Un hombre de 76 años, canoso y enfermo, protagoniza el último intercambio de arañazos entre México y Estados Unidos. Es el Mayo Zambada, el antaño poderoso narcotraficante sinaloense, representante de la vieja escuela, que llegó en circunstancias extrañísimas al norte de la frontera hace ahora dos años y que desde entonces vive preso, sin esperanzas de volver a salir. Su imagen se apodera de la conversación binacional estos días, el recuerdo de su traslado, las circunstancias que rodearon su viaje en avioneta de Culiacán a Nuevo México, un secuestro en realidad. Al sur de la frontera, el episodio es una llaga que supura y no cierra, un ataque, defiende el Gobierno, a la soberanía nacional; al norte, es el origen de su último gran trofeo, el símbolo del relato de corrupción que arrojan sobre el vecino.











