La habitación está a oscuras, apenas se filtra algo de luz de la calle por las cortinas. Lucas está en la cama con los ojos abiertos mientras su esposa duerme a su lado.
Él gira para un lado, para el otro. Agarra el celular y aprieta el botón que activa la pantalla de inicio. El brillo primero lo encandila, pero después ve la hora: las tres y media de la madrugada. Otra noche de insomnio.
“Muchas veces tengo cansancio tanto físico como mental, pero no logro conciliar el sueño -cuenta a Viva-. Otras veces me duermo al instante e incluso llego a soñar y de la nada me despierto y cuando veo cuánto tiempo pasó fueron apenas 15 minutos. Una vez que me desperté, puedo estar dos horas hasta que vuelvo a dormirme.”
Como a Lucas, el insomnio afecta a miles de personas cada noche. La dificultad para dormir bien es un problema de época. No importa la firmeza del colchón ni la suavidad de las sábanas.
La ansiedad, la angustia o las pantallas desvelan a las personas en todo el mundo. Y a esto se le suma la “mala prensa” que tiene dormir, con influencers que predican que dormir mucho “es de vago” y que la clave del éxito está en levantarse a las 5 para hacer ejercicio y “aprovechar el día”.
Para consultar con un médico tiene que haber problemas para conciliar el sueño o sostenerlo, y para mantenerse despierto el día después
Marian TrentadueMédica neuróloga del FLENI
Según un informe de salud mental de la población argentina, realizado en 2025 por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, seis de cada diez personas (58,69 por ciento de los encuestados) reportó tener dificultades frecuentes y ocasionales para dormir. Y la cifra viene en aumento desde la pandemia.
El médico Pablo Ferrero, más conocido como Doctor del Sueño (@eldoctordelsueno) y director del Instituto Ferrero de Neurología y Sueño, afirma que “se calcula que el 40 por ciento de la población en el mundo tiene algún problema con el sueño” y que “se trata de un problema cultural: vivimos como si dormir fuera lo primero que se puede sacrificar”. “Aguantar despierto parece un acto heroico, como levantar más peso o correr más kilómetros, cuando en realidad es todo lo contrario”, dice.
Y añade: “Los tres grandes enemigos son siempre los mismos: no priorizar el dormir; el estrés y la ansiedad; y la tecnología. Hay estudios que muestran que más de un cuarto de los adultos privilegia el trabajo por encima del sueño, y así estamos. Yo siempre digo lo mismo: para dormir bien no hace falta una gran estrategia, se trata de volver a nuestros orígenes, de dormir como un cavernícola”.
Cuándo consultar
Para que exista efectivamente un problema de sueño que requiera de una consulta médica no alcanza con haber tenido que contar ovejas o meditar alguna que otra vez para quedarse dormido.
“Tiene que haber un problema para conciliar el sueño o sostenerlo y, al día siguiente, tener consecuencias diurnas, como problemas para mantenerse despierto, dolores de cabeza, estar distraído o malhumorado”, explica Marián Trentadue, médica neuróloga especializada en sueño de la Unidad Médica de Sueño del Instituto Fleni.
El trastorno más frecuente y conocido en este campo es el insomnio, la incapacidad para quedarse dormido y mantener ese estado, pero también existen las parasomnias, aquellas actividades que las personas hacen de forma involuntaria cuando duermen, como el sonambulismo o las parálisis de sueño, donde los sueños y la realidad se confunden y la persona siente que no se puede mover.
“Después están los problemas respiratorios del sueño, las apneas y las hipopneas, que son más difíciles de detectar -indica Trentadue. Se trata de un trastorno que se da cuando una persona duerme y, por alguna razón, deja de respirar.”
El motivo más común es una obstrucción provocada cuando “la lengua se relaja y obstruye el conducto respiratorio”. “Esto hace que la persona haga un esfuerzo con la panza para respirar y se microdespierte. El cerebro actúa como si estuviéramos despiertos y así el sueño se pierde”, señala la experta.
Cuando el reloj biológico no coincide con el reloj social, hay un jet lag social. Y cuanto más acentuado es, se padece lo mismo que ante la falta de sueño.
La otra consecuencia de estos problemas respiratorios es que pueden causar falta de oxígeno, “el alimento del cerebro”. “Si lo pierdo de forma crónica voy a empezar a deberle minutos de sueño y esto hace que el cerebro me lo quiera cobrar en el día: me quedo dormido cuando no debo o me duele la cabeza a la mañana”, dice Trentadue.
