Junto con el Obelisco, los viejos coches de madera de la línea A de subtes, los adoquines y los cafés históricos, los buzones de correo que aún quedan en algunas esquinas porteñas forman parte del acervo urbano de Buenos Aires.
Si bien fueron un engranaje fundamental del servicio postal argentino hasta los 90 –llegaron a existir unos 1450 buzones en total–, a partir del auge del e-mail y, sobre todo, de las plataformas de mensajería, quedaron en el olvido y fueron usados como tachos de basura o vandalizados con pegatinas y grafitis. Con el cambio de siglo, solo quedaron unos 400 en el ámbito porteño. Actualmente, 175 quedan en pie.
Deterioro y recuperación. Ante el daño que sufrieron los buzones con el correr del tiempo, una iniciativa vecinal impulsó la recuperación y puesta en valor de estos símbolos que forman parte de la identidad de cada barrio y que representan un testimonio de la historia cotidiana de la Ciudad.
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La propuesta fue acompañada por la Secretaría de Gobierno y Vínculo Ciudadano, a través Dirección General de Competencias Comunales y Talleres, y forma parte de las acciones de preservación del patrimonio urbano porteño, que lleva adelante esa dependencia comunal.
Hasta el momento, y según informaron desde el organismo que dirige Ezequiel Sabor, ya fueron restaurados seis buzones históricos, ubicados en las esquinas de Neuquén y Espinosa; Freire y avenida de los Incas; avenida Jorge Newbery y Conesa; avenida Cabildo y avenida Congreso; Libertad y Paraguay; y Charlone y Forest (ver infografía). La restauración incluye tareas de herrería, reparación estructural, tratamiento anticorrosivo, remoción de antiguas capas de pintura, limpieza de grafitis y adhesivos, además de su pintado en el característico color rojo que los popularizó.
“Los buzones forman parte de la identidad de nuestros barrios y de la memoria cotidiana de los porteños. Muchas de estas restauraciones surgieron a partir de pedidos de vecinos e instituciones comprometidas con la preservación del patrimonio”, expresó el funcionario porteño.
Empuje vecinal. El plan de mejoras surgió a partir de pedidos de vecinos, historiadores y organizaciones barriales comprometidas con la conservación del patrimonio urbano. En ese sentido, Sabor destacó que “es un trabajo conjunto que nos permite recuperar símbolos que forman parte de la historia de la Ciudad para que las nuevas generaciones también puedan conocerlos y valorarlos”.
Un caso representativo ocurrió en el barrio de Caballito con el buzón ubicado en la esquina de Neuquén y Espinosa, que fue uno de los puntos de partida del proyecto. Allí funciona El Viejo Buzón, histórico Bar Notable que reabrió sus puertas tras una remodelación arquitectónica y tecnológica.
El tradicional café conserva una profunda relación con el barrio y con los hinchas de Ferro Carril Oeste, al punto de ser conocido como “la segunda casa” del club. Su emblemático buzón rojo, completamente restaurado, ocupa un lugar central en la esquina y se convirtió en un símbolo de la recuperación patrimonial impulsada por la Ciudad.
Fundado como café en 1987 por Felipe “Toto” Evangelista, ex presidente de Ferro, El Viejo Buzón se transformó con el paso de los años en punto de encuentro de jugadores, socios y vecinos. La historia del lugar también está ligada a la defensa del patrimonio barrial. En los años 90, vecinos e integrantes de la comunidad se movilizaron para impedir que el buzón fuera retirado.
Posteriormente, en Colegiales, la Ciudad restauró el buzón ubicado en la esquina de Conesa y Jorge Newbery, lo cual fue celebrado por los vecinos. Adriana Fernández, vicepresidenta de la Junta de Estudios Históricos de Colegiales, contó que el proceso comenzó después de conocer el caso de Caballito. “Luego de ver la restauración del buzón de Caballito, nos contactamos desde la Junta para que reparen el de Conesa y Newbery que estaba muy deslucido. enseguida me contestaron que iban a recuperar éste; a los pocos días se lo llevaron”, relató. “Fue una alegría la rapidez con que actuó la Ciudad. Los buzones son nuestro patrimonio”, agregó Fernández. Para la referente barrial, estos objetos trascienden ampliamente su antigua utilidad. “Si bien ya no se usan como vía de comunicación, los buzones son una huella en la memoria de una época”, concluyó.
