Alberto Fernández Mateos, integrante de «Hablemos de Suicidio», llegó a la prevención por una historia personal. En 1991, su madre murió por suicidio. Años después atravesó un período complejo de salud mental, pidió asistencia, hizo terapia, recibió tratamiento psiquiátrico y participó en grupos para quienes estaban en crisis y familiares en duelo. Allí dejó de sentirse un “bicho raro”. Define a la organización como “la otra mirada, la que menos se muestra”.
El peligro no siempre es evidente. “Si bien quienes tienen pensamientos suicidas pueden exteriorizar lo que les pasa, incluso de manera muy clara, la mayoría transitamos nuestro proceso suicida en silencio y ocultando nuestros síntomas, incluso podemos mostrarnos alegres para disimular, porque pensar en el suicidio nos avergüenza”, sostiene.
Por eso apela a la confianza. Preguntar, tomar en serio preocupaciones menores y evitar consejos, retos o soluciones rápidas. Ante una frase directa, como “no quiero vivir más”, propone “juntar el coraje para seguir escuchando sin juzgar ni aconsejar”.
Para él, conversar no agrava el problema. “Hablar de lo que nos pasa siempre genera alivio, es como si hubiéramos llevado una carga en soledad y alguien se acercara a preguntarnos ‘¿Te ayudo?’”, resume. Advierte contra explicaciones simplistas, romantización y detalles que generen identificación con la conducta suicida.
Elizabeth Beatriz Ormart, investigadora y profesora en la Universidad de Buenos Aires, sitúa entre los mitos más dañinos el temor a que hablar pueda inducirlo. El Ministerio Público Tutelar de la Ciudad de Buenos Aires (MPT) pide no minimizar comentarios sobre querer desaparecer o dejar de vivir.
Los datos disponibles
Desde abril de 2023, el intento de suicidio es de notificación obligatoria en el Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud. El Boletín Epidemiológico Nacional N.º 788 registró 22.249 eventos entre el 1 de abril de 2023 y el 31 de octubre de 2025. El 95% no tuvo resultado mortal, mientras que el 5%, sí. El informe aclara que esos datos no miden la magnitud completa del fenómeno y reflejan la expansión del sistema, que pasó de ocho provincias a 24 jurisdicciones.
El 61% correspondió a mujeres, pero la letalidad fue cinco veces mayor en varones. Las tasas más altas se ubicaron entre los 15 y 24 años.
El Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral, en un informe de Rocío González y Victoria Bein, señala que en 2023 el suicidio fue la principal causa de muerte en mujeres de 10 a 19 años en Argentina. Fueron 148 muertes.
En la Ciudad, el Ministerio Público Tutelar y el Órgano Nacional de Revisión de Salud Mental analizaron 596 internaciones de niñas, niños y adolescentes por riesgo suicida durante 2023. Casi la mitad correspondió a chicos de 13 a 15 años. Según el género registrado, el 77,2% fueron mujeres, el 20,6% varones y el 1,5% personas trans o no binarias.
María Marta Santillán Pizarro es coautora, junto con Laura Débora Acosta, Leandro M. González y Eduardo J. Pereyra, del artículo “Intentos de suicidio en adolescentes escolarizados de Argentina, Bolivia y Uruguay”, que analiza factores asociados a los intentos de suicidio en estudiantes de esos tres países.
El trabajo acerca una medición previa a la pandemia, basada en la Encuesta Mundial de Salud Escolar 2018. En Argentina, los intentos eran más frecuentes entre mujeres. Una de cada cinco adolescentes, frente a uno de cada diez varones.
Su trabajo sobre adolescentes escolarizados de Argentina, Bolivia y Uruguay discute la explicación individual como única respuesta. Haber pasado hambre por falta de alimentos cuadruplicaba la probabilidad de haber intentado suicidarse en Argentina y Uruguay. Pesaban, además, soledad, insomnio por preocupaciones, falta de amigos, bullying, ciberbullying, agresiones físicas y consumo de sustancias. Una buena relación con los padres aparecía como factor protector.
Santillán traslada esos hallazgos al terreno de la política pública. “La prevención del suicidio adolescente no puede limitarse a la atención psicológica individual”. Insiste, cada vez que presenta el trabajo, en otra idea. “Que se escuche a los jóvenes”. Muchos, observa, cuentan historias de compañeros de aula que nunca llegaron a los adultos. En su lectura actual, a los factores relevados en 2018 hay que sumar la digitalidad, las apuestas online y las formas de malestar que hoy se juegan en la vida híperconectada..
Cuando el malestar no encuentra palabras
Darío Sanguinetto, médico psiquiatra infantojuvenil y presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatría Infanto-Juvenil y Profesiones Afines, describe cuadros conocidos y malestares de época. Ansiedad, síntomas depresivos, autolesiones, dificultades para socializar, consumo de sustancias, uso compulsivo de pantallas y ludopatía digital.
