El entusiasmo que tienen es desbordante. Muestran cómo funciona su simpática y a futuro muy útil criatura, que se mueve a control remoto. En el Laboratorio de Inteligencia Artificial y Robótica de la Escuela ORT, están los autores materiales e intelectuales, de apenas 17 años, con ganas de contar su proyecto Laika Rescue Dog: «Se trata de un perro robot que puede ayudar a salvar vidas y reducir el riesgo humano en situaciones de emergencia».
“Creemos que herramientas como Laika pueden convertirse en un apoyo estratégico para priorizar recursos». «También reducir tiempos de búsqueda y aumentar la eficiencia operativa”. «Es un perro robot capaz de generar mapas del entorno en tiempo real». «Podría seguir personas mientras se desplazan, permitiendo obtener información inmediata de zonas donde enviar primeros auxilios puede representar un riesgo».
Como si fuera un número coreográfico, el grupo de estudiantes ávidos de contar su historia va tirando frases descriptivas, mientras le muestran a Clarín su interesante creación que se encuentra en desarrollo. Benyamin Sagranichne, Melina Keninsberg, Agustina Romano y Julieta Gric tienen 17 años y cursan el quinto año de la especialización TIC (Tecnología, Información y Comunicación) y el quinteto se completa con Tadeo Dyjament (16), alumno de cuarto año de Gestión de las Organizaciones.
«Estamos en una etapa intermedia y calculamos terminarlo para noviembre», toma la delantera Benyamin, «con ye», aclara. «Estamos ahora avanzando con todo lo que tiene que ver con inteligencia artificial, la movilidad del perro y las conexiones que le permitan interactuar. Desde una aplicación creada especialmente, un bombero podrá manejar de manera sencilla este robot, que podrá meterse en derrumbes o incendios».
«En casos de emergencia, es habitual que una persona, sea un bombero o rescatista, ingrese primero para hacer un informe de situación -afirma Melina-, para verificar lo que está pasando. Lo hace frente a posibles colapsos, incendios y condiciones inestables y con información limitada». Se suma Julieta: «Laika propone cambiar ese primer paso: desplegar tecnología antes del ingreso humano para que el equipo pueda decidir con mayor contexto, precisión y seguridad».
La charla fluye, los chicos lucen compenetrados. Imaginan un posible derrumbe y se pone de ejemplo el triste presente de Venezuela, víctima de simultáneos terremotos. «La idea es que un bombero maneje al perro desde una app en su teléfono, desde la vereda de enfrente por ejemplo, y una vez que tenga el espacio ya mapeado en 3D, el perro pueda ser autónomo», destaca Tadeo. «Una vez que recorre la zona afectada enviará señales al responsable del operativo cuando encuentre a una persona o alguna otra cosa relevante», completa Agustina.
«La premisa no es reemplazar personas, sino permitir que los equipos lleguen más rápido y con mejor información», destacan los estudiantes de ORT. Foto: Guillermo Rodríguez AdamiPrimero entra Laika, después decidimos mejor. Es el leitmotiv del invento que tiene como primer objetivo salvar vidas. «Se apunta a un sistema robótico de asistencia, que releva zonas de alto riesgo antes del ingreso humano y convierte el entorno en información accionable», se explica en su página web.
«La premisa no es reemplazar personas, sino permitir que los equipos lleguen más rápido y con mejor información a donde realmente haga falta”, remarcan Benyamín y Melina, los más conversadores. «Actualmente, en otro punto vital que estamos trabajando es en integrar una cámara térmica y la posibilidad de visión de cámara de 360 grados», comparten Agustina y Julieta. «En situaciones críticas, cada segundo cuenta y el personal disponible muchas veces es escaso».
Director de la especialización TIC, Darío Mischener se encuentra a un costado, escuchando a sus alumnos y participando a cuentagotas. «Es un proyectazo», es lo primero que expresa sonriente y con cierto grado de subjetividad. «Es uno de los más importantes que se realizaron desde que estoy al frente, hace treinta años. ¿Por qué su importancia? Por el orgullo de hacer algo que ayude a los demás y utilizando la robótica como plataforma, junto a la inteligencia artificial, para resolver un problema concreto».
«Laika», el prototipo que brindará una solución tecnológica que podría ser de gran ayuda en situaciones de emergencias. Foto: Guillermo Rodríguez AdamiBenyamin exterioriza sus ganas de participar: «Será una creación muy importante, porque hablamos con personal de bomberos y nos dijeron que un robot rescatista así no existe en la Argentina y que sería muy importante poder contar con uno en situaciones de necesidad mayor, para evitar que el personal ingrese a ciegas, sin saber con qué se encontrará ni las condiciones edilicias del lugar».
«Supongamos que se incendia un edificio -ejemplifica Melina-. Cuando entra un bombero, no sabe si un departamento está vacío o habitado, si hay mascotas, gente mayor… Más allá de esto, los bomberos entran igual, exponiéndose a un peligro innecesario por desconocer esa situación». «El perro -redondea Tadeo- no sólo brindaría información en tiempo real, sino que además, en caso de surgir algún peligro, los posibles daños caerían sobre el robot y no sobre la persona».
