Mundos íntimos. Me mudé a Nueva York y descubrí que la espontaneidad es un lujo que extraño; añoro una charla sin motivo.

Mundos íntimos. Me mudé a Nueva York y descubrí que la espontaneidad es un lujo que extraño; añoro una charla sin motivo.


Hace cuatro años me mudé a Estados Unidos, hace dos a Nueva York. El barrio en el que vivimos, en Harlem, al norte de Manhattan, es un barrio de edificaciones de no más de cuatro pisos. En primavera, los árboles sobresalen, frondosos, entre el cielo y las brownstones color terracota.

Desde mi departamento, en un cuarto piso, vemos limpia la torre del YMCA. De estilo palazzo italiano, la fachada de ladrillos me recuerda a la Usina del Arte en La Boca, donde di mis primeros pasos como diseñadora gráfica.

Lo que más me gusta de esta torre no es solo su historia (epicentro del Harlem Renaissance, cobijo de figuras históricas como Malcolm X o Langston Hughes) sino las letras de la sigla en neón rojo sobre ella. Su cara norte, la que veo desde el living, tiene una sola letra, una y-griega, en inglés, que interpela. Todas las noches, las letras de neón se encienden y desde mi living se puede ver la “Y” como una pregunta que brilla filosa en el horizonte.

¿Por qué? ¿Por qué acá? Me pregunta, redundante, la torre del YMCA como si no fuese una pregunta que está presente en todos lados a cada momento.

Macarena Fernández Sánchez, niña, junto a su hermano. Hace poco cenaron juntos en Buenos Aires y ella sintió que en el ambiente se respiraba un atractivo “no sé qué desordenado”

En un perfil que escribió Leila Guerriero sobre la vida de Marcial Berro, el joyero argentino que vivió treinta años en París, Leila le pregunta por qué volvió a vivir a Argentina. Marcial le respondió ‘Uno puede vivir bien, trabajar, funcionar, razonar, reírse, llorar, pero siempre está esa música. Ese llamado’.

Yo, a la pregunta de por qué acá, esa pregunta tácita, respondo ‘Porque mi profesión me trajo hasta acá’. El motivo es, digo en voz alta, ‘meramente profesional’. Modulo perfectamente cada una de las sílabas e inmediatamente después hago una pausa larga que indica un punto final y una definición. Las pronuncio con la llaneza de una actriz que absorbió el libreto y con el ímpetu que se precisa para caracterizar un personaje nuevo.

La vista desde la ventana de Macarena Fernández Sánchez en Nueva York: la torre del YMCA le recuerda a la Usina del Arte en La Boca.

El punto final después de pronunciar esa respuesta es fundamental, una ya sabe que ahondar en esa definición es vertiginoso. Cuestionar el soporte que sostiene el desarraigo es peligroso: cuando esa estructura se desarma, la caída es inminente, aturde y deja eco.

Como punto de aproximación a la pregunta pienso en mis amigas de Argentina que migraron, me pregunto cómo lo llevarán. Pienso en mis amigas argentinas acá, con las que tenemos un pacto tácito de hablar del tema superficialmente, pasar por lugares comunes y dar por concluida la conversación intempestivamente. Distraídas por el trabajo. Meramente profesionales.

En el medio, hay tantas cosas que extraño. Extraño la frescura de una charla que no persigue ningún fin y la claridad que deviene de ese intercambio espiralado. Extraño el plan de un día para el otro. Acá, cada encuentro se agenda con semanas de anticipación; allá, la vida sucede por desborde, por la simple urgencia de encontrarse. Extraño decir urgencia al lado de encontrarse y que tenga sentido. Extraño el código tácito compartido, el script invisible que ordena nuestras vidas porteñas del modo más desordenado. Acá, lo profesional parece reglar también la vida cotidiana, con un sin fin de meetings y catch-ups. Allá, la temporalidad de lo cotidiano tiene un lógica propia, indómita.

Lo cierto es que esta ciudad que habito hace lo suyo. Una es solo una cómplice. Transitar el paisaje urbano requiere de, justamente, no ahondar en ciertas preguntas. La ciudad es esquiva y nosotros, que la habitamos, transitamos sobre plataformas que yacen robustas flotando por encima de cualquier forma de pasado.

Quizás nada resuma mejor ese vacío que las miradas en un vagón de subte, donde el contacto visual es casi un anatema implícitamente asumido como código de conducta en común. La mirada en el teléfono, el libro, el techo, el piso. Pero jamás en otra persona, como si todos aspirásemos a apagarnos durante el trayecto.

Uno va encontrando estrategias que te ayudan a esquivar preguntas que ponen en jaque tus decisiones. Uno va ganando expertise. Pero el tiempo, mientras uno está sentado debajo del agua, pasa y se acumula en algún lugar, y eso es una variable difícil de conjugar. Por más expertise que tenga uno en el arte de esquivar, la pregunta acecha.