Los adolescentes rara vez llegan al consultorio diciendo que necesitan asistencia. La alarma suele venir de otro lado. Un docente que nota retraimiento, un pediatra que pregunta algo más, una familia que registra irritabilidad o un compañero que busca apoyo para un amigo. Caída del rendimiento, faltas, cambios en el sueño, marcas corporales o frases de despedida suelen mostrar lo que todavía no encuentra palabras.
Sanguinetto lee esas escenas en un clima de soledad subjetiva. Muchos lazos ya no se ordenan alrededor de reglas fijas ni de autoridades incuestionables. Esa transformación abrió libertades, pero dejó a varios adultos sin un guion claro de crianza. Para él, esa falta de certezas no justifica retirarse. El adulto tiene que ocupar su lugar, estar, ordenar y acompañar sin intentar controlarlo todo.
La tecnología forma parte de ese clima, aunque no lo explica por sí sola. Sanguinetto advierte que el celular, usado temprano para calmar, puede interferir con aprendizajes como esperar, tolerar frustraciones o elaborar una pérdida.
Algunas autolesiones surgen en adolescentes que no logran tramitar una tensión intensa. No siempre expresan intención suicida, pero indican malestar. Bullying, ciberbullying, comparación corporal, imágenes íntimas, juego online, pérdidas afectivas o violencia familiar pueden pesar en episodios críticos. “Son muchos factores que inciden”, detalla Sanguinetto. En la mayoría de los casos no se trata de querer morir, sino de buscar “sentir alivio” o “dejar de padecer”.
Mitos que cierran puertas
Ormart enumera creencias que bloquean la asistencia. Pensar que quien habla de suicidarse “no lo hace”, interpretar la frase como llamado de atención, asociar la ideación suicida con “locura”, suponer que una mejoría elimina el peligro o creer que nadie puede intervenir.
Cuestiona uno de los temores más persistentes. “Está demostrado, como criterio científico, que hablar sobre el suicidio con una persona en riesgo, en vez de incitar, provocar o introducir en su cabeza esa idea, reduce el peligro de cometerlo”, señala. La Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), a través de su Subcomisión de Salud Mental, comparte esa premisa. Ante signos de alarma, la pregunta directa favorece la detección temprana.
Detección temprana: “Está demostrado, como criterio científico, que hablar sobre el suicidio con una persona en riesgo, en vez de incitar, provocar o introducir en su cabeza esa idea, reduce el peligro de cometerlo”. Foto ilustrativa Shutterstock.En la escuela, Ormart detecta otra barrera. “Los docentes sienten que no están preparados para ayudar a un niño, niña o adolescente que expresa ideación suicida y esto no es así”, afirma. No se trata de volverlos terapeutas, sino de habilitar empatía, presencia y apoyo profesional. Ubica a la Educación Sexual Integral (ESI) en la prevención, sobre todo en los ejes vinculados con expresar afectos y cuidar de sí mismo.
Escuela, lugar de detección
La escuela funciona como lugar de detección. El Ministerio Público Tutelar aborda esa dimensión con la campaña “Hablemos de suicidio adolescente”, dirigida a escuelas, clubes y familias. Bullying, autolesiones, ludopatía, ciberacoso, trastornos alimentarios e intentos de suicidio suelen tener protocolos distintos. “Todos tienen una variable en común: niñas, niños y adolescentes que no encuentran adultos disponibles. Que no tienen espacios seguros donde procesar lo que sienten”, plantea.
En actividades escolares sobre convivencia, el organismo registró que el 20,2% de chicos de 8 a 12 años no habla con nadie y atraviesa el sufrimiento en soledad. En secundaria, la respuesta sube al 26%. “Este es el dato que más debería interpelarnos como adultos e instituciones”, advierten.
Fernández Mateos suma una pauta para la escuela. Si un estudiante le cuenta a un adulto que atraviesa una situación crítica, la confianza no implica guardar todo en secreto. Recomienda anticiparle “que no nos podemos quedar en soledad con lo que nos contó y que lo vamos a acompañar para buscar ayuda”.
Ormart agrega otros cuidados ante una situación escolar de riesgo. No dejar solo al estudiante, apartarlo de objetos o contextos que puedan aumentar el peligro, avisar a sus adultos responsables y activar servicios de emergencia o salud mental.
La Subcomisión de Salud Mental de la Sociedad Argentina de Pediatría ubica al pediatra y al médico de adolescentes en primera línea. “No se espera que reemplace al especialista, pero sí que pueda realizar una primera pesquisa”, plantea.
Ese rastreo incluye ánimo, descanso, aislamiento, consumos, autolesiones, ideas de muerte, violencia, bullying, abuso y familia. La Subcomisión recomienda reservar un tramo de la consulta a solas con el adolescente y explicarle el alcance de la confidencialidad, que se interrumpe ante un peligro cierto o inminente para él o para terceros.
Entre las banderas rojas figuran retraimiento persistente, pérdida de interés, caída del rendimiento, alteraciones del sueño o del apetito, consumo problemático, autolesiones y frases como “no aguanto más” o “quiero desaparecer”.
