Caminamos con Seba por las vías del tren. No somos los únicos, el sol de la siesta en Pergamino sacó a la gente de la casa, del frío helado de la noche anterior, de la amenaza de toda la semana de los 0 grados. Caminar por allí, pisando un poco los rieles, otro poco el pasto que crece entre ellos, es casi como ser chicos de nuevo, aunque en ese tiempo aún no nos conocíamos.
Venimos de un asado, a pocas cuadras. En un patio con durazneros y ciruelos florecidos y un árbol de palta que, nos cuenta Agustín, el dueño de casa, este año dio apenas seis paltas pero enormes. No es el primer asado que comemos allí, sobre varias mesas chicas una al lado de la otra, como para que entremos veinte personas. Es el almuerzo que ya se ha vuelto una tradición en la Fe.Li.Pe, la feria del libro de la ciudad. Entre vermú, choripanes, pedazos de carne que comemos en panes o con la mano, carancheando de arriba de las tablas. Los vasos chocan en varios brindis: por los asadores, por la feria, por la literatura, por los amigos, por la mamá de Agustín que prepara una limonada casera riquísima. Por la reunión.
Al lado del patio hay varios autos arrumbados que quedaron ahí después de la muerte del abuelo. Cosas de papeles, la sucesión. Llevan tanto tiempo estacionados que en las junturas del parabrisas con el capot y con el baúl, de la tierra que se fue acumulando, crecieron plantas. Semillas que trae el viento y encuentran lo mínimo y al mismo tiempo lo suficiente para germinar y festonear de verde los coches detenidos, uno atrás de otro, bien pegados, como en un choque múltiple.
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En la caminata, Seba me dice que cuando era un nene decían que si pisabas las vías te morías porque los rieles estaban electrificados. En cambio, en mi pueblo, jugábamos a caminar sobre los rieles y si te caías, si un pie tocaba el pasto, también te morías, decíamos. Una muerte de jugando.
Cuando estamos llegando al centro cultural donde se hace la feria, viejos galpones del ferrocarril remozados, nos topamos con el cartel de la antigua estación. Es el cartel original, dice Pergamino, pero unos chistosos le pintaron una panza a la pé y la convirtieron en bé. Nos reímos también del chiste, del ingenio de algún adolescente. Seba busca en el teléfono y me muestra una foto de la primera vez que vino a la ciudad, hace más de diez años: en el mismo cartel, sin intervenir. Le saco otra igual a aquélla. Nos acordamos de esa época, de esa gente a la que ya no vemos o cruzamos esporádicamente de vez en cuando.
Hablando de gente de otros tiempos, de otros nosotros, le cuento que el día antes fui a tomar un café a la peatonal y me encontré con una mujer de mi pueblo. Ella me reconoció y vino a saludarme, me preguntó por mi madre a quien no ve hace añares aunque vivan en el mismo lugar. Le digo a Seba que el marido de ella ganó el Gordo de Navidad cuando yo todavía estaba en la primaria y que, gracias a eso y a la agudeza de mi vieja, mi padre consiguió el trabajo que el flamante millonario dejó el lunes siguiente a sacarse la lotería. Me gustaba ir a la casa porque tenían galgos de carrera y siempre me fascinaron los galgos. Después de aquel golpe de suerte, ganarse un entero, cambió los perros por caballos. Así como se dice de los hijos, se podría decir, en este caso, de los animales. Animales grandes, problemas grandes.
Nos quedamos un rato al sol, recostados contra una locomotora a la que unos chicos trepan como si fuera un juego de plaza. Tres o cuatro que saltan y conversan. Son tan lindas las conversaciones de los niños.










