Podría decir que fue sin querer o una cruel jugada del destino. Yo era entonces un adolescente bastante tímido, ingenuo y sentimental. Andaba por la vida como un perro callejero en busca de dueño, de alguien que lo quisiera. Por ese entonces desconocía de las virtudes del afecto y las miradas cómplices: no había tenido novia o besado a una chica, excepto por algún pico robado en el juego de la botellita. Antes de tener mi primera cita, mi camino por la vida ya incluía ser culpable de la muerte de mi madre.
Cabe aclarar que, por aquel entonces, mi madre ya había intentado quitarse la vida varias veces con pastillas, pero siempre sin éxito. Recuerdo esconderle el frasco de pastillas para que no se matara. Pero ella insistía en encontrarlas. En casa se sufría a diario. Era común como ir al baño. Si Dios era dolor, mi madre era la sacerdotisa. Pero su llanto no se debía a que mi padre hubiera dejado la casa, sino a que el suyo —mi zeide— había muerto años atrás. Yo no había llegado a conocerlo. Había un cuadro suyo: un hombre alto, de pelo blanco, que miraba desde la pared. Yo quería ser como él. Alto y de pelo blanco. Pensaba que, si me parecía a él, mi madre dejaría de sufrir.
Ella quería morirse, aunque fuera un rato, para volver a verlo, aunque sea un rato. Y yo, sin entender del todo la muerte, creía que, si lograba convertirme en mi abuelo, quizá pudiera devolvérselo en vida.
David Muchnik, cuando era niño, durmiendo en un sillón. Un momento de tranquilidad.
David Muchnik (der.) decidió alejarse porque no podía vivir ni dormir tranquilo. Estar con su madre era una demanda constante.Recuerdo llevarla varias veces de urgencia con mis dos hermanas a algún hospital público para que le hicieran un lavaje de estómago. En otras oportunidades había amenazado con saltar del balcón del noveno piso y, alguna vez, luego de tomar sol en la terraza, ante la hermosa vista de la ciudad, insinuó tirarse y unirse al pavimento. Lo cierto es que, como suicida, mi madre fue un verdadero fiasco. Muy vueltera, como esa invitada que, al terminar una fiesta, saluda a todos, pero no se va más. Y al final, la tenés que echar, que es un poco lo que hice yo.
Recuerdo bien cuando eso ocurrió. Yo tenía quince años y no podía ni quería seguir viviendo con mi madre. Entonces decidí huir, abandonar el hogar. Me escapé en puntas de pie, aún recuerdo el sonido de mis pasos sobre el piso de madera. Crucé el pasillo con el ruido de fondo de la televisión proveniente de su habitación, abrí la puerta principal y, apenas bajé en el ascensor, empecé a llorar. Lágrimas y más lágrimas que hacía años habían esperado salir.
Como ya mencioné, en ese departamento, nuestro Dios era el dolor. Y todos éramos leal a él. Irme era una traición a ella y a esa divinidad que había reinado mi hogar todos los días. Perdido por dentro, junté fuerzas y me fui a lo de mi padre. Crucé la ciudad hasta su departamento, él estaba de viaje por trabajo. Por suerte, yo tenía una copia de la llave que nunca había usado hasta ese momento. Subí los tres pisos, entré y, sin encender la luz, me senté en el suelo a seguir llorando, es que no había podido parar en todo el viaje. Estaba roto y necesitaba que algo me sostuviera, aunque fuera el piso.
Entonces sonó el teléfono de línea del departamento. Atendí, y del otro lado, la voz de mi madre:
—¿Qué hacés ahí? ¿Cómo pudiste?
—¿Quién te dijo que te podías ir? Abandonar a tu propia madre a escondidas como un cobarde… como tu padre. ¿Acaso te crié para que me hagas esto? Un cobarde.
Y con un tono entre decidido y frágil, como si estuviera de pie sobre el balcón, antes de saltar, fue terminante con sus palabras, y dijo:
—Si no volvés ahora, me mato. ¿Entendiste?
Creo que dije que sí y ella cortó. La consigna era clara. Si no volvía a la casa del Dios dolor, ella se mataba y me dejaría con una culpa infinita e irreparable hasta el final de mis días. Entonces prometí volver. Prometí muchas cosas esa noche. Colgué el teléfono, seguro de mis palabras, pero no pude cruzar la puerta. Un desierto de incertidumbre. No volví. Me quedé en el suelo, a oscuras, contando segundos y minutos disfrazados de horas, palpitando que ella por fin lograría su cometido y yo iría a la cárcel, culpable de su trágica muerte. Maté a mi madre, le confesaría al policía que me pusiera las esposas.
Esperé que vinieran por mí. Ante un silencio absoluto, cada mínimo ruido del edificio, o una sirena de la calle, parecía anunciar el final. Yo mientras imaginaba la noticia en los diarios y la televisión: Hijo mata a su madre, y una imagen de su cuerpo unido al pavimento. Durante esa espera eterna, me sentí un desagradecido hacia mi progenitora; yo era un asesino inescrupuloso sin cadáver a la espera de que se hiciera justicia. Deseé que la policía golpeara a la puerta de una vez y me llevara preso. Pero ocurrió lo inesperado: sonó el teléfono. Atendí y escuché su voz. Mi madre otra vez.
