En la vida hay dos maneras de construir una identidad. A simple vista parecen iguales, pero aquí el orden de los factores si altera el producto.
Una forma es vivir así: Hacer se convierte en tener y esto en ser.
Primero hago. Mi profesión, mi empresa, mi cargo, mis logros. Después tengo: Dinero, prestigio, influencia, reconocimiento. Y finalmente termino creyendo que eso es lo que soy.
Mi identidad queda sostenida por lo que hago y por lo que tengo. El problema es que, cuando cambian el trabajo, el cargo o el reconocimiento, siento que también cambia mi valor.
Pero existe otra manera de vivir: Ser es hacer y hacer tiene una consecuencia, que es tener.
Primero soy. Trabajo mi carácter, mis valores, mi propósito, mi misión. Desde ahí hago. Y como consecuencia tengo.
Entonces el éxito deja de definir mi identidad. Porque lo que tengo puede cambiar; lo que soy permanece.
En enseñanza del vaso de papel
Un importante ex CEO de una empresa aprendió esta lección de una manera inolvidable. Fue invitado a dar una conferencia. Al subir al escenario, levantó un simple vaso descartable de café y comenzó diciendo:
—Quiero contarles por qué este vaso va a terminar como mensaje constante sobre mi escritorio.
El auditorio quedó en silencio.
—Hace exactamente un año estaba parado en este mismo escenario. En aquel momento era el CEO de mi empresa. La diferencia empezó desde que bajé del avión. Había un chofer esperándome. Me llevaron a una suite. Al llegar a esta conferencia había personas pendientes de cada detalle. Y unos minutos antes de empezar, alguien me acercó un café servido en una hermosa taza de porcelana que decía mi nombre y mi cargo.
El esfuerzo vale más que el resultado: dos historias para entender el verdadero éxito
Levantó nuevamente el vaso descartable.
—Este año volví a ser invitado para decir unas palabras. Pero ya no soy el CEO. Nadie me esperó en el aeropuerto. Tomé un taxi. Hice el check-in como cualquier persona. Subí mi propia valija. Y antes de entrar a esta sala me serví un café yo mismo, en este vaso descartable.
Hizo una pausa.
—Y entonces entendí algo que nunca quiero olvidar. La taza de porcelana nunca fue para mí. El auto nunca fue para mí. La suite nunca fue para mí. Las atenciones nunca fueron para mí. Todo eso era para el Jefe. Yo simplemente ocupaba ese cargo.
Por eso me voy a llevar este vaso a casa. Quiero verlo todos los días para recordar que jamás debo confundir los privilegios de una función con el valor de una persona. Porque el cargo es prestado. Los honores son pasajeros.
Pero el carácter… ese sí nos pertenece. El mundo nos acostumbra a preguntar: ¿Qué hacés? ¿Qué tenés? ¿Qué lograste?
Pero la verdadera pregunta es: ¿Quién sos cuando nada de lo otro tenés?
Los cargos cambian. Las coronas pasan de una cabeza a otra. Los aplausos terminan.
Pero el valor de un ser humano nunca depende del asiento que ocupa. Cuando uno vive desde el ser, puede agradecer el tener sin confundirse con él.
Y entonces, si un día la porcelana desaparece y solo queda un vaso descartable. Que no perdió nada, porque nunca confundió el vaso con la persona que lo sostenía.
Buen fin de semana
Rafa Jashes – rabino Valle Escondido










