La final del Mundial 2026 enfrentará, por segunda vez en la historia, a dos rivales de habla hispana. La final del Mundial 2026 enfrentará, por primera vez, a los vigentes campeones de la Copa América y de la Eurocopa. Y allí estará Argentina, enfrente de una España que -como si fuera un espejo- es un rival que quiere tener la pelota pero ya aprendió a ganar sin ella. Juega con amplitud, acumula futbolistas entre líneas y tiene a Rodri como eje de una estructura que se mueve a su alrededor.
También se parecen en su forma de conducción. Lo dijo Luis De la Fuente, quien fue uno de los profesores de Lionel Scaloni en el curso del entrenador que realizó en 2017 en España: «No quiero personalizar, pero tanto él como yo coincidimos en muchos conceptos: valores, ciertos principios que mueven a nuestros equipos. Eso demuestra que los grandes equipos no pueden estar carentes de esos valores. Ser cada día más fieles a nuestra idea, sabiendo que el partido va a tener muchas alternativas, pero puede ser un partido muy igualado en todos los aspectos».
Es una obviedad que España querrá hacerse de la posesión, instalarse en campo contrario y recuperar la pelota casi en el mismo lugar en el que la perdió. Mantiene como punto de partida un dibujo de 4-1-2-3, aunque es bastante versátil. Los extremos fijan bien abiertos, los interiores se ubican a espaldas de los mediocampistas rivales, Oyarzabal abandona con frecuencia el área para asociarse y los laterales avanzan con funciones distintas.
¿Dónde poner el foco? Los cinco carriles ofensivos que suele ocupar lo puede hacer indescifrable, pero hay que poner la lupa en el lado derecho del ataque. Pedro Porro, que convirtió el segundo gol del triunfo sobre Francia, es el más ofensivo. Puede pasar por fuera de Lamine Yamal, cerrarse para participar de la elaboración o aparecer en posiciones de remate. Es uno de los mecanismos más peligrosos que ha mostrado el Mundial. De la otra banda, Marc Cucurella tiene una tarea más flexible. A veces da amplitud, otras se mete por dentro y también puede permanecer como tercer defensor para compensar los movimientos interiores de Dani Olmo.
Dani Olamo, el 10, en el aeropuerto de Montgomery. Foto: Reuters/Maria LysakerEn el centro de todas esas decisiones está Rodri. El mediocampista del Manchester City no sólo es el primer receptor de los centrales. Es quien administra las velocidades, atrae la presión, cambia la orientación del ataque y sostiene al equipo después de cada pérdida. España juega a partir del ganador del Balón de Oro 2024, pero también juega gracias a todo lo que su presencia permite que hagan los demás, que aprovechan sus espacios. No sólo utiliza la posesión para construir ataques, sino que la usa para ubicar a casi todo el equipo cerca de la pelota.
A diferencia de la creencia, es la defensa el principio de todo lo demás para los europeos. Solo le convirtieron un gol en esta Copa del Mundo y no porque Unai Simón haya tenido muchas atajadas, sino porque el mecanismo se lo permite. Portugal, con 0,91, fue el que más goles esperados le generó de sus siete rivales. Los números hablan de una defensa eficaz, aunque ahí radica una primera oportunidad para Argentina.
Si bien el concepto de la Albiceleste no es atacar directo, los espacios en el contragolpe cuando los laterales se adelanten puede ser una oportunidad. Si conserva el primer pase, todo puede seguir con una conducción de Lionel Messi, un cambio de orientación de Enzo Fernández o una corrida de Julián Alvarez.
Foto: EFE/EPA/SHAWN THEWMás allá que, en sus declaraciones públicas, tanto los futbolistas como el entrenador de la Scaloneta eligieron no centrarse únicamente en Yamal, merece un apartado especial. Porque es el principal factor de desequilibrio individual. Recibe abierto, generalmente al pie, y desde allí obliga al defensor (en este caso será a Nicolás Tagliafico) a elegir. Si el lateral lo espera, conduce hacia su pierna izquierda. Si sale rápido, combina con Porro o con el interior. Si llega una segunda marca, libera el pase hacia adentro.
