De pronto, un sismo cambia radicalmente el escenario y lo que parecía relevante se hace banal. El punto de atención se traslada hacia el drama humano. La política toma un carácter inesperado para atender con urgencia el desaguisado. La toma de posesión presidencial que parecía que iba a llenar los titulares se desvanece. Deja de importar que se trata de algo más que un acto protocolario; que su simbolismo se engarzara con disposiciones normativas de naturaleza constitucional, con tradiciones de larga data y con la oportunidad que abre para plasmar un plan de gobierno o incluso del futuro individual de quien asume el cargo.










