Son las cuatro de la madrugada y a Carlos Alcaraz, batido por Ben Shelton en los cuartos de final del US Open, lo envuelve medio centenar de periodistas en uno de los túneles de la Arthur Ashe. Hay carreras y penumbra, una montonera de cabezas y los integrantes de su equipo escuchan desde un discreto segundo plano: su agente, su técnico Samuel López, su hermano Álvaro. El partido ha terminado apenas veinte minutos antes y en la mano del tenista, sin haber pasado todavía por la ducha, quedan restos pegajosos del overgrip —la cinta adhesiva que cubre el mango de la raqueta— y del magnesio. Dos familiares del rival intentan pasar, pero deben rectificar el paso. Y habla el murciano con el cuerpo hecho polvo, pero profundamente satisfecho.
“Como dije antes de que empezara el torneo, mi objetivo era salir a competir, jugar este tipo de partidos [a cinco mangas] y hacerlo estando sano. He estado muy cerca. No estoy decepcionado por no haber ganado. Estoy feliz y orgulloso de mí mismo, de cómo luché. Después del tercer set estaba muy cansado, pero encontré la manera de exigirme un poco más y dar un extra físicamente”, reconstruye; “en el quinto empecé a sentirme cada vez mejor, pero estaba jugando contra uno de esos jugadores que son una bestia. Shelton es un jugador increíble, muy potente. Ha sabido jugar realmente bien en todas las situaciones, así que todo el mérito es suyo. Pero me voy de la pista feliz. Me voy con una sonrisa y sano, y eso es lo que necesitaba”.
Alcaraz puso el pie en Nueva York hace más de dos semanas —se ejercitó por primera vez el día 23— con un objetivo primordial: volver, competir, sentirse de nuevo tenista. De modo que una vez conseguido eso, todo lo demás sería un feliz añadido. Han sido cuatro meses y medio apartado de la competición y él, como todo deportista de élite, añoraba la adrenalina que únicamente concede el estar dentro de la pista. Se trataba básicamente de ir escalón a escalón y, remarca, el objetivo se ha cumplido. Más que de sobra. La articulación ha reaccionado de manera positiva a la máxima exigencia. A partir de ahí, todo significaba sumar.
“Nos vamos contentos, con la cabeza bien arriba. Hemos llevado al límite a un jugador que viene jugando a un ritmo y a un nivel altísimo durante toda la temporada, especialmente en esta gira [Shelton triunfó en Canadá]. Obviamente queríamos ganar y seguir aquí, pero lo más importante era salir del torneo con partidos jugados, ritmo alto y, sobre todo, sanos”, aprecia.
El cuadro y la programación le expuso ante un reto de gran envergadura. Shelton (23 años, como él) venía con fuerza y las demoras de los tres artidos previos hicieron que el partido se jugara más allá de las once de la noche. En cualquier caso, el español supo rehacerse y sostenerse. Estuvo prácticamente a un tris de ganar, algo que hace no mucho hubiera sido impensable. Las cuatro primeras rondas le sirvieron de perfecta lanzadera y el pulso con el norteamericano se tradujo en un tú a tú en el que el factor físico terminó jugando un papel determinante. Aun así, Alcaraz siguió en pie. Lo peleó con todo. Literalmente se vació.
Matices y dinámica ascendente
Por instantes parecía ko, pero en otros dio la sensación de que una vez adentrados en ese terreno de lo terminal, su experiencia le beneficiaría. Al fin y al cabo, el de El Palmar había ganado 12 encuentros consecutivos a cinco sets, la secuencia histórica más larga; la misma que protagonizó Björn Borg hasta que John McEnroe le cortó las alas en el US Open de 1980.
“Los partidos nocturnos son duros. Hay mucha humedad y la bola se vuelve grande, muy difícil de manejar, pero al final uno tiene que encontrar la manera [de remontar]. Shelton ha jugado un partido muy completo, muy maduro, sabiendo lo que tenía que hacer en cada momento. Físicamente es una bestia, parecía que no tenía ninguna debilidad”, expone serio el tenista, que no disputaba un partido de estas características (las cinco mangas) desde el 30 de enero, en Australia frente a Alexander Zverev; “pero para eso entrenamos y nos exigimos al máximo todos los días, para llegar a este tipo de momentos y encontrar la forma de volver al partido. Después del tercer set me he apoyado en la gente e intentado animarme y venirme arriba. Y creo que lo hemos conseguido hasta el último punto”.

“Siempre te exiges. Una vez sales de la pista, te exiges mucho más. No recuerdo exactamente cómo iba, pero estaba dos puntos arriba [5-3], con segundo saque de él, y he fallado el resto… Son ese tipo de cosas en las que quizás, si hubieras jugado el punto, quién sabe, habría cambiado la perspectiva del partido”, precisa, haciendo también hincapié en la fortaleza del adversario con el servicio: “Creo que en estos momentos él saca mucho partido de su servicio. No es una excusa, pero diría que es un arma muy importante en este tipo de situaciones”.
En cualquier caso, más allá de lo negativo del marcador, Alcaraz regresa a casa con un buen sabor de boca. Son cinco encuentros, cuatro triunfos, una dinámica ascendente y, por encima de todo, la reacción favorable de la muñeca. Todo eran incógnitas a su aterrizaje y el paso por Nueva York despeja prácticamente todas los dudas. Está listo, es cuestión de ritmo y transmite optimismo. Por delante, dos meses en los que adivina varios alicientes. No hay, no obstante, ningún estímulo superior para él que el mero hecho de competir, “un regalo” necesario. “Nos vamos sanos”, repite, “y con ganas de seguir mejorando, de volver a las pistas y ya pensando en lo que queda de temporada. Tenemos ganas”.









