«Viví como una trans, transgrediéndome todo el tiempo»

«Viví como una trans, transgrediéndome todo el tiempo»


Tapones para los oídos, porque en la mesa de adelante hacen mucho ruido. Té de hibiscus, ese delicioso que preparan en este lugar. Y un brownie de chocolate -“no demasiado dulce”, aclara- y del que comerá apenas un cuarto.

Moria Casán sabe lo que quiere. Algunos dirán que es egocéntrica. Sus aros parecen confirmarlo: “¿Quién sos?” dicen las letras doradas que cuelgan de sus orejas. Sin embargo, Moria también es empática y solidaria. Un monumento nacional -mitad diosa y mitad leona-, que materializa la identidad argentina.

A punto de cumplir sus primeros ochenta años, trabaja de miércoles a domingo en Cuestión de género, la obra que protagoniza junto con Jorge Marrale en el teatro Metropolitan. Pero eso no es todo.

En el restaurante de un hotel sobre la avenida Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires, repasa su vida y su obra -que son casi lo mismo- como parte de la presentación de Moria, una serie biográfica de ocho episodios que Netflix estrena el próximo 14 de agosto y que protagoniza junto con su hija Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth.

-Ochenta años y seguís llevándote el mundo por delante. ¿Hay otra persona más leonina que vos?

-Ya falta poco para que los cumpla. El dieciséis, el mismo día que Napoleón Bonaparte. Leo es el signo de la pasión, el fuego, la lealtad. Es paladín de la justicia, pero también pertenece a la selva. Y es el signo que va con mi ADN. No me imagino de otra manera: luchadora, aguerrida, transgresora desde niña. Me he transgredido a mí misma todo el tiempo. Viví como una trans, sin serlo.

-¿En qué momento empezás a vivir de esa manera?

-Yo iba a pasar todos los veranos al campo de mis abuelos en Coronel Granada. Íbamos en tren. Ahí yo tenía como diez primos. Andábamos en sulky, nadábamos en un tanque australiano, ordeñábamos la vaca para tomar la leche. Era una mesa inmensa y tomábamos la leche de un tazón, y teníamos manteca casera. Pero no la pasaba bien.

Había algo que me carcomía y era que mi madre le hacía las trenzas a una de mis primas, más chica que yo. Entonces cuando me llamaban para desayunar, yo no iba, no quería estar, no quería compartir nada. Hasta que un día, me levanto temprano, cuatro y media de la mañana, que empezaba a clarear, y fui a la hamaca que había en el medio del campo. Y mientras me hamacaba me prometí a mí misma que cuando mi mamá se levantara ya no iba a sentir celos.

Su hija Sofía Gala Castiglione interpreta a la primera Moria en la serie. Foto: archivo Clarín

-Me debo haber hamacado cuatro horas pensando eso. Si yo no le hago daño a nadie, no puedo tener porosidad para permitir que algo me haga daño. ¿Por qué hay algo que me lastima si yo no hice nada para que lastime? ¿Cómo me lo saco? ¿Cómo dejo de habitarlo? Por supuesto, sin estas palabras, porque a esa edad no lo tenía tan claro.

Me acuerdo perfecto de ese día, porque cuando mi mamá se levantó, y me hizo una seña para que fuera a desayunar con ellos, le hice con la mano que sí y mi mamá la miró a mi prima como no pudiéndolo creer. Ese día, fui. Desayuné con todos. Me sentí tan aliviada que empecé a disfrutar.

-En tu biografía decís que eso de hamacarte mientras pensabas fue “una actitud masturbatoria”.

-Me lo dijo un psicólogo una vez. No mío, porque yo nunca hice terapia. Según él, dejé mi ira atrás con un goce que anticipaba el siguiente goce. Ahí empiezo a sentir que nada tiene que perturbar mi construcción. Soy yo y yo y yo y yo. No sabía bien lo que quería, pero sabía bien lo que no quería. Lo que me hacía daño, lo sacaba. Solté, siendo tan chiquita, sin saberlo.

-¿Fue también el momento en que nació Moria?

-Moria nace cuando empieza a construirse con lo que yo llamo “niña hornero”. Mi madre me pintaba el cuerpo con barro, me ponía mi bombachita, el pechito al aire y una capota blanca con un moñito blanco. En mi casa las mujeres eran muy bellas y muy cuidadas.

