas pastillas alargadas amarillas, yo las llamaba ataúdes chinos. Yo tomaba Pervitin, Actemin, las típicas de los estudiantes en los exámenes finales, de venta libre y a dos pesos. Artane también tomaba ella y ya tenía alucinaciones. Se encerraba en el cuarto y hablaba en francés; la había visitado Artaud, decía. No paraba de escribir, estaba con esa saga, La bucanera de Pernambuco, quienes la leyeron dicen que es mala. Luego Otoño o los de arriba, sobre unos vecinos que la volvían loca haciendo ruido y que no se publicó. O la carta final a Silvina Ocampo, desaparecida. Cuando Avellaneda la declaró Ciudadana Ilustre (¡imagínate cómo la hubiera hecho reír a ella ese título!), yo le dije al intendente Ferraresi que había una segunda dama ilustre ahí, la pintora Leonor Fini, nacida a dos cuadras de la casa de Alejandra.
–Tu poesía te emparenta con las románticas surrealistas de la segunda mitad del siglo, hoy podríamos llamarlas poetas weird: Pizarnik, Orozco, Orphée.
–Estuve muy cerca de ellas. No sé bien el secreto pero las mujeres se fascinaban conmigo, quizá porque las cosas que yo decía las hacían reír. Leí mucho a Albert Camus y a Elsa Morante, a quien llegué por Elvira Orphée, mi amiga del alma. En Montevideo entro en contacto con Marosa Di Giorgio, que también era una especie de performer; ella me presenta a otras dos diosas uruguayas, Concepción Silva y Armonía Somers, la autora de la novela Sólo los elefantes encuentran mandrágora. Vi pasar a Clarice Lispector mientras viví en Brasil. También estuve muy cerca de autores como Humberto Constantini y Miguel Briante.
–El documental «Lo Noy» aporta un archivo fotográfico de gran valor. Fuiste un pionero de la fotoperformance. ¿Eras consciente de la proyección futura de esas imágenes?
–Sí, porque fueron un golpe muy fuerte en su momento. Todos los medios decían “¡Qué divino!”. Nos bautizaron Underground, de ahí sacamos el anagrama “Engrudo”, por ser reacios a la cosa yanqui. Llamábamos “numeritos” a la performance. Con Alejandro Kutopatwa, Batato, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, éramos la ola que venía, por eso nos mimaban mucho.
–Allí reconstruís cómo el Under se convierte en Overground: se cubre de glam y dorados cuando accede a los medios, en concreto, a la TV privatizada.
–De la película tengo la impresión como de un sueño, aunque todo es real. Es que el Under se vuelve dorado. Y enseguida cae por su propio peso; ese caviar lujoso no termina de ser popular. Pasamos a El Dorado, al Morocco, a Nave Jungla. Somos todos los mismos del Parakultural, que accedemos porque somos amigas de la casa, pero viene a vernos la high society. Todo fue obra del RRPP Javier Lúquez.
Fernando Noy. Foto: Ariel Grinberg.–Pese a lo marginal de los comienzos, la movida era consciente de su audiencia. La escena literaria de los 80 era lo puesto: borgiana y algo críptica, afrancesada, mientras que el Under era criollo -y un poco carioca también-. Ustedes derriten la teorización poniendo los cuerpos en primer plano.
–Por eso lo llamamos “Engrudo”… Sí, queríamos que la audiencia disfrutara, como todo artista. Teníamos un eco del Di Tella también, aunque este fuera más de élite. En el Parakultural vivimos la absoluta libertad llevada a la práctica. Y aunque aquello era cultura gay, la manifestación trans era permanente, como en el Kabuki de Japón y en el teatro isabelino. Todos éramos hombre y mujer todo el tiempo. En los 70, hice de príncipe y de madrastra en una puesta de La Cenicienta, cuando faltaron dos actores. “No importa, no se cruzan nunca en la obra”, me dijo la directora. Yo tenía 15 años pero desde los 13 salía montada, había sido reina del Carnaval de Merlo. Hay un hilo entre esos inicios y la discoteca Cemento; si lo pensás, mucho salió de ahí, la Organización Negra, Sumo. Yo quise mucho a Omar Chabán, ¡qué mala pata! Es que siendo puto he tenido grandes amigos hetero.
Fernando Noy. Archivo Clarín.–La época vuelve a girar; todo es muy confuso ahora. Un presidente que se hace el punk, un crítico como Jens Balzer que habla de una era «post woke». ¿Qué pensás?
–Es angustiante. Por momentos creo que estamos en una guerra invisible en la que nos dejan vivos de puro asesinos. El crimen perfecto puede real y perpetuo. Para ser cadáver no es necesario morir, por eso el único atisbo seguro de vivir lo trae la poesía, ese exorcismo poderoso. Quizás por eso se ha vuelto, como diría Aimé Cesaire, un arma milagrosa. La poesía nos permite resistir y, sobre todo, seguir queriendo ser. Allí reside el embate poderoso: el querer querer. Seguir queriendo querer, mientras todo complota para que ocurra lo contrario.
Poesía reunida (1985-2026), de Fernando Noy (Evaristo Editorial).