—¿Qué hacés ahí todavía?
Y de pronto, sentí un clic en el pecho. Se me cortó la luz en el alma. Un terremoto me movió el eje, mi estructura mental, emocional y eléctrico. Entendí el teatro, las religiones y de qué están hechos los agujeros negros. Todo y otra vez nada al mismo tiempo. Un darme cuenta cuántico transatlántico que cruzaba las generaciones de inmigrantes que habían escapado de la muerte desde Europa hasta la muerte imposible de mi madre en Buenos Aires. Y que afirmaba con absoluta claridad que ella no se mataría nunca.
A partir de ese microsegundo, a mi madre la maté por dentro. Fue tan natural como tragar saliva. La madre que de chico me había alimentado, llevado a la plaza, al colegio, me había preparado la chocolatada, permitido faltar al colegio con mi tos de mentira y que por la noche me dejaba ver a Tato Bores y Olmedo; la misma madre que le había pegado a mi padre, aquel hombre de barba y bigotes que hacía sus intentos por unir a la familia, y que también regresaba para salvarnos ante las amenazas de mi madre:
—Si no volvés, tiro a tus hijos por el balcón.
Ese también era mi hogar. Las historias nunca tienen un solo lado, pero esta en particular prefiero dejarla para otro momento.
Vuelvo a mi madre. A todas las madres de mi corazón, las que mencioné y las que no, porque como saben, madre no hay una sola, son infinitas y, sin embargo, a todas ellas, como si hubieran estado en una ronda tomadas de la mano, las maté, o acaso se murieron en mí de un tirón, como algo que se extirpa, esa misma noche.
Años más tarde, más precisamente en el 2002, me fui a probar suerte al país del norte. Después del desastre del 2001, muchos amigos habían dejado la Argentina y seguí sus pasos con una novia de aquel momento. Creí que me quedaría unos meses que resultaron ser años, quince para ser exacto. Me separé, me volví a enamorar, dejé el trabajo en publicidad, crisis existencial, cambio de rumbo profesional, estudié psicología y empecé a trabajar en el centro de prevención de suicidio. Me profesionalicé como counselor bilingüe y también me dediqué a entrenar voluntarios. Hablé con más de mil personas, nunca me imaginé que entre tantas voces me encontraría de vuelta con la de mi madre. Claro que no era ella, pero sí era ella, o no, pero era idéntica. Las oraciones, los suspiros, la forma de manipular eran tan parecidas que sentí otro clic. Como aquella vez a mis quince, pero era distinto. Este clic me informaba que mi madre no era un monstruo ni había sido la peor persona del mundo, sino que era una persona que sufría una enfermedad mental y emocional tan, pero tan grande que la llevaba puesta como un tsunami. La enfermedad la poseía.
Comprendí que mi madre tenía otro alfabeto que había que procesar y traducir. Cada vez que hablaba de su suicidio, en realidad, ella decía: “Mírenme, por favor, necesito que me miren, que me digan que nunca me van a dejar, que me van a querer por siempre”.
Cómo no intentar entenderte, mamá. Si cuarenta y nueve años atrás fui vos: un pedacito tuyo, a sólo centímetros de tu corazón, que un día se desprendió del todo para ser otro.
Quisiera referirme a otra muerte: la mía. La muerte del reclamo. Del que espera que la madre sea otra, que el mundo sea otro, que los demás sean como uno quiere y cree que deberían ser.
Me vuelve una frase que inventé de chico: “Tu vida es tu vida y mi vida es mi vida”. Se la repetía a mi madre casi como un juego, sin entender del todo lo que estaba diciendo. Como tantas verdades importantes, llegó primero a mi boca y muchos años después a mi comprensión. Porque durante demasiado tiempo confundí amor con fusión, compañía con responsabilidad y cercanía con sacrificio. Creí que querer a alguien era cargar una parte de su destino sobre mis hombros. Y que si sufría con suficiente intensidad podía evitar el sufrimiento de los demás.
Con los años entendí algo más simple y más difícil a la vez. Que nadie puede vivir por otro. Que nadie puede morir por otro. Que acompañar no es rescatar. Que amar no es hundirse en el mismo naufragio. Y que la distancia necesaria entre dos personas no siempre es una forma de abandono; a veces es la única manera de que exista un encuentro verdadero, si es que sucede.
Tal vez por eso seguí yendo hacia mi madre. No desde la obligación ni desde el miedo. No desde aquel hijo que vigilaba el borde del balcón o esperaba llamados en mitad de la noche. Fui hacia ella como un hombre que finalmente había aceptado que su dolor era suyo y que el mío me pertenecía a mí. Como alguien que ya no necesita salvarla para quererla.
“Tu vida es tu vida y mi vida es mi vida”.
Quizá toda mi historia con mi madre haya sido aprender esa frase. Descubrir que puedo amarla sin intentar salvarla. Que puedo quererla sin perderme.
Ayer la visité en la residencia psiquiátrica. Nos miramos a los ojos. Ella ya no sabe quién soy. Y, por primera vez en nuestra historia, eso no importa. Nos abrazamos con el mismo amor.
* En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires funciona la línea 135 del Centro de Asistencia al Suicida. Desde todo el país están disponibles el 0800-345-1435 y el 011-5275-1135.