La especialista del Fleni apunta, además, que “los problemas respiratorios son los más graves” porque los pacientes consultan cuando la enfermedad ya está avanzada. “Si en la pareja uno de los dos ronca, lo mejor es consultar. Si hay ruido, hay que consultar”, aconseja.
Un mal de época (y de pantallas)
Cristian Garay, doctor en Psicología, profesor, investigador, subsecretario de la Facultad de Psicología de la UBA e integrante del OPSA, asegura que tanto en Argentina como en el resto del mundo “la cantidad de horas de sueño ha disminuido y la calidad de ese sueño ha empeorado”.
“Para las mediciones usamos instrumentos sobre insomnio y vemos que hay un problema importante en la población -explica sobre el relevamiento del Observatorio-. Nos dan números muy altos de personas que duermen poco o mal, que pueden no tener un trastorno, sino que descuidan el sueño y eso también es un problema.”
Garay afirma que, ante la consulta, las personas señalan que “la preocupación por las crisis, que en nuestro país son económicas y de desempleo” son factores que influyen al momento de no poder conciliar el sueño.
Cuando uno de los integrantes en la pareja duerme mal, hay que consultar al médico. Foto Adobe Stock.Diego Golombek, doctor en Ciencias Biológicas, investigador del Conicet, divulgador y director del Laboratorio Interdisciplinario del Tiempo (LITERA) de la Universidad de San Andrés, coincide en que “estamos en una época con mucho estrés y ansiedad” donde “uno no duerme bien porque piensa en las macanas que se mandó o que se puede mandar y se queda rumiando”.
Para el científico, otro factor que influye en la falta o mala calidad del sueño es la luz eléctrica o la de las pantallas LED, que emiten un color de longitud de onda que estimula el reloj biológico y hace que demoren más en dormirse al resar la liberación de la melatonina, la hormona del sueño.
“Hay que recordar que cuando Edison inventó la electricidad lo hizo con motivos nobles, pero también para ‘acabar con la tiranía del sueño’. Y hay estudios que muestran cómo en lugares donde hay luz eléctrica las personas se duermen más tarde que donde no hay – ejemplifica-. La luz LED a la noche puede causar una desregulación metabólica que, si se vuelve crónica, puede colaborar con el sobrepeso, con dormir mal y con un trastorno metabólico. Es decir, te enfermás más.”
El celular como despertador
A esto se suma que el teléfono celular se ha vuelto un artefacto del que rara vez nos separamos y ha reemplazado en muchos casos al tradicional reloj despertador. Según un estudio de 2010 hecho en Estados Unidos, el 90 por ciento de los adultos duerme con el celular justo al lado de la cama. Ferrero apunta que el dispositivo genera mayor ansiedad porque “te mantiene pendiente esperando un mensaje, una noticia, una notificación” en un momento en el que se necesita tranquilidad y reducir los estímulos.
“Cuesta soltarlo, es casi una dependencia, ¿cuántas veces agarramos el teléfono sin esperar algo puntual, solo por reflejo? Tenemos que intentar domesticarlo: brillo al mínimo, modo nocturno, modo oscuro, el teléfono boca abajo y, si se puede, fuera de la habitación. Algo que poca gente sabe y es que la luz LED también le hace mal a la retina y a la piel, así que cuidarla de noche te cuida de día”, recomienda.
El día después
Lucas dice que intenta no mirar el celular en la habitación, aunque lo tiene en la mesa de luz porque lo usa como despertador. El resto del día, ya sea por trabajo o por esparcimiento, las pantallas están siempre presentes.
Si tengo insomnio un domingo a la noche, el lunes arranco mal, veo todo negativo, estoy de malhumor, y termino el viernes hecho un trapo.
Lucas, afectado por trastorno en el sueño
Cuenta que cada vez que duerme mal, le condiciona “el día siguiente o incluso el resto de la semana”. “Si tengo insomnio un domingo a la noche, el lunes arranco mal y me cuesta recuperarme. Llego al viernes hecho un trapo porque me contracturo, me duele la cabeza, me pongo de muy mal humor y veo todo negativo”, admite.
Golombek explica que las consecuencias de dormir mal son múltiples y van mucho más allá de la somnolencia diurna. “Impacta en el estado de ánimo y perjudica las relaciones en el trabajo, con la familia y con los amigos. Estamos más susceptibles a enfermedades porque el sistema inmune requiere de un buen sueño para fortalecerse, reparar, limpiar toxinas o crecer cuando se está en edad de hacerlo. Además, contribuye a los problemas metabólicos y cardiovasculares, entre otros.”