Alicia Nosdeo, por su parte, también celebró esta acción. “Recuerdo este buzón de años, es una postal del barrio. Me encanta que lo revaloricen. En otros he llegado a dejar cartas”, contó. Lo mismo que Pablo Soldini, otro vecino de Colegiales que coincide en el valor simbólico de estas estructuras. “Lo recuerdo de toda la vida, iba al colegio acá. Está muy bueno que lo recuperen; aunque pase desapercibido, es un símbolo del barrio y de la identidad, que a medida que pasa el tiempo se va perdiendo”, afirmó.
Impulso ministerial desde las redes
C.C.
Más allá de la iniciativa de los vecinos y de la Secretaría de Gobierno y Vínculo Ciudadano de recuperar los buzones, la propuesta también fue acompañada desde el ministerio Infraestructura y Movilidad porteño. En este caso, su titular, Pablo Bereciartua, desde su cuenta de Instagram (@pberecia) contó detalles de la s tareas de restauración que se están llevando a cabo para volver a poner en valor estos símbolos de la identidad de la Capital Federal.
En su posteo, el ministro porteño hace un racconto histórico de los que significaron los buzones para el día a día. También cuenta la importancia que tenían estos macizos cilindros rojos para la comunicación familiar, sobre todo. Además, muestra fotos antiguas y del interés e importancia que tenían para la comunidad.
Protagonistas del paisaje urbano
Fabio Márquez*
Los antiguos buzones del correo argentino han sido protagonistas del paisaje urbano desde hace mucho más de un siglo.
El modelo clásico fue establecido en 1895 por la Dirección General de Correos y Telégrafos, cuyo director Carlos Carlés decidió unificar los buzones hasta entonces de distintos modelos importados y sustituirlos por fabricación nacional. Firmó contrato con Talleres del Fénix, de los hermanos Adolfo y Gustavo Basch, para la construcción de los nuevos primeros buzones similares a los ingleses.
El diseño reglamentado tenía las siguientes características generales, aunque luego hubo algunas mínimas variantes:
De hierro fundido en su cabeza y garganta con 74 kg de peso.
Altura total por sobre la vereda de 1,535 m, de los cuales 30 cm inferiores de cemento.
El cuerpo de chapa de hierro de 5 mm de espesor (56 kg), con 91 cm de alto y 40 cm de diámetro.
Cabeza de 55 cm de diámetro.
Boca para cartas de 4 cm de alto y 15 cm de ancho.
Puerta de 72 cm x 34 cm, ubicada a 32 cm del suelo.
En el interior tenían una bolsa de lona de 80 cm de alto por 31 cm de ancho, denominadas sacas, sostenidas por un aro.
Este modelo conocido como buzón de pilar, se pintaba de rojo con su base negra y estaba inspirado en el correo británico, que marcó la tendencia en todo el siglo XIX al ser los creadores del sistema de correos postal.
Durante la primera mitad del siglo XX también fueron fabricados por otras marcas manteniendo el diseño original: Guido Scossiroli, A. Máculus, Talleres Vasena e Hijos, Jorge Hallet, Sanz e Hijos, Metalúrgica Ajuria, RyCSA (Rossati y Cristófaro SA) y Tamet (Talleres Metalúrgicos San Martín).
Estos antiguos buzones tienen valor como patrimonio cultural, aunque no tienen normativa legal que los identifique y proteja como sí sucede en algunas otras ciudades argentinas. En el apogeo del Correo llegó a haber 1450 buzones en Ciudad de Buenos Aires y hoy quedarían 175. Son hitos porteños que, aunque ya no estén en uso, conservan un enorme valor simbólico y barrial.
* Licenciado en Paisajismo.










