Los secretos de la colección Blaquier, que por años han sido de los mejor guardados del coleccionismo y el mundillo social argentinos, se empiezan a develar a partir de que los hijos de Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta de Blaquier deciden llevar a subasta un conjunto todavía no catalogado de obras heredadas tras la muerte de sus padres que incluye pinturas de Van Gogh, Degas, Gauguin y Monet por citar a algunas de las estrellas fulgurantes del mercado de impresionistas que forman parte de la transacción cerrada en estos días por los herederos con a firma Sotheby´s.
Dueño además de uno de los conjuntos más impresionantes de platería colonial y francesa del siglo XVIII, Carlos Pedro Balquier llegó a tener en su colección el servicio de platería que Catalina la Grande de Rusia le había regalado a su favorito el conde Orloff, y pasó luego por las manos de Simón Patiño, el rey del estaño boliviano, en su momento considerado uno de los hombres más ricos del planeta.
La colección de Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta incluye, además de maestros del impresionismo, arte argentino del siglo XIX y XX, bronces europeos del Renacimiento y una colección de arte precolombino que se dividió tras la separación de ambos.
Las piezas se repartieron entre la casa de uno y otro, y la estancia La Biznaga en Roque Pérez, provincia de Buenos Aires. Allí se guardaban con especial celo alguno de los tesoros que Nelly Arrieta solía mostrar a importantes coleccionistas internacionales y figuras tan relevantes como Glenn Lowry, el director del MoMA hasta 2025, en sus visitas a Buenos Aires. Ese aura de poderosos estancieros argentinos, dueños de piezas particularmente apreciadas por los nuevos ricos del mundo global es lo que seguramente potenciará el valor del conjunto que sale ahora a la venta.
El interrogante aún no despejado es qué ocurrirá con las incomparables piezas de arte argentino que llegó a adquirir Carlos Pedro Blaquier, entre las que se cuenta uno de los más extraordinarios conjuntos de Alfredo Guttero, El quinteto, la gran obra de Emilio Petorutti de 1927 que Blaquier adquirió en Sotheby´s en 1980, el original muro Madí y obras fundamentales de Prilidiano Pueyrredón como la inquietante escena de La siesta. El desnudo más audaz de los dos conocidos que pintó el artista es quizás otro de los secretos que la colección se ha empeñado en guardar ya que prácticamente no se ha mostrado públicamente. Ni siquiera para la exposición retrospectiva en homenaje al artista que el Museo Nacional de Bellas Artes organizó en 2023, la familia, que integra activamente la Asociación de Amigos del MNBA, evaluó la importancia de facilitarla para integrarse al conjunto, siendo una obra central de la producción de Pueyrredón.
Se trata de un dato de interés que de alguna manera define el comportamiento hermético que rigió la relación de la familia con un patrimonio de tal dimensión cultural para el país. Podría decirse que, a pesar del importante rol benefactor que Nelly Arrieta desempeñó por años como presidente de la Asociación de Amigos, la actitud restrictiva que la familia tuvo con relación a la circulación de las piezas de la colección, se mantuvo invariable.
En ese sentido, contrasta fuertemente con el giro que le imprimieron a sus colecciones privadas otras figuras del coleccionismo local tras la senda que abrió Eduardo Costantini a comienzos del siglo XXI.
Resta saber también cómo se resolverán las cuestiones legales de la venta en el extranjero, luego de la multa de 7350 millones de pesos que los Blaquier debieron pagar por haber exportado en forma temporaria una serie de pinturas de Degas, otra de Renoir y otra de Paul Gauguin que debían retornar al país y no regresaron. La dirección de Aduana detectó la irregularidad de ese lote que salió a Luxemburgo y nunca más volvió. Partes de un rompecabezas que todavía está en construcción.










