“Fuck”, se lamenta Gary Campbell, inglés de Blackpool, que no trepó en soledad a los últimos escalones del Azteca, aún más alto que los 2.400 metros sobre el nivel del mar de la Ciudad de México. Vestido con una camiseta de su selección modelo 1998 con el nombre de Michael Owen, Gary llegó desde su ciudad del noroeste de Inglaterra con un grupo de amigos con los que ya fueron a ocho Mundiales juntos y, un detalle no menor, con un bombo, un instrumento para el aliento que reconoce a las hinchadas convencidas de que los partidos se ganan dentro de la cancha y en las tribunas, también en los Mundiales.










