Julio creía haber encontrado el empleo de sus sueños. Era chofer de una familia adinerada de Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México. Al principio, sus tareas eran sencillas: llevar a su patrona al salón de belleza, de compras o a tomar el té con sus amigas. A los niños los dejaba y recogía del colegio y después los repartía en sus clases de inglés, piano y natación. Pero todo cambió cuando descubrió que se trataba de la esposa y los hijos de un narcotraficante. “Ya no me puedo salir de ahí”, recuerda Blanca Hernández las palabras de su hijo cuando le confesó que el crimen organizado ya lo había captado. “El patrón ya me empezó a pedir que lleve paquetes”, le contó espantado en 2016.
Un cartel torturó e hizo desaparecer a Julio: Estados Unidos negó el asilo a su familia y ordenó enviarla a otro país