Hoy a la tarde, por ejemplo, estaba buscando en mi celular el disco que escuchamos con Marto, mi hermano, en su auto el enero pasado; yo estaba en Buenos Aires de visita y me había pasado a buscar por lo de mamá para ir a cenar juntos a una casa de empanadas que había abierto hace unos meses atrás y a la que nunca había ido.

Cuando me subí, sonaba este disco cuyo nombre ya no recuerdo. El cielo estaba despejado y la luna se veía limpia, menguante. Cuando me subí al auto, empecé a hablar con la actitud espontánea y habitual de una frecuencia fingida, como si subirme al auto de mi hermano para ir a cenar un jueves a la noche fuese algo que hiciera todos los meses. El auto agarró Las Heras con dirección a Plaza Italia. Hablamos de lo lindo que es Buenos Aires. La comparamos con otras ciudades que conocimos, solamente para coincidir en que nuestra ciudad no tenía nada que envidiarle a otras.

Llegamos, mi hermano saludo a los mozos y pedimos lo que pide él. Conversamos de cosas sin mucha importancia y empezamos a comer nuestras empanadas. Cuando se liberó una mesa afuera, mi hermano le anunció al mesero que nos cambiaríamos de lugar, con la confianza de quien es habitué.

Después de terminar de comer, Marto se armó un cigarrillo; yo me quedé en silencio ocupando ese optimismo tranquilo y cálido de noche de verano en mi ciudad, mientras escuchaba la conversación entre dos chicos en la mesa de al lado. Uno de los dos, pensé, se parece a un militante del Partido Obrero de mi colegio secundario. Por un momento me olvidé que tengo mi casa en otro país y que trabajo en otro idioma.

Ese contraste se volvió parte constitutiva de lo que soy. Alguna vez alguien me dijo que la cesura que abre migrar no se cierra jamás, ni con un eventual retorno. La bifurcación de la vida hacia dos espacios distintos implica inexorablemente la invitación al contrafáctico y si. Volver también dibujaría la pregunta de qué hubiera pasado de no hacerlo. La vida siempre atraviesa esas disyuntivas pero haber migrado le da un tenor de realidad especial.

Marto prende el cigarrillo y empieza a contarme, entusiasmado, sus planes para el futuro. Lo escucho disimulando mi sorpresa mientras dibuja líneas en el aire como hojas de ruta. Asiento, cómplice, a cada línea y hago preguntas de hermana mayor.

A sus respuestas reflexiono “tiene sentido, sí, qué excelente”.

Volviendo, atravesamos la ciudad encendida por Avenida Corrientes escuchando el disco en cuestión. Nos agarró el semáforo de Corrientes y 9 de Julio. En la esquina nos llamó la atención un grupo de personas alrededor de un telescopio astronómico. Un señor en bermudas y sandalias, se agachó para mirar por el visor, mientras dos niños y otro señor sujetando un bastón esperaban su turno. La música que no recuerdo su nombre musicalizaba perfectamente la escena.

Saqué el celular para filmar esa escena pero el semáforo se puso en verde, mi hermano avanzó. Llegué a enfocar tan solo unos segundos el cartel pegado al telescopio “Hoy, Júpiter a voluntad”. La imagen pasó rápidamente de nítida a barrerse producto de la velocidad del auto que seguía su rumbo.

Bajamos con mi hermano por la 9 de Julio en dirección a Libertador, las ventanas bajas, la avenida despejada y la noche aún más amplia. Mi celular sigue filmando, la avenida, vacía, el perfil de mi hermano delineado por la luz dorada del metrobús, la música de fondo que estábamos escuchando en ese momento, que me recuerda al alivio que sentí esa noche, de ir a cenar juntos, de que me compartiera sus planes y de sentirme cerca suyo.

Hoy a la tarde, cuando buscaba ese disco entre mis playlist y álbumes guardados, sin suerte, decidí ir a las playlist de mi hermano en Spotify. Sé que es un aficionado de la música y que siempre está armando listas. Me encuentro, primero, como es de esperar en cualquier motor de búsqueda, con las últimas playlist: 8jun26, 28may26, 25may26, 21may26, 15abr26 y así. Cada playlist son, adivino, canciones que escuchó cada día. Esto es una suerte de diario de canciones. Sabía que lo hacía. Sigo scrolleando y los días pasan, y no llego a enero, porque, claro, eso que es el tiempo, eso que decido no mensurar como si estuviese sentada bajo el agua, son horas, días, semanas y meses; y estaban ahí en forma de playlist, con sus títulos, sus portadas con tapas de discos disímiles, con sus canciones. Eran la prueba material de los días que no estuve allá, cerca de mi hermano, corporizados en canciones.

Entonces, la expertise adquirida en esta ciudad para olvidar el contraste alcanzó sus límites. Entendí, finalmente, a qué se refería Marcial Berro cuando hablaba de ‘esa música, ese llamado’. El llamado no es una nostalgia abstracta; es la contabilidad exacta de los días que uno no está allá, la certeza de que dos vidas no pueden ser vividas en paralelo.

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