Mundos íntimos. Decir adiós a un trabajo entrañable da pena, pero también emociona lo nuevo que vendrá y explorar otras ilusiones.

Mundos íntimos. Decir adiós a un trabajo entrañable da pena, pero también emociona lo nuevo que vendrá y explorar otras ilusiones.


Quizás sea como salir a correr: uno se pone las zapatillas y ya. Muchos prefieren un itinerario fijo, mejor aún si con cierta pendiente para un ejercicio óptimo. Repetir el circuito muestra su encanto, asegura dominar todas las baldosas, hay poco riesgo. Para algunos. Otros nunca insistimos en las mismas calles, la gracia está en sorprenderse, en auscultar otros suelos, no en reconocerlos.

¿Existe, acaso, una adicción a mudar de piel, al vértigo por lo inédito, al ingreso en terreno desconocido? Para mí, desprenden un magnetismo que me impide decir no. Así he ido por la vida, de salto en salto, para construir diminutas utopías personales. ¿Pero qué sucede cuando colisiona el disfrute de lo logrado con el ruido de la ilusión por lo que llegará? Es, quizás, el momento de entender que necesitamos -necesito, al menos- nuevas andanzas para que los impulsos fundantes aún bullan, emocionen.

Por eso, después de publicar más de 760 textos de Mundos Íntimos en los que una alquimia sorprendente permitió que el yo se convirtiera en nosotros, es el momento de dar un paso al costado. Con la intuición de que logramos algo difícil: establecer un diálogo, compartir -con el clima de una mesa de café- los temas que nos desvelan, nos alegran o, también, nos hacen conocer nuestros tonos más grises.

Carnet. Esta era la “credencial” del Club de Periodismo de Daniel Ulanovsky Sack de la escuela primaria, en Rosario.

Escribir en estas páginas supone un grado de exposición. Me han preguntado cómo la gente se anima a contar historias tan personales. ¿La verdad? Pocas veces, aunque hubo algunas, los autores prefirieron pasar de largo para no mostrarse despojados. Creo que algo lo explica: la sección -si bien creció al mismo tiempo- ha sido la contracara de las redes sociales en las que impera una artificialidad que agobia. Si uno ingresa en Linkedin, nadie deja de ser un trabajador excelso con un currículum tan singular que, si cierto, todos envidiaríamos. Y ni hablemos de los tours que proponen “momentos instagrameables” para exhibir instantes de felicidad de neón. Lo fingido nos rodea. Entonces, ¿no era el momento de crear un respiro para un espacio de honestidad, de vivencia real?

Teníamos dudas acerca de si, en una época en que todo se reducía a mensajitos con caracteres limitados, un texto extenso no espantaría al lector. ¿Era cierto que la gente ya no quería leer o se trataba de una profecía autocumplida? Algo de esto había: si una nota nos envuelve en un microclima de emotividad e información, si rompe compuertas y habla desde lo profundo, la gente esta ahí, respeta el tiempo necesario. No todo es cultura del vértigo. No sé si hay un periodismo slow, pero sí páginas que necesitan un tempo distinto. Y ustedes lo reconocen. Porque este compartir semanal ha sido posible gracias al eco que cada uno amplificó, a las identificaciones, a los dilemas que nos acuciaban o a las palabras felices, que también las hubo.

En 1988. Las entrevistas fueran una etapa de disfrute y formación para Daniel Ulanovsky Sack. Aquí con Woody Allen.

Cuando era adolescente me costaba hacer amigos. No era un chico solitario, pero no tenía los lazos típicos de los quince años en que “uno para todos y todos para uno”. Eso me dejó marca: siempre me entusiasmaron las noches de café y ginebra en que se logra hablar hasta el infinito y uno se sabe escuchado. Ya adulto lo pude hacer, pero esa secuela -tácita, silenciosa- quedó ahí. Son pocos los lugares en los que nos abrimos sin, o con pocos, tapujos. En un momento reflexionamos si era posible, desde el periodismo, pensar ese espacio. ¿Un diario debe informar o también ser un canal de comunicación que refleje los sinos de una época y dar lugar a las sensaciones personales?

Ciento cincuenta años atrás, un irónico José Martí escribía sus “Escenas norteamericanas” -muchas de ellas, crónicas desde Nueva York- sin temerle a la primera persona. Por aquí, Roberto Arlt, en los años 20 y 30 del siglo XX, publicaba las memorables aguafuertes en las que él mismo era protagonista. Este estilo no es nuevo en el periodismo. Sí, cierto, estaba vedado para la mayoría; se apreciaba más al cronista -imprescindible- y se castigaban otros acercamientos a la información. Como si no pudieran convivir en las páginas del periódico.