Ferraro agrega: “Altera la conducción cardíaca, la tensión arterial, el sistema inmune, la memoria, el aprendizaje, el humor, y favorece el aumento de peso. No se puede dormir mal y vivir bien.”
El Doctor del Sueño advierte que “hay una relación fuertísima con lo emocional” ya que “el 80 por ciento de las depresiones activas se acompaña de somnolencia durante el día”. “También suele traer dolores de cabeza, bajar la libido y tirar abajo la concentración. Te pega en el trabajo y en la vida diaria”, dice.
Dormir mal produce mayor fatiga durante el día. Foto: AdobeStock. En el ámbito laboral, Golombek señala que la falta de sueño hace que estemos menos productivos y más propensos a los accidentes y asegura: “Uno puede calcular cuánto le cuesta a un país un problema de sueño. En la Argentina nos dio que nos cuesta 1,27 por ciento del PBI. La gente falta al trabajo, se enferma, llega tarde. Todo se puede solucionar con un buen sueño.”
Entre alondras y búhos
Hace cinco años, Claudia empezó a tener insomnio, dormía extensas siestas de día y a la noche no podía pegar un ojo. “Pensé que era algo que se relacionaba con el parecido a mi padre, que dormía apenas cuatro o cinco horas”, cuenta. Hasta que un día se sintió mal: mareos, vómitos, dolor de cabeza. En la guardia la diagnosticaron con trastorno del ciclo circadiano.
El ritmo circadiano se refiere a ese “reloj interno” de los seres humanos que organiza las actividades a lo largo del día y el descanso nocturno. Ese reloj biológico es distinto en cada persona y divide a las llamadas alondras, los madrugadores, de los búhos, que son más productivos en horarios nocturnos.
Claudia dice que todavía no logra dormir ocho horas de corrido, pero que sí descansa mejor los fines de semana. “En la semana tengo compromisos laborales, que disfruto, pero me estresa cumplir horario”, detalla.
Golombek señala que “cuando el horario biológico no coincide con el reloj social hablamos de jet lag social”. “Eso se nota mucho en el ciclo de sueño de los días de semana, que te levantás cuando dice la alarma, y los fines de semana dormís un poco más.”
Y agrega: “Cuanto más jet lag social tenés, podés tener las mismas consecuencias que ante la falta de sueño. Esto depende de una sociedad”. A esto se suma que la Argentina es “un país nocturno”: no es extraño que alguien cene alrededor de las 9 o 10 de la noche.
Remedios y automedicación
“Estuve mucho tiempo sin darme cuenta de que tenía problemas de sueño. Me costaba dormirme, me levantaba a la mitad de la noche, después seguía durmiendo y llegaba a las ocho horas, aunque me levantaba como si no hubiese descansado. Estuve así muchos años, sin darme cuenta de que eso no era descansar”, recuerda Santiago.
A partir de problemas familiares y el estrés laboral que le genera la incertidumbre del freelanceo, Santiago fue al médico para tratar un cuadro depresivo. Pasó por distintos tipos de medicaciones hasta que dieron con la dosis justa que, entre otras cosas, mejoró su problema de sueño.
“Hoy tomo magnesio; reishi y ashwagandha; té de limón con jengibre al momento de dormir y una pastilla que quiero dejarla en breve”, enumera.
Quizás en el primer remedio que uno piensa al momento de tener problemas para dormir sean los (muy publicitados) suplementos con melatonina, la hormona del cuerpo que regula el sueño.
La ansiedad también afecta el buen sueño. Foto: AdobeStock.Pero Trentadue remarca que “tiene un efecto placebo” ya que “no es un somnífero”. “La hormona se libera naturalmente cuando cae el sol. Hay menos estímulo lumínico y abre las puertas del sueño, me voy preparando para ir a dormir, estoy mas predispuesto.”
Si se toma uno de los comprimidos de venta libre, la médica apunta que “se le está dando una señal errada a mi cuerpo de cuándo ir a dormir”. “Si lo tomo a las 12 de la noche, estoy retrasando la fase de sueño. Y la versión más fuerte de la pastilla funciona porque tiene un antihistamínico, entonces lo que te duerme es eso. No es una medicación para irte a dormir, sino que está reservado para ciertos pacientes en particular y en dosis específicas”, explica.
Para el insomnio, Trentadue desaconseja también las benzodiacepinas, medicamentos psicotrópicos que se venden con receta (como alprazolam, diazepam y el lorazepam), que son ansiolíticos y relajantes musculares.
