En Cali, la vida depende de que no llueva. Frente a una montaña de escombros que hasta hace tres días era un edificio de siete pisos, los vecinos del barrio Cuarto de Legua se persignan y miran al cielo, como si de ahí pudiera bajar la salvación o la condena. Otros levantan la vista hacia las copas de los árboles, con la esperanza de que las nubes sigan pasando de largo. En la tercera ciudad más poblada de Colombia, y una de las más afectadas por el terremoto del lunes, han pasado al menos dos semanas sin que caiga una gota de agua. Ahora, en medio de la peor emergencia en décadas en la ciudad, el clima decide destinos: el de los damnificados que pasan las noches a la intemperie, y el de quienes, tal vez, aún resisten bajo los escombros.












