“Con el Proyecto Eco Eco –fundado por Marina Aizen en Buenos Aires hace tres años, y dirigido por el triunvirato que completamos con el productor Daniel Borrelli Azara– nos propusimos hacer foco en el asunto de Vaca Muerta como problema ecológico, a un costado de la polémica por la soberanía de su explotación. Como un desprendimiento del colectivo Periodistas por el Planeta (pxp), Eco Eco eligió cambiar de método y desviarse por un rato de la investigación, de la denuncia y de la noticia”, contó el periodista e investigador Pablo Schanton, editor de revista Viva, acerca del origen del libro Frackibacter Vaccamortensis, ficciones sobre el petróleo, que fue presentado ayer en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. El libro reúne cuentos de Gabriela Cabezón Cámara, Magalí Etchebarne, Michel Nieva, Gabriela Borrelli Azara y Claudia Aboaf, prologado por el propio Schanton y editado por Tenemos las máquinas.
Retomando el concepto de ecofosía de Félix Guattari, Schanton explicó que la idea del proyecto es “saber en qué casa estamos viviendo y qué le está pasando a nuestra casa porque la casa se quema, se inunda, se seca. Y todo esto está mucho más cerca de lo que uno está pensando, incluso hablando de la tecnología. Hay un gran movimiento de desmaterialización, que es ideológico, que es el de no mostrar lo material que hay detrás del avance tecnológico”.
El periodista señaló además que tampoco se dice tanto sobre la materialidad de la inteligencia artificial que necesita de agua y de frío para funcionar: “En Estados Unidos se están quejando de los data centers que tienen cerca porque el agua no vuelve igual, enfría todo lo que tiene que enfriar, pero luego cuando vuelve tiene colores. Tenemos que pensar el mundo que les estamos dejando a nuestros hijos, sobrinos, nietos”.
Un viaje a Vaca Muerta
Fueron esas reflexiones e inquietudes las que llevaron a Schanton y al grupo con el que trabaja a invitar a los escritores a viajar a Vaca Muerta para contar, desde la literatura, el extractivismo.
En su cuento, «La canción humana», Claudia Aboaf pincela los agujeros de la tierra herida. “Fue un viaje al infierno. En Añelo todo es uniforme, hegemónico y totalitario. Lo interesante fue que pudimos hablar con los vecinos y las vecinas que viven allí, conocer sus problemáticas, lo que están sufriendo”, dijo Aboaf.
Y explicó también que esa experiencia la convocó a escribir bajo la noción de que la literatura es como una micropolítica: “Yo recurro mucho a Macedonio Fernández y él hablaba de la literatura como un ir hacia otro”. La escritora dijo además que el petróleo es una parte de la naturaleza, una sustancia de la tierra, no el culpable de lo que el capitalismo hace con él.
En «El camino del oleoducto», Gabriela Cabezón Cámara sigue el trabajo de una antropóloga que investiga la zona. “Nos tuvieron de basurero en basurero”, describió el viaje a Vaca Muerta. Y los basureros de los residuos del fracking, explicó, son elevadamente tóxicos.
“Paseamos por los basureros como quien pasea por la calle Florida y eso está permeando las napas, el aire que respiramos”, contó la escritora. Según su relato, fueron los animales los primeros que migraron cuando llegó el proyecto que solo deja pobreza y contaminación, sacrificando a toda la población.
“Esto ya pasó con la soja: tenemos ahora media Santa Fe inundada, para fin de año va a estar inundada toda la llanura”, ejemplificó Cabezón Cámara. “Vemos el exterminio en Gaza y nos resulta intolerable. Bueno, a los que nos resulta intolerable, pero esto también es exterminio. No deberíamos negociar con esto”, agregó.
“Ya pasó con el Cerro Rico de Potosí que terminó implosionado, caído por todo lo que sacaron. ¿Y la riqueza? ¿Dónde está? En algún lugar del norte y en 10 familias de corruptos. Bueno, acá pasa lo mismo y va a seguir pasando y necesitamos agua, si no ¿qué vamos a comer, petróleo?”, preguntó la escritora ante un auditorio lleno y en silencio.
“Vaca Muerta fue vendida como una promesa de salvación, de tesoro de la corona. Me interesa el imaginario, la política argentina: me interesa la literatura argentina porque me interesa la política argentina. Iba a ese territorio conmovida por haber visto Genitus (el espectáculo de sonido que Eco Eco llevó adelante en el Teatro Colón) y por todo lo que había leído sobre lo que el fracking le hace a la tierra y lo primero que vi cuando llegué fue un paisaje futurista con un futuro negro, oscuro, con toda la barda interrumpida por esas chimeneas”, dijo Gabriela Borrelli Azara, que escribió «Tembló para el libro».
