«El problema del Mundial es engancharse con el Mundial»

«El problema del Mundial es engancharse con el Mundial»

En la última columna compartí lo difícil que es para una persona teatrera y cero futbolera como yo esta época del Mundial, donde el teatro queda totalmente en un segundo plano. Me mostré indignada y recibí muchas críticas. No llegó ni un solo mensaje de apoyo. Y como soy una persona que no se banca que no la quieran, decidí “panquequear” y llamar a mis únicas amigas futboleras para que me enseñaran a mirar un partido.

El viernes fui hasta la casa de una de ellas con un poco de miedo, porque nunca había visto un partido con gente a la que de verdad le interesa el Mundial. Ellas llevan el fútbol en la sangre; yo, no. Tenía miedo de hacer alguna pavada o preguntar cualquier cosa en el peor momento.

Ellas son futboleras de sangre. Miran los Mundiales juntas, tienen sus ubicaciones, sus roles y sus cábalas.

Antes de que empezara el partido me enteré de cosas que, tal vez, si lo hubiera visto con chabones nunca habría sabido. Por ejemplo, que el Dibu medita con la pelota para pasarle energía. O que, por fin, le habían conseguido la visa a la mamá del arquero de Cabo Verde, que todavía no lo había podido ver en vivo. «No, Dalia, no te encariñes con el arquero. Tiene que atajar mal para que ganemos». Me encariñé igual. Y encima atajó bien.

Entré a esa casa pensando: “Basta del Mundial, por favor. Lo voy a ver para encajar con la gente de este país, pero que termine de una vez”. Y salí queriendo que ganemos la cuarta. Obvio.

Las chicas me contagiaron las ganas de disfrutar de los jugadores y me transmitieron algunas reglas tácitas básicas: nada de gritar un gol antes de que esté confirmado; nada de asustar con cosas que no pasaron; hablar poco; y, si hay un gol de Argentina, quedarse exactamente en el mismo lugar hasta el final. Hay un montón de reglas que los futboleros consideran obvias y yo aprendí recién el otro día.

No quiero omitir, después de haber visto con atención un partido de fútbol por primera vez, que lo que se sufre no tiene nombre. Así que, en un punto, me agradezco todos estos años en los que evité mirar fútbol.

También quiero decir que la experiencia fue genial. Sobre todo porque la viví con mujeres que me integraron, me contuvieron y nunca me hicieron sentir una intrusa. La paciencia que me tuvieron fue infinita: me iban explicando lo que estaba pasando en cada momento. No es que yo lo fuera entendiendo, pero traté de hacerles creer que sí.

El de Egipto también lo voy a ver, obvio. Creo que ya entendí cuál es el verdadero problema del Mundial: engancharse con el Mundial. Que fue, obviamente, lo que me pasó. Y ya no hay vuelta atrás.

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