el adiós a papá Jorge que hizo llorar al mundo

el adiós a papá Jorge que hizo llorar al mundo

Lionel Messi, el héroe global que conmueve multitudes en todo el mundo, el Prometeo de los milagros en las canchas y fuera de ellas, el ser mitológico que con una pelota en los pies les robó el fuego a los dioses para encender los estadios y el amor de la gente, comprendió, o trata de comprender en medio de uno de los infortunios más ingratos de la vida, que con la muerte de papá Messi ha perdido una parte de sí mismo.

Y se lo ha comunicado al mundo con un réquiem público, testimonio y clamor en homenaje al guerrero que no desfalleció hasta ver sano y feliz a aquel pibito que, pese a crecer poco y nada, igual mareaba rivales mayores que él y tejía asombros en los alrededores de esa vivienda laburante del 525 de la calle Estado de Israel, en un barrio de la periferia de Rosario, entre cuyas paredes una familia común repetía los rituales cotidianos de la buena gente. Trabajo, respeto, dignidad laburante. Principios que irían criando a la prole con valores de hierro en esa casa, en la que no faltaría un plato de sopa humeante en inviernos difíciles. No era magia, era el tesón de ese empleado de Acindar llamado Jorge Messi que acercaba el pan a la mesa familiar luego de jornadas maratónicas que arrancaban a las 4 de la mañana y lo devolvían al calor de hogar pasadas las 21,

Además del laburo, en esa casa se acunaban los sueños futboleros de ese hombre y de ese pibe, quien sólo quería jugar a la pelota y sentía que con papá Jorge, mamá Celia Cuccittini y la abuela Celia Olivera a su lado, todo sería posible: el menor de los tres varones Messi no tendría que peregrinar con casco y mameluco por las plantas industriales para ganarse el mango con el bíblico sudor de la frente.

Con su turbado adiós, Messi hijo nos hizo saber que le han amputado uno de los fragmentos más importantes de la vida, el que no se olvida ni se vuelve a vivir. El tiempo de juegos y andanzas en los potreros, las canchitas y los clubes de barrio. El juego bautismal con la pelota, primera novia de todo pibe, sobre todo en genios como él. Leo tomó nota de que acaba de perder la infancia que ese hombre, a quien hoy llora a moco tendido, le ayudaría a construir, con todo lo que fuese necesario: consultas médicas desesperadas, imploraciones de compasiva ayuda a sus empleadores, promesas de dobles o triples horas de trabajo para financiar la solución a ese calvario, empeñado como estaba en que alguien comprendiera que la estatura no sería, de ninguna manera, un obstáculo para que un día, por fin, el genio rompiera la lámpara y encandilara al mundo.

Bajar los brazos no estaba en el menú que el destino le había puesto delante a papá Messi, por eso haría lo que nadie hubiese pensado, como fue poner la primera semilla del milagro, manuscrita en una servilleta en una cafetería del club Barcelona, el contrato fundante de ese pibe con quien había puesto un pleno en la ruleta de la vida y los sueños

¿Cómo no iba a despedirse Leo de la manera en que lo hizo? Le dijo adiós a papá Jorge en un idioma que todos entendemos y hemos sufrido o sufriremos algún día: “Pá, no sé qué hacer ni cómo seguir”. Nadie puede frenar la vida ni la muerte, su socia embustera. Hay un momento en los derroteros humanos en los que quienes nos llevaban de la mano en el camino de los sueños, como Jorge a Lionel, dejan de hacerlo y son los Lionel, y los millones de Lionel, quienes llevan a los Jorge, y los millones de Jorge, a la tierra del descanso final. Al reino del “nunca jamás”, donde siempre habrá un picado por jugar, un Mundial para recordar, un consejo que escuchar, un abrazo que dar, un te quiero que decir.

Lo que Messi, con el dolor demasiado fresco, aún no sabe es que papá Jorge siempre estará en una tribuna, en un vestuario, en un estadio estallado de multitudes o en el jardín de la casa familiar para abrazarlo fuerte y decirle: “¿Viste Leo, que vos podías, viste que lo hiciste?” Y entonces, en el Cielo de la vida, el ídolo seguramente se pondrá los cortos y seguirá un tiempo más regalando asombros, retazos de felicidad aún por vivir, como le pedirá papá Messi desde donde quiera que esté.

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