Como eran de familia con dinero, no trabajan nunca, tenían maestros particulares y se dedicaban mucho a ellas. La piel era un baluarte. Cuanto más blanca, mejor. Porque la piel curtida estaba relacionada con las clases bajas. Mi abuela usaba sombrilla y guantes en verano para que el sol no la tocara. Así que mi mamá me cuidaba mucho la piel.

En mi familia, la piel era un baluarte. Cuanto más blanca, mejor. Porque la piel curtida estaba relacionada con las clases bajas.

La joven Moria Casán que debutaba en el teatro Astros en 1973. Foto: archivo Clarín

Me pintaba con barro la cara y el cuerpo y me dejaba al sol un rato para que se secara. Y cuando se secaba, venía con una toalla con agua tibia y me sacaba el barro. Después me ponía leche de almendras.

Yo cuando estaba ahí con el barro no quería ni mirar para el costado, porque tenía miedo de que si me movía el barro se iba a romper. Era mi casita. Era mi escudo. Ahí empecé a recitar mantras, como “Yo misma soy mi escudo”. Esto es lo mío. No me doy vuelta para un lado ni para el otro. No miro para el costado.

-El gen de tu famoso “¿Quiénes son?”

-Yo no quería ni moverme para que nada se rompiera. Es muy metafísico. Estoy pensando en protegerme mirando para adelante. Periferia no hay. Ese es el mantra que establecí de chica y ahí es cuando se empieza a construir mi personalidad.

-Tu personalidad y también tu personaje.

-Empiezo a habitar otra Moria el día que bajo las escaleras de la facultad y a la hora estoy debutando en el Teatro Nacional.

-¿Es real eso? Lo leí en tu libro, lo vi en la proyección para la prensa de tu serie, pero me pareció increíble.

-Me asombra a mí misma, pero fue así. Te lo puede decir la gente que todavía está viva. Salí de la facultad para ir a una reunión con Carlos Petit, el gran productor del teatro de revista. Cuando llegué, me dijo: “Señorita, llega tarde. Vaya a cambiarse”.

Yo no tenía nada. Una chica me dio una malla azul, me marcaron unos pasos: la caminata de Chaplin, un paso de Charleston y una pasarela. Como yo era profesora de baile, para mí era una huevada. Lo hago, me manda a probar la ropa con su esposa, que era la jefa de vestuario: una bikini y arriba de eso el traje de Chaplin. Así empecé. Haciendo de un hombre mudo.

Moria y Antonio Gasalla, en tiempos de "Gasalla y Corrientes". Foto: archivo Clarín

-Lo trans ya desde el origen.

-Metafísico. Cuántico. Física cuántica. Lo que podría haber empezado con un vestido sexy, empezó con traje, chaleco, bombín, bastón y bigotes. Después quedé en bikini, con tacos altos y plumas. Y bajé la escalera del escenario. A las ocho menos cuarto subí a que me probaran la ropa. A las nueve se levantó el telón. Esa fue la gran bisagra de mi vida.

La gran bestia trans

Toma un trago de su té de hibiscus, mastica un pedazo de brownie, le pregunta a su asistente si ya es la hora de salir para el teatro. Sigue con la entrevista cuando le pido unos minutos más.

“Así que Moria ya nació mostra, digo para seguir la charla. Pienso en que encarna al gran falo argentino, pero también a esas tetas de las que se cuelga el país. “El obelisco con tetas”, tal como suele describirse. Una vedette trans-nacional de lengua karateca, dueña de frases maradonianas.

“Y debuté con un personaje que venía del cine mudo -dice-, con ese bigote hitleriano. Cuando era chica, Chaplin era uno de los pocos que me daban miedo. Me gustaban el Gordo y El Flaco, Buster Keaton. Con mis padres veíamos veinte películas mensuales: las tres del barrio los días martes, una el viernes y una el sábado. Cinco por semana, veinte por mes”, recuerda y apoya la taza sobre la mesa.

-¿Imaginabas que ibas a llegar a ser actriz de cine?

-Jamás. Lo que me imaginaba era otra cosa. Bailaba frente al espejo. Quería aprender danza, pero mi padre no quería. Aunque él era músico y me enseñaba piano, no quería para nada que aprendiera danzas. Pero mi mamá sí quería y me había comprado todo el equipo: la falda, los cinturones, el tutú, las zapatillas de media punta. Me llevaba con mi tía Catalina a escondidas a un baile infantil en el club Unión Argentina de Ciudadela.

