Hace noventa años, cuando Venezuela apenas comenzaba a comprender la magnitud de la transformación que se abría bajo sus pies Arturo Uslar Pietri escribió el editorial “Sembrar el petróleo”. La frase tuvo una fortuna extraordinaria. Atravesó gobiernos, programas económicos y generaciones enteras hasta convertirse en una referencia casi obligatoria cada vez que el país volvía a preguntarse qué debía hacer con su riqueza. Esa popularidad también tuvo un costo: repetimos tanto la fórmula que, en ocasiones, dejamos de examinar la preocupación que la hizo necesaria. Uslar advertía que un recurso agotable no podía consumirse sin dejar detrás una economía productiva, pero su inquietud iba más lejos. Se preguntaba cómo podía una sociedad administrar una abundancia excepcional sin permitir que ella sustituyera el trabajo, debilitara sus instituciones o terminara organizando toda la vida nacional alrededor del poder encargado de distribuirla.










