Kiwis en Miramar, por qué la costa argentina se está transformando en Nueva Zelanda

Kiwis en Miramar, por qué la costa argentina se está transformando en Nueva Zelanda


Gabriel Galera tiene más de 40 kiwis en el pecho. Los lleva abrazados en una mochila y cuenta entusiasmado que, de lunes a viernes, vive gracias a ellos. A pocos metros de su sonrisa, Hernán, Gabriel y Tomás hacen lo mismo: cosechan a mano este fruto ovalado, cubierto de pelitos diminutos, codiciado hoy en distintos continentes por ser una bomba de vitamina C.

Gabriel y sus compañeros son vecinos de los barrios Boquerón y Aeropuerto, en la Costa Bonaerense. Antes buscaban tareas de recolección en los campos de papas de Otamendi. Ahora están trabajando en una finca en Miramar, ubicada a 20 minutos de la playa, donde -quién lo hubiera pensado hace unos años- crecen kiwis orgánicos que acaban de recibir certificaciones internacionales que los catalogan entre los mejores del mundo.

Geográficamente, Miramar está en una zona (que incluye a Mar del Plata y Balcarce) situada en la misma latitud de Nueva Zelanda, país considerado como el principal exportador de esta fruta. La ubicación, se sabe, favorece las condiciones climáticas para que este producto con nombre de animal crezca, se entrelace en una prolija enredadera y salga al mercado con propiedades nutritivas únicas.

La latitud de Miramar vs Nueva Zelanda

Viva viajó hasta la Costa argentina para entender cómo un fruto más asociado a China (su lugar de origen) y a Nueva Zelanda (adonde fue introducida en 1904) se está abriendo camino en Miramar, una ciudad hasta ahora sólo famosa por sus veranos de clima familiar y playas amplias.

Cuando empecé, no sabía nada sobre este tema. Sólo tenía conocimiento del cultivo de papas en Otamendi. Fue la necesidad de trabajar la que me trajo a los campos de kiwi.

Gabriel BeauchamJefe de campo

“Las primeras plantas de kiwi entraron al país entre fines de los años ‘80 y principios de los ‘90. Se colocaron en algunas plantaciones muy chicas y no tuvieron un gran desarrollo en esa época. En el 2000 hubo otro momento de crecimiento y en esa camada entramos nosotros. Nos sumamos en 2011/2012 y después empezamos a crecer bastante fuerte. Te diría que en esa época se debe haber llegado más o menos a unas 500 o 600 hectáreas. Hoy nuestro país está en el doble, más o menos 1.200.

Pero todavía es poco comparado con la producción de, por ejemplo Chile, donde un solo productor puede llegar a tener 2.500 hectáreas. De todos modos, lo que nosotros tenemos es una gran potencialidad. En este momento, no tenemos techo”, comenta Sebastián Goycoa, uno de los tres hermanos que junto a sus padres es dueño del campo El Abrojito y motor de la cooperativa Ecco Kiwi Argentina, que nuclea a 10 productores de la zona que están posicionando al kiwi orgánico de Miramar como uno de los más destacados del planeta.

En el campo, las estrellas

Un kiwi apoyado en la mesa no da muchas señales sobre cómo es la planta de donde proviene. El contacto directo con una plantación, entonces, tiene su impacto. Como si fueran personas con sus brazos extendidos hacia arriba, aparecen en escena decenas de tronquitos morrudos y alineados. Con sus ramas entrelazadas forman una suerte de techo verde. ¿Un parral?Se ve como un gran parral, con su sistema de riego mimetizado entre las ramitas que buscan a otras para enmarañarse.

El kiwi es una planta enredadera o trepadora que, a medida que crece, va formando pequeños troncos. Originaria de China, su nombre científico es Actinidia deliciosa y es también lo que se conoce como especie dioica, es decir, hay plantas macho y hembra y entre ellas debe mediar un proceso de polinización para obtener frutos.

El Abrojito, un campo en MIramar donde se cosechan, a mano, kiwis que son de consumo interno y exportación. Foto: Diego Izquierdo.

La pregunta es ¿cómo pasó de China a Nueva Zelanda y por qué se llama “kiwi”? La historia oficial cuenta que la maestra neozelandesa Mary Isabel Frazer trabajaba en misiones educativas en la región de Yichang, en China, y quedó fascinada cuando probó este fruto que crecía allí de manera silvestre. Al regresar a su casa, llevó en su equipaje unas semillas y se las entregó a un horticultor vecino, Alexander Allison. En 1910 se obtuvo la primera cosecha y de allí en más fue todo crecimiento, favorecido por el suelo fértil y el clima de la zona.

Por esos años, sólo se la conocía como grosella china, pero a fines de los años ‘50, Nueva Zelanda empezó a exportarla y en el marco de la Guerra Fría no parecía conveniente que tuviera la palabra “china” en su denominación. En 1959, finalmente, una empresa exportadora la bautizó como kiwi, por el parecido físico (color, forma y vellosidades) con el ave nacional de Nueva Zelanda.