Banderas rojas. Retraimiento, pérdida de interés, caída del rendimiento. Foto: Fernando de la Orden Las autolesiones requieren una lectura cuidadosa. A veces regulan un sufrimiento insoportable o comunican algo que no logra decirse. No deben banalizarse ni leerse automáticamente como intento de suicidio, aunque sí indican malestar psíquico.
Ante una alerta, la Subcomisión de la SAP propone validar el padecimiento, buscar alternativas más seguras y elaborar un plan de seguridad, con signos de alarma, recursos de sostén, personas de confianza, estrategias de afrontamiento y medidas para limitar el acceso a medios potencialmente peligrosos. También menciona herramientas breves de tamizaje como el ASQ, por Ask Suicide-Screening Questions, un cuestionario que ayuda a valorar ideación suicida y ordenar la consulta.
Ese criterio de continuidad se vuelve crítico al salir de una internación. El Ministerio Público Tutelar advierte que “los períodos inmediatamente posteriores a los egresos hospitalarios son de alta vulnerabilidad”. En esa etapa pueden reaparecer síntomas, demorarse un turno, faltar medicación o interrumpirse el contacto con dispositivos comunitarios. Por eso, ante el alta, el organismo verifica que exista tratamiento ambulatorio y una escuela a la que el chico o la chica pueda asistir.
Con ese enfoque, la derivación deja de ser un trámite. Hace falta comprobar que el adolescente llegó al dispositivo, que la familia entiende las pautas, que la escuela acompaña sin exponerlo y que los equipos se comunican.
La Subcomisión de la SAP lo formula de manera directa. “Siempre que sea posible, debe verificarse que el adolescente haya logrado acceder efectivamente al dispositivo de salud mental indicado”. UNICEF, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, incorpora el Análisis Causa-Raíz para detectar oportunidades perdidas. Consultas sin preguntas, indicios fragmentados, altas sin seguimiento o equipos que no llegaron a articularse.
Qué puede hacer cada adulto
Después de un intento, las familias suelen atravesar miedo, culpa y responsabilidad. El Ministerio Público Tutelar recuerda que el suicidio tiene múltiples determinantes y que resulta injusto cargar sobre los hogares la obligación de haber detectado todos los indicios. Recomienda apoyarse en profesionales y no minimizar “las emociones, preocupaciones de chicas y chicos bajo nuestro cuidado”.
Sanguinetto sintetiza la prevención en una escena básica. “La principal prevención es la presencia del adulto que esté ahí escuchando y acompañando al adolescente”. Insiste en no esquivar la pregunta. En profesionales, remarca, es fundamental indagar por ideación suicida. Esa pregunta, añade, “a veces sirve de alivio” y abre “la puerta que permite iniciar una ayuda”.
En el aula, la tarea no es diagnosticar. Es registrar cambios, acercarse, consultar y activar una red. Si un adolescente cuenta que otro atraviesa una situación de peligro, los adultos deben agradecerle que haya hablado y evitar que cargue con una responsabilidad que excede a cualquier par.
Registrar cambios, acercarse, consultar y activar una red. Las claves para ayudar. Foto ilustrativa Shutterstock.Salud, escuela, familia, comunidad y políticas públicas necesitan funcionar conectadas. UNICEF, junto con el Ministerio de Salud y la Sociedad Argentina de Pediatría, plantea interdisciplina, intersectorialidad y corresponsabilidad. «Hablemos de Suicidio» suma grupos de apoyo entre afectados. No reemplazan a los profesionales, pero ayudan a compartir experiencia, bajar la vergüenza y no quedar reducido al peor momento de la propia vida.
La Ley Nacional de Prevención del Suicidio llama “posvención” al trabajo posterior con familiares, compañeros e instituciones vinculadas a quien murió por suicidio. Las fuentes especializadas recomiendan evitar detalles sobre métodos, no romantizar la muerte y descartar explicaciones de una sola causa.
La Subcomisión de Salud Mental de la SAP extiende esa cautela a medios y redes, con una pauta concreta: informar sin sensacionalismo, sin imágenes, sin describir métodos, sin culpabilizar y sin presentar el suicidio como salida.
Dónde pedir ayuda
Si alguien atraviesa una crisis emocional, tiene ideas de muerte o teme hacerse daño, la recomendación es buscar ayuda inmediata. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires funciona la línea 135 del Centro de Asistencia al Suicida. Desde todo el país están disponibles el 0800-345-1435 y el 011-5275-1135. Ante un peligro inminente, llamar al 911, al 107 donde funciona el Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME) o acudir a una guardia.
Fernández Mateos desconfía de los indicios visibles como único termómetro. “Personalmente confío muy poco en las señales, tal vez porque estuve del otro lado y sé que el pensamiento suicida es persistente y que resulta fácil ocultarlo”, desarrolla. Por eso insiste en sostener las conversaciones cuando baja el susto inicial.