Como íbamos seguido al Colón, yo copiaba los pasos. Hacía lo que veía, por ejemplo El lago de los cisnes. Eran unos pasos nada más, pero tenía organicidad para el baile. Y siempre me llevaba un disco, Danubio Azul, para bailar. Un día, ese disco se rompió. Llegué al club y le pido a una amiga si me podía prestar el suyo. Yo nunca lo había escuchado, pero igual me arriesgué.

Griselda Siciliani es la Moria televisiva, la de la frase “Si querés llorar, llorá”. Foto: archivo Clarín

-Siempre doblando la apuesta.

Yo quería el riesgo total. Unlimited. Le digo: “¿No me prestás tus zapatillas de punta?”. “Sí”, me dice la madre, “¿pero vos estudiás danza?”. “No.” “Mirá que te vas a caer, no es fácil, no es igual que la media punta.” Y yo dije: “Yo voy a bailar en punta”. Cuando mi mamá y mi tía lo supieron, se fueron a la confitería del club para no verme caer.

Salí con un disco que no conocía, en una posición que nunca había hecho, parada sobre la punta de los dedos de los pies. Y fue como si levitara. Nunca se me ocurrió que me iba a caer. Estaba convencida. Como no sabía el final de la música, cada tanto daba una vuelta y saludaba. Ahí también nació Moria.

-De los muchos personajes que pasaron por tu cama en A la cama con Moria, en la serie decidiste mostrar a uno: Batato Barea. ¿Por qué?

-Era un día feriado. Yo grababa el programa a la tarde y a la noche iba a las funciones de Brujas. Había un político de invitado para la cama y Batato para el living. Llego, lo veo en un rincón, lo voy a saludar y me dice que había venido especialmente desde Uruguay para la nota. Y cuando lo saludé, me di cuenta de que ardía de fiebre.

Casi me muero. ¡Me dio una ternura! Pobrecito. Yo sabía que estaba enfermo. Estaba hecho mierda y me venía a ver a mí. Tenía tanto amor en la mirada. La llamé a la productora y le dije que íbamos a cambiar, que al político lo mandábamos al living y Batato venía a la cama. Hicimos un programa hermoso (N.del R: está en YouTube). Al poco tiempo se murió.

-Parece una decisión política elegir a Batato y no a otro.

-Obvio. Yo siempre estuve del lado de la marginalidad. Yo dije: no puede ser que este ser hermoso me mire con ese amor. No era una mirada cholula que venía para la tele. Era una mirada de amor. Estaba tan contento de estar ahí. Me sentí muy agradecida.

Con Jean François Casanova en un espectáculo que hacían en Michelangelo, en los ‘80. Foto: archivo Clarín

-Con el tiempo te convertiste en ícono de la comunidad lgbtiq+.

-Yo era como su mamá. A los bailarines del Maipo los agarraba la policía y los cagaban a palazos. Después iba a la comisaría a sacarlos. No podía creer. Es que me sentía igual a ellos. Cuando sos una diferente mental, en sensibilidad, te sentís parte. Yo no fui rechazada en mi casa, como les pasa a esos chicos que son expulsados de su hogar, que tiene que ser tu techo y tu amor, porque pensás distinto o te gustan cosas distintas.

Así hay muchos que se liquidan. Tengo un tío que se suicidó por ser gay. Era hermano de mi papá. En ese tiempo no podía mostrarse como era. Dejó una carta donde decía: “No quiero que nadie se sienta culpable, no tengo un problema de salud ni económico. Me voy porque no me interesa la vida”. Y no le interesaba la vida porque nunca pudo ser él. Y eso es sagrado: poder ser quien uno es.

-¿Ese es el motivo por el cual se te ve tan vital siempre? ¿Porque sos quien querés ser?

Nunca negocié mi libertad. Siempre fui yo con mi vida hermosa y con mi energía. Sentí que venía a habitar energía, vida, glam. Debuté en un medio hermoso como es la revista, tan difícil, que tan poca gente puede hacer. La mayoría no puede trascender la belleza, la juventud y el físico. Tenés que tener un ángel desmesurado, además de ser mona.

Yo sabía bailar y sabía actuar, pero una vez le pregunté a Petit por qué me dio un número musical apenas llegué. Y me dijo: “Porque todo el mundo me pregunta quién es esa morocha que está al lado de Pepe Marrone”.

-Y no deben haber sido solo hombres los que preguntaban.

-El día que debuté, llamó a Ana María Campoy y a Iris Marga para que me vinieran a ver. Después la Campoy me dijo que le habían dicho a Petit: “Esta chica es diferente”.