Nosotros tenemos una zona establecida que es la Identificación geográfica, aquí en Miramar. Eso es un paso previo a la Denominación de Origen.

Sebastián GoycoaDueño de El Abrojito

Primero, a cosechar

Matizada con los sonidos de los benteveos y pechos amarillos, la jornada en los campos de kiwi miramarenses arranca bien temprano. Una treintena de hombres (no se ve ninguna mujer cosechadora) se reúne alrededor de Alejandro Beaucham, el encargado de coordinar la recolección. Las indicaciones son claras: “Muchachos, hay que tratar a la fruta con delicadeza, y tiene que llegar a los cajones (bins) sin el cabito, por favor no se olviden”.

Los kiwis cosechados se reúnen en bins que pueden contener hasta 280 kilos cada uno. Foto: Diego Izquierdo.

Lo del cabito, que se repite antes, durante y después de la recolección, en esta mañana que hace tiritar, tiene una explicación. El kiwi es cosechado en un momento especial, definido por su concentración de azúcar. Luego es transportado en bins; medido y seleccionado en el sector de empaque; y resguardado en frío (0° grado) hasta que se le da un destino interno o de exportación.

Ese proceso garantiza que la fruta llegue a las mesas de los consumidores con la maduración justa. En cada etapa, la humedad también es controlada y los cabitos -si quedara alguno adherido- pueden rasgar la piel vellosa del fruto y generar humedad. Además, si los cabitos quedan en la planta, funcionan a futuro como señal para organizar el proceso de poda.

Por eso, las manos de cada cosechador llevan guantes y son cuidadosas al momento de arrancar la fruta. En medio de esa labor, un tractorcito diésel va y viene acarreando bins que pueden reunir hasta 280 kilos de producto. Las cajas se van ubicando a la espera de su etiquetado, para resguardar datos vitales: día y hora de cosecha, campo al que pertenece, número de bin.

Los bins con kiwis son trasladados con un tractorcito que los moviliza con sumo cuidado. Foto: Diego Izquierdo.

Una especie de documento de identidad que garantiza que los 10 productores que forman la cooperativa Ecco Kiwi Argentina sepan con certeza el trayecto y destino de sus frutos.

El hijo de Alejandro, Gabriel Beaucham, tiene 38 años y hace 11 que trabaja en El Abrojito. Es quien se puso codo a codo con Laureano Goycoa para hacer las primeras plantaciones de kiwi en medio de la inexperiencia, pero con todo el empuje para que el sueño se hiciera realidad. “No fue fácil. Alrededor de este campo hay casuarinas (árboles) que lo bordean totalmente. Es para impedir que los vientos fuertes malogren la cosecha. Hubo que colocarlas allí. Las primeras plantas de kiwi que pusimos estaban muy juntas y luego de cuatro años (lo que tarda en dar sus primeros frutos), los resultados no fueron muy buenos. Hubo que especializarse y ser perseverante. Yo, cuando empecé, no sabía nada, sólo tenía conocimiento de las plantaciones de papas en Otamendi. Fue la necesidad de trabajar la que me trajo a este campo. Hoy puedo decir que vivo de esto y que sé mucho sobre el tema”, comenta Gabriel.

Laureano, uno de los Goycoa, es el actual presidente de la cooperativa y una de las voces que más pondera la calidad del kiwi argentino. “Es uno de los mejores del mundo”, dice sin vueltas.

Los bins con kiwis cosechados llegan a la planta de procesamiento y empaque de la cooperativa Ecco Kiwi Argentina. Foto: Diego Izquierdo.

Sebastián, uno de sus hermanos, remarca que los comienzos no fueron sencillos: “Mi familia es de un pueblo bonaerense, De la Garma, cerca de Tres Arroyos. Crecimos ahí, familiarizados con el cultivo de cereales, y cuando mi hermano tenía que empezar el secundario nos mudamos a Mar del Plata. Después quisimos volver a las actividades de campo, pero los precios de las hectáreas en esa zona eran inalcanzables para nosotros. Para cereales se necesitan propiedades grandes.

Acumularon certificaciones internacionales de alto estándar, como las Global Gap y Spring

Entonces, pensamos, investigamos y conocimos a alguien que nos habló del kiwi, un fruto para el que no necesitás grandes extensiones. Compramos un campo de 25 hectáreas y así empezamos a trabajar todos juntos. Mi hermano Laureano se recibió de contador; yo estudié Relaciones Públicas; mi mamá es maestra jardinera. Mi padre y Laureano pusieron en marcha el proceso. Pedimos el asesoramiento de unos productores italianos para el desarrollo de los primero lotes y arrancamos.”

