La gracia perpetua | Perfil

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Si hay gracia, que se note. Francisco Garamona parece decidido por esta máxima. La pregunta es cómo lo logra. Se puede atinar a una respuesta que viene de sus diversos disfraces de artista. La infancia. Hay que acorazar ese núcleo de infancia contra las tretas de la madurez estética, porque precisamente en ese núcleo primero y último está el río de la renovación permanente. El río de la gracia.

La estatua risueña (Palabras amarillas, 2026) ahonda en esa zona del niño donde todo comenzó. Pero esta vez, una negrura tiñe los versos de los poemas. Hay una pregnancia de lo gótico que recuerda el fairy tale donde la inocencia linda con la perversión. Soldado de plomo encontrado en la barranca, dice el primer verso de “Un juguete” y toca la infancia de lleno. Luego remata al final con la complicidad del poeta: Ya nunca estarás solo, pequeño amigo, / porque estás posado en una biblioteca / custodiando libros de cantos de guerra.

Sin embargo, no se trata solamente de los miles de niños que suelen pulular en los poemas de Garamona, sino también de la disposición infantil a la una punzada lírica. Acá está lo extraño de La estatua risueña: está hecho con descripciones visuales que son objetivas, pero suenan sin que se sepa cómo. Hay una lírica de lo neutro. Hay una descripción de una película, de polígonos de tiro, de hojas, de épocas, de sueños y de las líneas del horizonte. Pero estas descripciones hacen lo que siempre parece excluirse: contar y cantar, a la vez. El ojo y el oído, al mismo tiempo.

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El niño es quien más se parece al artista. Su voluntad de crear es total. En el poema “Todos nuestros sueños”, quizás podamos leer una declaración de principios: Su ambición era crear una obra total / donde estuvieran reflejadas / las pasiones del mundo, / marcado por una naturaleza absurda e infinita. Y podemos ver en este proyecto de arte total la disolución de las dicotomías en un único panteísmo. El ojo suena, la boca mira, el oído toca. La naturaleza es pura invención y engaño. Las palabras son las cosas, el mundo, lo absurdo e infinito.

La gracia tiene que ver con lo leve, incluso con lo infraleve que hace un siglo Maurice Duchamp legó como estado del arte. Eso que Duchamp apenas señaló, referido a las pequeñas partículas que bordean a las cosas y que apenas son percibidas (el calor en una silla al levantarse, el sonido de la tela de los pantalones al caminar), puede muy bien llamarse aura. El aura no sería la aparición de una lejanía por más cercana que esté, sino una disposición especial de las cosas, una inclinación que las conecta con todas las demás.

Por todo esto, los poemas de La estatua risueña reauratizan un mundo al que se le agotaron los apocalipsis y las distopías, y se repite asquerosamente. Una vez más, la gracia es el camino. La risa de la estatua, entrevista, escuchada, dejada en imágenes que suenan al alejarse con la brisa de las tardes: he ahí la tarea del artista.

La estatua risueña

Autor: Francisco Garamona

Género: poesía

Otras obras del autor: Un tesoro local; La cobra rubia; Neón sobre las nubes

Editorial: Palabras amarillas, $ 20.000

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