también es un equipo de amor

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Roberto Carlos, el cantante, no el fabuloso lateral izquierdo, quería tener un millón de amigos. Lo sabemos. Pero, en realidad, sólo tenía uno. Se llamaba Erasmo Carlos. Y a él le dedicó otra canción. No es, por poco, tan popular como la otra, pero rápidamente la memoria emotiva lleva a garabatear la letra porque decenas de bandas hicieron covers que convirtieron a este clásico del Rei da Jovem Guarda en un himno.

«Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo, que en todo camino y jornada está siempre conmigo». Así arranca la primera estrofa de «Amigo», para quienes no la conocen, claro. Es el inicio de una muy bella canción. Y también podría ser la banda de sonido de la Selección Argentina desde 2019.

Desde aquel tercer puesto en la Copa América de Brasil hasta este presente con futuro abierto en el Mundial 2026, la famosa Scaloneta no sólo deslumbra por haber sido el equipo que hizo justicia poética y acabó con la maldición de Lionel Messi con Argentina. Tampoco, que no es menor, por haberse convertido, aún sin fecha de vencimiento, en la mejor Selección de todos los tiempos.

Esto, obvio, no va en detrimento de los campeones del mundo de 1978 y 1986, los que consiguieron las primeras dos estrellas, con próceres como Passarella y Kempes en la bautismal o como Maradona y Valdano en la que se coronó en el estadio Azteca, ese gigante que aplasta y que deja duro a más de uno.

Sin embargo, el ciclo que tiene a Lionel Scaloni como timonel es, por lejos, el más virtuoso y efectivo de la historia. Por la tercera estrella, pero también por funcionamiento y por rendimiento.

Pero eso no alcanza para explicar a la Scaloneta. Lo que realmente la distingue es otra cosa: tiene una alquimia perfecta dentro y fuera de la cancha. Y acá encaja la historia de Roberto y Erasmo Carlos.

Es cierto que hay grupos de mayor afinidad y hasta una mesa chica. Sin embargo, hay un plantel dispuesto a poner el colectivo por encima de lo individual. La Scaloneta hizo de la amistad una ventaja competitiva. El cuerpo técnico entendió muy temprano que el grupo también se entrenaba y supo construir un vestuario donde la convivencia valía tanto como la estrategia y la táctica.

Messi dejó de ser el ídolo inalcanzable para convertirse en un compañero más; De Paul, Paredes, Di María, Otamendi, Dibu Martínez y el resto tejieron vínculos que trascendieron la cancha. No es casual que hablen de «la familia» antes que del plantel. Argentina encontró en la pertenencia una fortaleza invisible que explica tanto como cualquier esquema los títulos conquistados en este ciclo.

No es la primera vez que algo así sucede en la historia del deporte argentino. La Generación Dorada del básquetbol fue un fenómeno similar. Hijos de la Liga Nacional creada por León Najnudel, Ginóbili, Scola, Nocioni, Oberto, Delfino y compañía construyeron algo mucho más difícil de sostener: una amistad que sobrevivió a los egos, las derrotas y el paso del tiempo. El oro de Atenas 2004 fue su gran éxito deportivo. Pero el ciclo virtuoso, incluso con cambio de entrenadores, duró más de una década. Y fue producto de esa amistad llevada a la cancha.

No hubo caretas en la Generación Dorada como tampoco las hay en la Scaloneta. Seguramente habrá tensión competitiva y ganas de tener más minutos. Pero está claro que en el campo de juego pesa más el «todos para uno y uno para todos» que cualquier arresto individual. Nadie se corta solo.

Por eso, más allá de Roberto Carlos y Alejandro Dumas, vale volver un tiempo atrás y hacerle un agregado a una definición de Marcelo Bielsa. El DT rosarino, admirado a pesar de que los Mundiales le caen pesados, le dijo alguna vez a Scaloni que había creado un «equipo de autor».

Fue un enorme elogio. Pocos entrenadores logran darle una identidad tan marcada a una selección. Y Bielsa tenía razón. Pero quizá esa definición admita un complemento. Más que un equipo de autor, la Scaloneta también es un equipo de amor.

El amor por el compañero. El amor por nunca claudicar. El amor por Messi y por hacer todo lo posible para que su última aventura mundialista sea lo más extensa posible. Se vio el martes contra Egipto. Y seguramente volverá a verse el sábado con Suiza, cualquiera sea el resultado. Porque las grandes selecciones también se construyen desde el talento, las figuras, la táctica y la estrategia. Pero muy pocas consiguen convertir la amistad en una ventaja competitiva. Y ahí, tal vez, esté el verdadero secreto de un equipo inolvidable.

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