Sebastián Goycoa, del campo de kiwis orgánicos El Abrojito. Foto: Diego Izquierdo.

Era el año 2011. Siguiendo el consejo de los asesores europeos pusieron 1.200 plantines en una hectárea, en un espacio en el que pronto las plantas se vieron “amontonadas”. “No nos fue bien en esos primeros intentos. Hoy colocamos 760 por hectárea, tenemos nuestro propio protocolo y así vamos avanzando”, remarca Laureano. Los tropiezos fueron un gran aprendizaje.

Bien ubicados

Después de varios desarrollos, los más recientes con normas propias, el campo de los Goycoa comenzó a dar frutos con los frutos. Lo segundo fue adaptar todo el trabajo post cosecha. Inicialmente, tercerizaban todos los procesos posteriores a la recolección y vieron que se perdía mucha fruta y no se lograba un estándar bueno. Fue allí cuando Laureano tuvo la idea de reunir a otros productores como ellos y conformar, en 2019, la Cooperativa Ecco Kiwi Argentina, para sumar esfuerzos y hacer todos los calibrados (mediciones de las frutas), selecciones, enfriamientos (se colocan en cámaras de frío) y empaquetados en un mismo sector que ahora tiene 1.600 metros cuadrados.

A partir de ese momento, no solo abarataron los costos sino que mejoraron la producción y empezaron a abrir mercados.

Una vez cosechados, los kiwis se seleccionan y reciben un primer etiquetado. Foto: Diego Izquierdo.

“Nuestro kiwi tiene un sabor único y es de exportación. Viaja en cajas duras, tiene que recorrer 30 o 40 días de barco y llegar con su dulzor justo a Países Bajos, Alemania, Italia, Portugal, Inglaterra. En menor medida, también a Brasil, Uruguay y ahora estamos abriendo los Estados Unidos”, señala Sebastián.

El fruto realmente tiene un sabor especial. “La gente está acostumbrada a un gusto muy ácido, como el del limón. Nuestro kiwi orgánico, con el dulzor ideal, es otra cosa”, refuerza el menor de los Goycoa, quien se encarga de las relaciones públicas de la cooperativa y suele viajar a ferias internacionales del producto para promocionar el suyo, reunir información y ver la posibilidad de abrir nuevos mercados en otros continentes.

Después de tanto esfuerzo y cumplir requisitos con Senasa, Inta, Conicet, y diferentes jurados, el kiwi de Miramar logró una certificación de Identificación geográfica.

“Es una certificación zonal y es el paso previo a una Denominación de Origen. Te digo un ejemplo internacional y otro local de esa nomenclatura. El roquefort es solo roquefort de un pueblo de Francia. De todos los demás lugares, es queso azul. Ocurre lo mismo con el salame de Tandil. Tiene una denominación de origen y no puede aparecer otro producto con ese nombre si no es de esa zona ubicada. Con el kiwi pasa lo mismo. Nosotros tenemos una zona establecida que es la Identificación Geográfica, paso previo a la Denominación de Origen”, explica Sebastián. Ese es el próximo objetivo.

Mientras tanto, siguen acumulando otras certificaciones internacionales de alto estándar, como las Global Gap y Spring, que reconocen a proyectos sustentables y que hacen un buen uso del agua en agricultura. También poseen el sello Marca País, de calidad argentina. Eso los distingue en el marco de las cooperativas nacionales. Su kiwi y sus procesos de cultivo continúan acumulando elogios que se traducen en nuevos sellos.

En la planta de selección y empaque, Roque (jefe de Operaciones) y Soraya (encargada de Empaque) verfican que todo siga su curso para cuidar los estándares conseguidos. Allí, los racks se apilan con fruta miramarense. Por ahora marcados con destino local, de Europa y Estados Unidos.

Fin de la jornada en el campo con kiwis. Una treintena de cosechadores se va a descansar. Foto: Diego Izquierdo.

“Argentina consume unos 500 gramos per cápita por año. En España, por ejemplo, 3,5 kilos. Aquí debería consumirse más. Sé que la gente piensa que acá el precio es alto pero está a nivel internacional. Todo el proceso del kiwi es artesanal. En el campo, hoy, tenemos 32 personas consechándolos a mano y luego vendrá el proceso de atado y poda, que también es artesanal. Todo eso tiene un costo, que esperamos que con el tiempo, al haber más consumo y nuevos mercados, permita que el precio no parezca tan alto”, dice Sebastián.

Sobre la potencialidad, Goycoa es tajante: “Las condiciones climáticas que se dan en el paralelo que une a Argentina, Sudáfrica. Nueva Zelanda y Chile son ideales. Chile y Nueva Zelanda no van a crecer mucho más por una cuestión de espacio. Sudáfrica tiene pocas horas frío y el kiwi precisa muchas horas frío. El lugar que queda para crecer, mucho, es Argentina”.

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