“Superficializan el sueño, no hacés el proceso neurológico para tener un buen descanso, y a largo plazo son adictivas, se va aumentando la dosis necesaria porque el cerebro pide más. Y no las podés eliminar de una vez porque genera abstinencia”, detalla.
“Si lo indica el psiquiatra porque tengo ansiedad está bien, pero si es para dormir, no”, sostiene.
También advirtió que no hay que automedicarse. Según una encuesta nacional hecha en 2019 por la UADE junto a la consultora Voices! y que compartió el Colegio de Farmacéuticos de la provincia de Buenos Aires, la mitad de los argentinos se había automedicado ese año. Aunque no se registró un uso alto de tranquilizantes, pastillas para dormir y ansiolíticos, la encuesta marca que son más consumidos por mayores de 50 años.
Al no haber medicamentos específicos para dormir, como sí hay en Estados Unidos, Trentadue dice que en la Argentina se utilizan hipnóticos como el zopiclona y zolpidem. Los suplementos, como el magnesio, “favorecen la estructura del sueño”, pero requieren constancia “hasta que se noten cambios”.
Asimismo, la especialista del Fleni destaca el uso del reishi y la ashwagandha, dos tipos de hongos que se venden en formato de té y que sirven para calmar la ansiedad y poder dormirse más rápido. “Funcionan por acumulación y tienen efecto al segundo o tercer mes, es un tratamiento más crónico, no para salir del paso”, explica.
“Pero siempre hay que ver al paciente que tengo enfrente. La medicación tiene que ser indicada con un propósito específico porque lo que le sirve a uno puede no servirle al resto”, matiza.
Sin embargo, antes de la medicación, los especialistas recomiendan que el primer paso es revisar si está bien la higiene del sueño, es decir, los hábitos que se deben mantener para el buen descanso.
Higiene del sueño
Ferrero dice: “Es la base. Rutina y constancia por sobre todo, acostarse y levantarse siempre a la misma hora, la habitación templada, oscura y en silencio, luz tenue y cálida a la noche, cena liviana y nada de alcohol ni pantallas antes de dormir”.
“Otros trucos que funcionan son exponerse al sol unos veinte minutos al día, darse una ducha caliente noventa minutos antes de acostarse y usar máquinas de ruido blanco. Y no menor: si la cabeza no para por ansiedad, trabajar eso con un psicólogo es parte del tratamiento, no un lujo adicional”, subraya.
Trentadue, por su parte, afirma que los tapones para los oídos son una buena opción si vivimos en un entorno ruidoso y reducir el uso del celular cuando uno se prepara para irse a dormir. Mejor pintar, leer, escribir o tener un momento de conexión con la familia.
Si la cabeza no para, la especialista del Fleni sugiere tener una libreta a mano que funcione como un thought dump. Cuando cuesta soltar un pensamiento, se lo escribe en un papel para exteriorizarlo.
“Si no puedo conciliar el sueño, me paro y voy de la cama a un ambiente con luces tenues y sin mucho estímulo y puedo leer un libro que no me enganche tanto. También puedo meditar, hacer respiraciones o relajación progresiva de Jackobson, que consiste en tensar partes del cuerpo unos segundos para conciliar el sueño”, ejemplifica. Y es tajante: la cama es solo para dormir o tener relaciones sexuales. “No hay que comer ni ver televisión allí porque el cerebro se confunde.”
Golombek apunta que se deben pensar en políticas públicas que ya se emplean en otros países para mejorar el uso del tiempo y el descanso. “Se deberían hacer campañas para que se entienda la importancia del sueño. Al igual que ‘si bebiste, no conduzcas’, se puede hacer ‘si no dormiste, no conduzcas’. En la mayoría de accidentes de tránsito nocturnos se puede rastrear un problema de sueño”, afirma.
Además, propone que se modifique el horario de entrada a las escuelas, en especial en el secundario en el turno mañana; repensar las condiciones de trabajo de quienes tienen jornadas laborales nocturnas; o también pensar en el ámbito de la salud, en apagar las luces en las habitaciones para que pacientes en terapia intensiva se recuperen mejor o considerar los horarios de administración de medicamentos para que sus efectos sean más efectivos.
En lo individual, el científico aconseja que lo mejor sería dejar el celular afuera de la habitación y rescatar al viejo reloj despertador en la mesita de luz: “Quizás lo mejor es volver al viejo y querido reloj de Mickey Mouse”.