Yo también pensé de esa forma durante mucho tiempo. Nosotros debíamos interpelar la realidad, no inmiscuirnos en ella. Interrogarla, no juzgarla. Pero si miro al chico que fui, hay rasgos en los que aún me reconozco. Y algunos que siguen como marca de identidad. Indagar, querer saber qué hay debajo de las sábanas. Eso debe estar en mis genes. Todavía conservo el carnet del Club de Periodismo de la escuela primaria. Queríamos, parece, imprimir una hoja mimeografiada que se llamaría “Lluvia de noticias”, pero debe haberse truncado -no lo recuerdo- porque el carnet quedó a medio hacer. Eso sí, con mi foto pegada. Siempre listo.

En el secundario seguí con la misma obsesión y más tarde estudié esta carrera que, tiempo ha, tenía fama de bastarda. La disfruté, y durante años me especialicé en entrevistas: buscar a la persona detrás del personaje, quitarle las vestiduras, los falsos acicalados. Me enfrasqué en pequeños duelos con gente que dejó huella, de Woody Allen a Ray Bradbury, de Bioy Casares a Vargas Llosa. Y ahí llegó un primer cambio de rumbo: ¿mi rol era sólo preguntar o también mostrar los mundos que se esconden detrás de cada puerta? La entrevista es uno de los grandes géneros; el cara a cara me parece irremplazable. Pero no excluyente. ¿Quién dijo que tener un hijo en brazos por primera vez, saber que una enfermedad nos devasta, el anhelo de una vida sexual intensa más allá de la edad, las secuelas de los años de terror, las huellas recónditas que dejó la tortura o reconocer que mentimos porque es más sencillo que decir la verdad no es información? ¿Acaso somos personas que seguimos lo que otros dicen, sin alma propia?

Cuando estos temas me empezaron a hacer ruido, intenté un periodismo que no sólo hablara de lo que pasa sino de lo que nos pasa. Allá por 1999 fundé una revista, Latido, que duró tres años y trabajó este registro. Pasó el tiempo y me quedaba la sensación de que era necesaria una apuesta quizás más masiva. Así surgió Mundos Íntimos. Recuerdo haberlo hablado con Ricardo Kirschbaum, Editor General de Clarín: él fue, a la vez, entusiasta y cauteloso. Probemos un verano, dijo. Y así fue que nos lanzamos en enero de 2012.

Este tiempo ha sido ajetreado. Me miro al espejo: mis hijos pequeños ya son hombre y mujer con alas y vuelo propio. Intento amañarme para vivir lo que siempre sostuve: felices los padres que ven cómo los chicos se alejan del hogar porque deben construir su nido. Esa, en mi Martín Fierro personal, es la ley primera. Claro que del dicho al hecho, algo cambia. Se los extraña. Pero esa tensión vital refleja que no somos -hasta hoy, al menos- humanoides. Aún latimos. Y hay más en el espejo: sigo en pareja con la misma bella mujer y nuestra sensación de tener algo así como identidad de almas no ha desaparecido, el hábito no nos hizo rutinarios. Más cosas pasaron: me mudé de país en plena pandemia, sumé un nuevo oficio -librero- que no me alejó del periodismo, pero sí le robó espacio. Crecí, y las canas se hicieron más visibles.

Mundos Íntimos me dio libertad. Escribir sin la sensación de cumplir ciertos protocolos que recuerdan al almidón de los delantales de antaño. Yo era de poco innovar y ni siquiera cumplía los decálogos. No sé si era ausencia de creatividad o, más que nada, temor a exponer sentimientos, dudas. Recuerdo que en el examen de ingreso al colegio secundario todos intuían -y así fue- que me iría mejor en Matemáticas que en Lengua. En verdad, en Gramática -algo racional- sacaba buenos resultados, pero en Redacción, súper flojo. Expresarse no es fácil. A los 18 años, un psicólogo me dijo “cuando te sientas más libre, vas a escribir mejor”. Y así fue. Lo que logré es por animarme a cierto juego lúdico. Con las palabras, también con la vida. Apostar, crear, tirarse a la pileta. Como dicen ahora, cuesta la decisión, pero es rewarding.

