La concentración de CO₂ en el aire ha llegado a las 600 partes por millón (ppm). Al principio es el maná para las plantas: la mayor disponibilidad de dióxido de carbono (su oxígeno) dopa los árboles que crecen y crecen sin mesura. Pero aquella concentración de gases de efecto invernadero no deja de recalentar el planeta. La atmósfera pierde cada vez más agua y tiene que robar humedad a las hojas, tallos y troncos. La mortandad vegetal se multiplica y el bosque se va clareando. Esto hace que la radiación solar y el calor se cuelen en el sotobosque, retroalimentando el proceso. Las especies de clima templado se ven desplazadas por especies xerófilas (resistentes a la sequía) y termófilas (amantes del calor). Los nogales, olmos y abedules dejan paso a las palmeras y matorrales. Este proceso, que se dio en latitudes altas y medias de todo el planeta, sucedió hace 56 millones de años. Pero, según un nuevo trabajo publicado en Science, se parece demasiado a lo que está pasando con los bosques actuales.
Los geólogos, paleobotánicos y otros estudiosos del pasado del planeta llaman a aquel proceso el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM). Alimentado por una creciente cantidad de CO₂ en la atmósfera, de origen probablemente volcánico, se produjo un calentamiento global con aumento de las temperaturas por encima de los 5°. Fue tal su impacto que marca el fin de un periodo geológico (el Paleoceno) y el inicio de otro (el Eoceno). Es uno de los ejemplos que usan los negacionistas del cambio climático actual que han leído para insistir en que el clima siempre cambia.
Al igual que durante el PETM, recordarían los negacionistas, la cantidad de CO₂ en la atmósfera no deja de crecer; ya va por las 423 ppm. Como hace 56 millones de años, se multiplican las sequías, con la atmósfera más seca en siglos; infinidad de animales y plantas mueren, provocando cambios en el paisaje; y como entonces, los océanos se acidifican… Lo que no dicen es que el PETM fue un proceso de varios milenios, mientras que el actual se está produciendo en décadas. Pero, salvo por la velocidad y el origen, antropogénico este, volcánico aquel, son cambios climáticos que se parecen.
“Descubrimos que, durante el PETM, los bosques de Wyoming [Estados Unidos] experimentaron una disminución promedio del 35 % en el índice de área foliar (IAF)”, cuenta en un correo la investigadora del Museo de Historia Natural del condado de Los Ángeles (Estados Unidos) y primera autora de la investigación, Regan Dunn. “Esto no significa que el bosque desapareciera, sino que perdió aproximadamente un tercio de la cubierta vegetal que impulsa muchos de sus procesos ecológicos”, aclara. “Llegó más luz solar al suelo del bosque, las temperaturas aumentaron, los suelos se secaron, se devolvió menos agua a la atmósfera a través de la transpiración y el bosque se volvió menos eficaz para regular el clima y almacenar carbono”, completa Dunn.
El ocaso de un bosque que en el Paleoceno estaba dominado por juglandáceas, la familia de los nogales y pecanes, betuláceas (abedules) o cuprasáceas como los enebros no fue un fenómeno aislado en Wyoming, ni siquiera en lo que hoy es América del Norte. Se produjo en todo el planeta en latitudes medias y altas, las dominadas entonces, como ahora, por los bosques templados. De forma gradual, dieron paso a entornos más parecidos a los mediterráneos o de las regiones secas tropicales, como el cerrado amazónico. “En cierto modo, el paisaje del PETM en Wyoming, EE UU, se habría asemejado a una mezcla de la estructura de los matorrales españoles y la estructura y composición de especies de los bosques tropicales secos del Neotrópico”, explica Dunn.
El registro fósil tradicional muestra el cambio de flora que hubo entre el final del Paleoceno y el inicio del Eoceno. Pero no capta bien lo que pasó entre ambos. Dunn y sus colegas han ideado un original método para hacerlo. “Reconstruimos el dosel de los árboles del pasado midiendo la forma de células microscópicas de la epidermis de las hojas”, explica Dunn. Estas células cambian de forma según la cantidad de luz solar que reciben durante su crecimiento. Las hojas que se desarrollan a la sombra tienen células más largas y alargadas que las que crecen a pleno sol. Y eso lo pudieron ver en las hojas fosilizadas, en sus fitolitos.

Tras validar su idea analizando la hojarasca de una veintena de bosques y selvas actuales, pudieron estimar el IAF, la cantidad de hojas que había en aquellos bosques de Wyoming y cómo se fueron clareando durante el PETM. “Esto contrasta con los bosques húmedos de varios estratos de antes y después del PETM”, afirma la investigadora, que añade: “España también cuenta con algunos yacimientos notables que conservan información del periodo PETM, como Zumaia, que documenta cambios en las profundidades marinas en ese momento, y registros terrestres en la cuenca de Tremp-Graus”, conjunto de capas sedimentarias excavadas en el Pirineo.
Según dice Dunn, “es factible que nuestro nuevo método se pueda aplicar para investigarlo en depósitos españoles”. De hecho, completa: “La siguiente extensión de nuestro trabajo consiste en obtener una visión global de cómo cambió la estructura de la vegetación a nivel mundial durante este importante evento climático”. El resultado final de aquel cambio climático fue un vuelco del paisaje de Wyoming y muchos otros lugares en la misma latitud. Las especies de bosque templado dejaron paso a leñosas termófilas como las burseráceas (como el palo santo), diversas especies de matorral, secuoyas y todo tipo de palmeras. Tal cambio provocó muchos otros, en un efecto en cascada, como la aparición de nuevas especies de animales mejor adaptados al nuevo entorno.
“Comprender cómo cambió la estructura forestal durante el PETM es fundamental, ya que nos revela cómo el crecimiento, la biomasa y la productividad de las plantas se ven afectados por la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera”, dice la paleobotánica de la Universidad de Wyoming y coautora del estudio, Ellen Currano. “El exceso de CO₂ es perjudicial para los bosques, pues el calentamiento y la sequía que lo acompañan debilitan los árboles, provocando la muerte de muchos de ellos”, añade.
Currano ve claras similitudes entre el pasado y el presente: “Nuestro trabajo demuestra que, durante el PETM, las copas de los árboles se volvieron más abiertas, con menos árboles grandes, y este cambio afectó al clima, el ciclo de nutrientes, la meteorización y, por supuesto, a los animales que habitaban los bosques”, y termina: “Estamos empezando a observar cambios similares en los bosques actuales, sobre todo en la Amazonia, y el registro fósil de plantas de Wyoming nos da una idea de hacia dónde podría dirigirse la Tierra”.