Película "A los cirujanos se les va la mano", con Alberto Olmedo, Susana Giménez y Jorge Porcel. Foto: archivo Clarín

-Tenés una autoestima muy alta, un ego avasallante, y sin embargo lograste ser querida por todos.

-Y al mismo tiempo, nunca dejaste de ser una vedette.

-¡Obvio! Hay en mí una presencia. Tengo curvas. Las quiero mostrar. En Cuestión de género hago dos cambios de ropa en quince segundos. Eso me lo da el oficio de vedette. Y ando con un taco y una plataforma para bajar una escalera. Ochenta años, m-i a-m-o-rrr (golpea la mesa).

Bajo la escalera con un vestido ajustado, porque necesito mostrar mis curvas. No importa si tengo un rollo de más o un rollo de menos. No me importa. Yo soy curvy. Soy una mujer barroca. Esa identidad me pertenece y la habito de manera genuina, sin pose, sin fórceps.

No importa si tengo un rollo de más o un rollo de menos. No me importa. Yo soy curvy. Soy una mujer barroca.

-¿Te gusta seguir calentando a los hombres?

No sé si caliento. Pienso que intimido, que hay un temor reverencial conmigo. Nunca nadie me faltó el respeto. Nunca jamás. Aunque te parezca mentira. Por supuesto que desde chica me dijeron cosas en la calle y sentí la mirada del hombre, pero no soy calienta bragueta. Me parece de cuarta bebotear a un chabón, sea casado o soltero.

Todos me decían que yo era una belleza, pero yo no era engreída con eso. Ahora que me veo pienso: ¡Dios mío!, ¡qué hija de puta!, ¡esa cara, ese cuerpo!, ¿cómo no me di cuenta de que lo tenía? Pero me parece muy vulgar y bajo que una mina quiera calentar, ostentar demasiado y aprovecharse de eso para conseguir cosas en la vida.

Cecilia Roth como la última Moria, que no deja atrás la estelaridad de la revista. Foto: archivo Clarín

-¿Nunca hiciste eso? ¿No tuviste un sugar daddy?

-Jamás. Tuve sugar, divino, pero no me lo buscaba para que me condicione mi vida. Por más millonario que fuera el tipo, la plata siempre me la gané yo.

-Pero sí tuviste sexo por plata.

-Eso sí. Y creo que buscaba cobrarme del abuso infantil que padecí. Nunca lo analicé, pero me doy cuenta que lo que sentía era que de alguna manera me lo tenía que cobrar. Pero eso nunca me hizo tomar odio con la persona que me lo hizo, que fue mi abuelo. Fue el primer hombre que conocí, aunque no llegó a haber penetración.

Too much. Nunca permití que eso me condicione. No me hizo odiar a los hombres ni odiar a las mujeres. Pero sí un día estaba estudiando, y se me ocurrió salir a la calle y levantarme a un tipo con plata para cobrarle. Por eso debo haber exorcizado algunas cosas: porque me lo cobré.

-¿Y qué sentías cuando te pagaban por sexo?

-Salía con gente que no me gustaba, porque así podía soportarlo.

Cuando me pagaban por sexo, salía con gente que no me gustaba, porque así podía soportarlo.

-Fuiste una de las primeras mujeres en hablar en público sobre orgasmo y masturbación femenina.

-Como nunca hice análisis, naturalicé todo con la prensa. Nunca pensé en las cosas que decía, ni tampoco provocaba tanto. Provoco más ahora. En el momento en que yo lo decía, lo anotaban y listo. El periodismo fue mi sillón de análisis. Ustedes fueron mis analistas.

Con su forma de maquillarse y el pelo de Cleopatra, Casán es un ícono facial. Foto: Machado-Cicala

-Ya que estamos en sesión de análisis, parecés fuerte, pero ¿hay algo que te provoque fragilidad?

Soy extremadamente sensible, pero me acostumbré a la pirámide de vaselina y que me resbale casi todo. Estoy en una posición tan expuesta que no puedo depender de la opinión ajena. Tanto a los likes como al hate.

Para eso trabajé mucho desde el interior, desde esa niña-hornero, desde mi construcción, desde mi sensibilidad, mi cine, mi teatro, mis lecturas, mi armatoste cultural, que viví desde chica. Aprendí a construirme para que no me hiciera daño el exterior. Porque si no, con todo lo que me ha pasado, estaría muerta o loca. Pero yo no soy una sobreviviente. Para nada. Yo domino todo.

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