Ilusionados, los jóvenes sueñan despiertos, embalados con esta creación, a priori de impacto, que se encuentra en una instancia intermedia. «Venimos bien, pero falta bastante. Lo más complejo que tenemos por delante es la integración con la inteligencia artificial para que el perro logre autonomía», apunta Agustina. «También estamos esperando las cámaras térmica y de visión 360, que tienen que venir desde Estados Unidos, que permitirían a los bomberos encontrar el foco de incendio más rápido», agrega Julieta.
Trabajo en equipo
El grupo de jóvenes se juntó a principios del año lectivo para aprobar «Proyecto Final», la materia más importante, y con más horas semanales de quinto año. «Con Benyamin nos pusimos a hablar en el verano y sabiendo que se venía esta materia, coincidimos en que teníamos que hacer una creación de impacto. Estuvimos un buen tiempo buscando ideas y cuando las compartimos con los profesores, salió esta posibilidad que sería de ayuda al prójimo», se adelanta Melina.
«El perro ya estaba en la escuela y no se estaba usando -hace saber Tadeo-. También hay otro robot humanoide y ambos están a disposición de los estudiantes para aprender y utilizar ante posibles proyectos como éste. Vimos que estaba disponible y pusimos manos a la obra». Tadeo es el más chico del grupo y se especializa en la gestión con instituciones para lograr que el proyecto deje de ser escolar y tenga impacto en la sociedad.
Hay equipo. «Cada uno tiene una función específica y así nos organizamos», dicen Agustina, Tadeo, Julieta, Benyamin y Melina. Foto: Guillermo Rodríguez Adami«Cada uno de ellos tiene su función determinada y todos están abocados al desarrollo, a que el producto funcione», dice Mischener. Agustina se encarga del diseño, de la identidad visual y de la aplicación para que sea óptima a la hora de su utilización. «Estoy trabajando, también, para que el robot pueda llevar agua y primeros auxilios, con lo cual es necesario que tenga una especie de montura para soportar el peso».
Melina es la responsable del desarrollo full stack, «que consiste en la programación de la aplicación, tanto de las funcionalidades como de aplicar el diseño». Benyamin tiene a cargo «la robótica, el hardware y el servidor del perro». Julieta, todo lo que tenga que ver con la inteligencia artificial.
Sonríen los cinco cuando hablan de cómo reaccionaron sus padres al enterarse del proyecto. «Los míos -dice Agustina- están orgullosos de que podamos hacer un trabajo pensando en ayudar al otro». Para los de Julieta «es doble gratificación. Que su hija pueda realizar un proyecto ambicioso con el grupo de trabajo y que pueda salvar vidas es lo máximo a lo que podía aspirar». Todos contaron el espaldarazo familiar.
Laika puede saludar, ponerse en dos patas, hacer piruetas y hasta un corazoncito con sus patas. Foto: Guillermo Rodríguez AdamiLos cinco no ven la hora de que «Laika» ponga primera de una vez. «Si fuera por nosotros, dejaríamos todas las otras materias y nos dedicaríamos sólo a este trabajo, igual nos esforzamos mucho. Además de las cuatro horas reloj semanales, nos quedamos después de hora y hasta seguimos en casa», dicen a coro, hiper estimulados.
«Nos pasa que hasta soñamos con el proyecto, que está presente las veinticuatro horas», dicen todos. «Estamos todo el tiempo conectados entre los cinco aportando ideas que puedan elevar el resultado final», agregan Julieta y Agustina.
Los estudiantes dejan en claro que no están desarrollando un producto final, sino un prototipo. «¿Qué significa? Que vinimos a mostrar que hay una solución tecnológica con la que se puede abarcar esta problemática. Una vez construido y terminado diremos: ‘Miren lo que hicimos, se puede. Ahora construyamos un robot con todas las condiciones y requerimientos necesarios -que sea ignífugo, por ejemplo- para ser utilizado», exclama Melina.
Agustina y Julieta se acoplan: «Con el desarrollo de Laika podemos pensar en que es posible contar con equipos de rescate para salvar vidas humanas atrapadas o de los mismos rescatistas. En noviembre tenemos que llegar a lograr una prueba de concepto, no un producto comercial».
Con este trabajo en desarrollo, miran el futuro con optimismo y se despiden ilusionados. Queda una última consulta: ¿por qué Laika? Todos se ríen. «Más que por la perrita rusa (lanzada en 1957 a bordo de la nave Sputnik 2), porque tiene las vocales ‘ai’ de inteligencia artificial. A diferencia de aquella, ésta va a volver», aclaran. Tadeo sorprende: «Originalmente se iba a llamar Humberto, pero a decir verdad era muy poco marketinero». Y se van los estudiantes de regreso al aula, entre sonrisas, expectativas y el mismo entusiasmo con el que llegaron. Ah, junto a ellos, también se va Laika, caminando, saltando y haciendo piruetas.