Lo que más la impactó, cuenta, es que en Vaca Muerta el extractivismo no descansa, “es una ciudad 24/7 y la desigualdad es absoluta: los pozos están a todo lujo con luz y al lado, las familias no tienen electricidad. Me parece que todo está quebrado, que es un extractivismo que quiebra todos los órdenes sociales y humanos. Hay muchos caballos muertos en las banquinas y perros, los animales se van muriendo y la ruta no para, es una ruta que no descansa. Esa idea de no descanso me resultó muy aterradora, todo el tiempo se está extrayendo. Yo me acostaba a dormir y decía, ‘en este momento están perforando’”.
Desde la pantalla gigante en la sala llena del Museo se oyó a Michel Nieva leer un fragmento de su cuento «El manfloro»: “Al descomponer los tóxicos más contaminantes de la Tierra, estas bacterias se habían convertido en una promesa del naciente boom financiero de lo que muchas empresas de terraformación denominaban la postvida: la continuación de la biología terrestre en otros planetas”.
Presentación del libro Frackibacter Vaccamortensis, ficciones sobre el petróleo, qur reúne cuentos argentinos situados en Vaca Muerta. Foto: Martín Bonetto.Y continuó: “Si el hallazgo se confirmaba (soñaban los ejecutivos de Agromars), la milagrosa extremófila (debidamente plantada, reproducida y manufacturada) además de atraer dividendos incalculables, materializaría un hito trascendente en la historia del cosmos: convertir a Bastitas Borealis (la llanura más extensa de Marte) en una pampa marciana, vertiginosa planicie de monocultivos extraterrestres y gauchos intergalácticos”.
Magalí Etchebarne contó que, si bien su literatura no trata sobre temas relacionados con la ecología, le interesó poder viajar a Vaca Muerta para conocer el lugar: “A mí siempre me emociona que en el infierno haya zonas donde no hay infierno. Me emocionó cómo nos recibían con tortas fritas y nos mostraban cómo tenían la casa quebrada por los sismos y a sus animales a los que amaban y también mataban para comer. Me impresionó poder ver la vida alrededor de una promesa y un milagro, que es el petróleo, y cómo ese milagro se vuelve una tragedia también”.
La única en muchos kilómetros
Fue ese el universo que le dio origen a su cuento «La parición». “Le llevó algunos meses darse cuenta de que era la única en muchos kilómetros a la redonda. No es que se hubiera alejado más allá del pueblo para comprobarlo. Jamás habría dejado a sus animales por más de unas horas, sino que los días pasaron, después los meses y entonces los años y nunca nadie llegó hasta su puerta. Nadie nunca más movió las grúas ni se escucharon camiones por la ruta”.
Siguió leyendo Etchebarne: “La vida humana se había esfumado. Pero una mañana despertó y habían vuelto las avispas y las bandurrias se ordenaron en bandadas sincopadas. Alrededor se pobló de jarillas y piquillines de víbora, arbustos verdes y compactos, y los chanchos, poco a poco, volvieron a salir a la luz. Por las grietas en las rutas que dejó el temblor crecieron unas flores silvestres de un púrpura intenso y pastos altos y fibrosos que no conocía. Las veces en que caminó hasta el pueblo la sorprendieron las casas y los containers desfigurados. Los grandes hoteles blancos y desangelados, construidos de ventanales al desierto, ahora estaban bañados de tierra, empañadas las ventanas de un polvo grueso que ya nadie limpia”.
Presentación del libro Frackibacter Vaccamortensis, ficciones sobre el petróleo, qur reúne cuentos argentinos situados en Vaca Muerta. Foto: Martín Bonetto.“Había sido –siguió– una zona repleta de hombres vestidos con el armazón de sus camionetas blancas; si no estaban yendo a lugares estaban debajo de la tierra. Todo había sido de ellos, pero ya no queda ni su olor. Ya casi no piensa en los días en que la tierra temblaba, las grietas en las casas y en su vecino, el chico que había encontrado los restos de un dinosaurio al que bautizaron con su nombre. Se pregunta si vendrá otro crujido, todavía más profundo y, entonces, una explosión final que esta vez acabará con toda la vida. Mientras tanto hay cosas a las que aferrarse: el olor de las heces, el color del amanecer, el peso de la lluvia, lo que permaneció igual”, leyó la editora.
Los cuentos pueden leerse y descargarse en esta web.