España busca aislarlo contra un solo rival mediante cambios de orientación y circulaciones de la pelota. Cubarsí también intenta encontrarlo con pases directos. Yamal no necesita terminar todas las jugadas: muchas veces su sola presencia obliga a movilizar dos defensores y abre un espacio para los compañeros. Y como Tagliafico podría complicarse solo es que aparece la opción de incluir a Nicolás González en banda.
Dani Olmo representa otro problema. Aparece en las formaciones como extremo izquierdo o mediapunta, pero no permanece demasiado tiempo en ninguna de esas posiciones. Se cierra, recibe entre líneas, intercambia zonas con Mikel Oyarzabal y llega al área desde atrás. Muy parecido a lo que mostraron Jude Bellingham y Harry Kane en semifinales, quienes fueron bien controlados.
Oyarzabal tampoco es un delantero convencional. No se queda entre los centrales y su movimiento libera el carril central para Olmo, Fabián Ruiz, Álex Baena o Pedri.
España comenzó el Mundial con un empate frente a Cabo Verde que hoy parece lejano, pero que dejó información importante. Tuvo 65,7 por ciento de posesión, completó 755 pases, realizó 426 recepciones en el último tercio, remató 27 veces y generó 2,26 goles esperados. No pudo convertir un gol. Con 39 centros lanzados, España demostró que puede frustrarse cuando no encuentra pases entre líneas ni desequilibrio individual.
Quizás Argentina puede reflejarse en el planteamiento de la Uruguay de Marcelo Bielsa, en el partido en el que quedó eliminada al caer por 1-0. Fue el primero que consiguió discutirle la zona central y presionarla con agresividad. ¿La clave? Que presionar no significa correr detrás de cada pase, sino reducir la producción ofensiva bloqueando a Rodri, saltar sobre los interiores y obligar a los centrales a circular sin receptores libres. Si llega a esa instancia, Julián Alvarez puede salir a cazar y Alexis Mac Allister o Rodrigo De Paul saltar sobre Rodri, sin gastar energías en una presión más larga.
REUTERS/Hannah MckayEl triunfo contra Portugal en cuartos de final mostró otra fortaleza: el banco. Mikel Merino es el amuleto del gol y permite arriesgar de más en ofensiva. Pedri da control y asociación. Nico Williams suma velocidad por izquierda. Ferrán Torres ataca el área. Yeremy Pino tiene mayor sacrificio defensivo. Marcos Llorente permite reforzar el lateral y proteger una ventaja.
La semifinal fue, precisamente, la prueba de que España ya no depende de una sola forma para ganar. No intentó monopolizar la pelota frente a Mbappé, Dembélé, Olise y Barcola. Alternó presión alta (8% del tiempo), bloque medio (24%) y repliegue (20%). Dejó que Francia atacara por afuera, defendió el área y fue eficaz. Sus únicos dos remates al arco terminaron en gol.
Esa actuación modifica el análisis de la final. Obligar a España a tener menos posesión no garantiza desactivarla. La campeona de Europa demostró que también puede defender, correr y ser igual de efectivo.
Por eso la Argentina deberá leer qué España aparece. La que intenta dominar desde el comienzo o la que acepta un partido más equilibrado y espera su oportunidad. El plan de la Scaloneta deberá combinar presión y pausa. Messi intentar encontrar ese espacio que solo él lee. El «Araña» Alvarez atacar los intervalos, especialmente el espacio entre Porro y Cubarsí. Enzo Fernández, Leandro Paredes y Alexis Mac Allister hacer rápido los cambios de orientación. Tiene que incomodar al rival sin perder su propia forma, como quizás le ocurrió contra Suiza en cuartos.
La final regala un duelo entre dos selecciones que llegaron por caminos distintos. España es más constante en su funcionamiento. La Argentina más adaptable y tiene el diferencial de Messi para alterar cualquier estructura. España quiere la pelota, pero ya demostró que puede ganar sin ella. Quiere jugar en campo rival, pero aprendió a defender cerca de su área. Quiere imponer su idea, aunque también sabe adaptarla.
Argentina tendrá que quitarle algo más que la posesión. Tendrá que quitarle el control.