Leo una columna que publiqué en mi primer trabajo en “La Tribuna” de Rosario, un potente periódico fundado por Lisandro de la Torre que luego entró en decadencia y cerró tras hundir barcos ingleses -que seguían vivitos y navegando- durante Malvinas. El texto era sobre el caótico tránsito en la ciudad. Además de los gruesos errores de conjugación, toda la nota era un listado de lugares comunes. Que debemos cuidarnos, respetar las señales, que la civilidad implica pensar en el otro, que la bocina nos contamina sonoramente, que los peatones también son descuidados. Nada estaba mal, nada aportaba, tampoco, algo que no se supiera. Bienvenido el crecimiento. Me alegro de haber cambiado.

En esos años la mediocridad también se sustentaba en el miedo. Mandaba la junta militar y uno daba los primeros pasos profesionales en medio de silencios. Recuerdo que en esa época me tocó cubrir una nota anodina con un fotógrafo mucho mayor que yo. Me contó su historia. Había estado en la resistencia peronista y se sentía escaldado, pero con ganas de seguir. Pasamos por su casa a buscar una lente o algo parecido: un hogar humilde con las fotos de Perón y de Evita. Pensé en ese momento cómo sería el futuro de la Argentina.

No imaginaba un fin de la dictadura tan abrupto, no imaginaba tampoco tanto horror escondido. Pasaron los años y la democracia siguió firme, pero coja. ¿Qué ha sido de lo colectivo desde que empezó Mundos Íntimos? Fuimos testigos tanto de la Biblia como del calefón. El país nos sorprendió una vez más; pasamos de una cultura 6, 7 y 8 atravesada por la grieta -¿les conté que algunos amigos me dejaron de invitar a sus cumpleaños?- a otra en la que el insulto nos define. Se usan las palabras más soeces para que el adversario, a diferencia de lo que decía Alfonsín en 1983, sí se convierta en enemigo. De tener mil y una regulaciones, aspiramos a vivir sin Estado. La Argentina de los extremos y el desdén por los términos medios, nuestro karma.

Alguna vez escuché a Claudia Piñeiro decir, sobre el temor al paso del tiempo, que a sus cuarenta años pensaba: “aún me falta la mitad o más de mi vida”. A los cuarenta y cinco todavía podía intuir “estoy quizás en la mitad”. A los cincuenta se pide un milagro para vivir otro tanto. Y después ya se pierde la apuesta. Ese es el problema del envejecimiento: queda menos tiempo y la mente no se da cuenta. Cree que tenemos el mundo y el futuro por delante. ¿Cómo le hago saber el error? Pero, en verdad, ¿se lo quiero hacer saber y tener menos ilusiones? Nop. Me gusta esa sensación de virginidad que llega ante algo impensado.

Dicen que las peores despedidas son aquellas que no se hablan. Por eso este texto: la relación cercana con cada lector necesita de algunas grageas confesionales. Les cuento. Dos frases de pensadores del siglo XX me han ¿perseguido? ¿entusiasmado? ¿guiado? a lo largo de los años. Una es de Erich Fromm, un filósofo judeoalemán que escapó del nazismo. Su idea de “el miedo a la libertad” -aunque él quizás lo haya pensado más desde lo político- nos enfrenta a los temores de poder decidir sin ataduras. Maravilloso, pero también, de a momentos, temible. Sobrevuelan las dudas: si me equivoco, si yerro, si debiera ser más cauto. Si y si. Pero está la contracara: iniciar algo es también un “subidón”, una celebración íntima de lo que tenemos escondido y vamos -y nos vamos- a mostrar.

La otra idea, en el mismo sentido, es la frase de Jean-Paul Sartre: “El hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo”. Eso deseo pensar cuando esté viejito (si llego) y mire mi recorrido. La verdad, no sé si comulgo con la idea de Borges de que ser inmortal es una condena. A mí me encantaría vivir, digamos ¿200? años porque tengo aún demasiado en la mochila y me apena pensarme trunco. Pero como no va a suceder, exprimo el tiempo para sentir que, en mis limitaciones, no me quedo con las ganas.

Así se explica el fin de esta etapa en Mundos Íntimos, ya parte de mí. Lo hago tranquilo, las huellas indelebles que construimos no se van a esfumar y eso nos asegura compartir el pulso de los que, codo a codo, formamos multitud y tenemos algo que nos enlaza. Por eso no hace falta que me lo digan, lo sé: ni ustedes ni yo preguntaremos nunca por quién doblan las campanas. Sabemos que lo hacen por nosotros.

Ha sido un gusto, amigos.

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