Escribo estas líneas con uno de mis gatos sentado a upa. Puso su cola en el teclado y tapa la pantalla con la cabeza. Me está mirando. Ronronea. Es un primer plano absoluto. De lejos, oigo maugritar al otro. Es más un maullanto. Sé que no está contento con el tema de cerrar la puerta de calle, la quiere abierta de par en par todo el día.
Ellos son Carlos y Luis, que trabajan en mi contra hace ya 16 y 14 años respectivamente. Los dos se llaman Alberto de segundo nombre. Uno es atigrado negro, con nariz naranja y ojos delineados de blanco. El otro, un rubio de orejas gigantes y carita afilada tipo dios egipcio. Los amo. En porcentajes, los describiría así: 40 de bolsa de agua caliente envuelta en peluche con un 10 de demonio, más 30 de extravagancia con 20 de tigre miniatura.
Cada día pienso en cómo era mi vida antes de ellos. Sí, la tasa de crimen y terror en mi casa subió un 300 mil por ciento. Pero igual no los cambiaría por nada. Es como ver una sit com neurótica en vivo, a cada momento. Esto es tal vez un pedido de auxilio. O no, quizás es una oda al mundo felino en general, con mis viejos locos como botón peludo de muestra.
Obsesión felina
La obsesión felina con el tema del baño es famosa mundialmente y una constante ya incorporada con naturalidad en mi vida. Nadie en esta casa hace pis sin sus miradas atentas. Incluidas las visitas. Carlitos considera que es su derecho que le abran el bidet, porque le gusta meter las patitas en la fuente y tomar agua que corre. Si me demoro un poco empieza a afilarse las uñas en la alfombra. Luisito nomás quiere estar, le da FOMO quedar fuera de la experiencia, así que entra nomás y observa desde un rincón, con las pupilas dilatadas como un alien.
Carlos y Luis son los nombres de los gatos de la periodista y poeta Daniela Pasik. Foto: gentileza de la autora.Esta mañana necesitaba bañarme sin testigos porque quería prender el caloventor y me pareció un peligro, por su costumbre de tirar todas las cosas, más aún las que no son habituales. Bueno, los gatitos mostraron su desacuerdo maugritando a todo pulmón.
Intenté seguir con lo mío. Armaron un piquete del otro lado de la puerta. Los ignoré. Comenzaron un pogo, intentaban derribarla. Creí que había ganado la disputa. Aunque se mini detestan, trabajaron en colaboración y finalmente abrieron el picaporte. Perdí. Entraron indignados. Se instalaron sobre el inodoro. Así terminé de ducharme: viendo sus caras de hartazgo. Me estaban juzgando.
Entrar a la cocina activa un coro de lamentos. Siempre quieren comer, aunque nunca pasan hambre. Carlos aprendió a abrir la heladera, por lo que ponemos una silla delante. Le parece mal, así que cuando paso cerca me pega un pequeño sopapo en la pantorrilla. Luis cree que con amor se logran más cosas, entonces se refriega entre mis piernas. Hice mi café sorteando esos obstáculos. Cuando terminé estaban en la mesada, chupando algo que solo ellos pueden ver. Abandoné esa lucha.
Los zapatos, sillones, alfombras y cualquier cosa que esté en el suelo es lo que más les interesa para afilarse las uñas. El rascador que les compré, no: lo desprecian. Carlos tiene una fijación con masticar los cables cargadores de celular y auriculares. Luis suele marcar territorio bajo nuestras camas, con pis y a veces hasta caca. Los dos vomitan, y se aseguran de que el jugo inmundo de sus entrañas caiga en algún almohadón o algo complicado de limpiar.
Liderar la manada
Intento autoconvencerme de que lidero la manada. Ahora Carlitos dormita al sol y su tapadito de piel es una nube suave que sube y baja al ritmo de su respiración. Luisito se baña dentro de mi cartera, bosteza y deja sus colmillitos de vampiro amable al descubierto. Soy su esclava.
Carlos y Luis son los nombres de los gatos de la periodista y poeta Daniela Pasik. Foto: gentileza de la autora.Carlos me abraza cuando leo y, para dormir, apoya su cabeza en mi almohada: se pone en cucharita, en el lugar de la cuchara grande. Luis me peina con sus manogarras si tengo el pelo suelto y pasa la noche en el hueco que hago detrás de las rodillas con las piernas.
Les gusta mirar por la ventana, me invitan a sumarme con ellos. Aman el pollito, mas bien los enloquece nivel hacen pinball de sí mismos entre las paredes, piso y casi techo del pasillo que va a la cocina. Si hablo por teléfono se ponen a maullar. Cuando estoy enferma son dos gárgolas que me custodian en la cama. Hacen fila frente a las puertas cerradas. Mi vida sin ellos sería más higiénica, pero también menos divertida.
La ailurofobia es el miedo extremo a los gatos. Entre otros, tuvieron este trastorno Benito Mussolini y Adolf Hitler. Es una hipérbole, sí, pero eso debería no sólo poner a la Humanidad del lado de los gatos, si no agradecerles. Le dieron terror a los más terroríficos. También, por qué no, se podría aprender un poco de ellos.
Carlos y Luis son los nombres de los gatos de la periodista y poeta Daniela Pasik. Foto: gentileza de la autora.Entre el chiste que no lo es tanto, por ese lado se puso a pensar el canadiense Stuart Reynolds, humorista conocido como Brittlestar en redes sociales y autor de Gatos contra el fascismo, un breve y simpático libro de autoayuda felina, que según su descripción “funciona como un manual de resistencia”. Son 11 capítulos cortos, cada uno acompañado de una ilustración pertinente y bonita, que invitan a adoptar esa actitud como inspiración para enfrentarse a la opresión diaria.
Los consejos a emular son bastante acertados, casi vitales. Entre otros, por ejemplo: descansar como resistencia, marcar límites, exigir comida con firmeza, ocupar espacios que no son tuyos o cuidar a tu manada.
“Es una estrategia que todo el mundo puede utilizar, en especial contra los fascistas que, la verdad, no son precisamente las mayores lumbreras”, dice el autor en el capítulo uno, titulado “Mantente ágil e impredecible”. Aunque el libro de Reynolds, y la admiración generalizada del mundo amable por los gatos, puede parecer una broma, en realidad es una forma lúdica, pero certera, de pensar un poco la coyuntura aterradora mundial.
Carlos y Luis son los nombres de los gatos de la periodista y poeta Daniela Pasik. Foto: gentileza de la autora.Carlos está harto de que trabaje, y tiene razón, ya estoy hace horas haciendo algo por lo que no me van a pagar lo suficiente. Luis necesita que vaya a leer al sillón, quiere acostarse en mi falda y ronronear hasta que me sienta en calma. Ahora voy a ir al living. En el camino, seguro intentarán hacerme caer cruzándose en mi camino. Y desde el suelo, con el puño en alto, solo diré: “Así se hace”. Quedo a la espera, compañeras y compañeros, de más personas dispuestas a tomar felinamente las almas. Miau.
Gatos contra el fascismo, de Stuart Reynolds (Plaza & Janés).










