Pasaron ya cinco años de la muerte de Juan Forn, en Mar de las Pampas (Villa Gesell), aún en días de pandemia. Es sabido que, tras sufrir dos pancreatitis y recibir una advertencia médica, Forn decidió afincarse en la ciudad bonaerense, alentado por su amigo Guillermo Saccomano, para encontrar otro ritmo, cuidar su salud. Dejaba atrás los acelerados, a veces estresantes, y muy exitosos tiempos como editor a cargo de la Biblioteca del Sur en Editorial Planeta (donde publicó a Rodolfo Fogwill, Rodrigo Fresán, C.E. Feiling, Matilde Sánchez, Guillermo Saccomano y Mariana Enríquez, entre otros), primero, y años más tarde, como director del suplemento Radar de Página 12, su creación y marca.
Gentileza Alejandra López.
En este aniversario, Emecé reedita La tierra elegida, volumen que incluye una selección de los ensayos que habían formado parte de La tierra elegida (2005) y Ningún hombre es una isla (2009).
Para Mariana Enríquez, a cargo del prólogo de la nueva edición, esos ensayos “son una especie de diario de un cambio de vida, de un nuevo punto de vista”, ese que habría de expandir el proyecto de escritura que había comenzado en la redacción de Radar, donde fue transformándose “en alguien que se daba cuenta de que las historias reales podían y debían contarse como bellas ficciones”, como reconocieron y alentaron tempranamente Claudio Zeiger y el propio Saccomano.
Fue en esa ciudad con mística propia en la que comulgarían escritores, fotógrafos, poetas, cineastas –como quedó plasmado en los films de Fernando Spinner La boya y Weser (este último, justamente, sobre la pandemia en la ciudad costera)– donde Forn iba a encontrar el tiempo (tienta decir, recobrar) que se le (y lo) consumía en la gran ciudad.
Una curaduría personal
¿Se puede encontrar un hilo conductor de estos perfiles que se ocupan de temas, autores y geografías tan variados y dispersos? De Tolstoi a los mitteleuropeos, de Kawabata a Nabokov, de Berger y Rothko a Francisco Salomone y León Ferrari, de Leonardo da Vinci a Wilde y George Bernard Shaw, de Hunter Thompson a García Márquez, Miguel Briante o Carlos Sorín. Uno podría pensar que esta selección es, antes que nada, una curaduría de gustos personales. Hay artistas, escritores, genios, aventureros. Hay historias de vida, anécdotas y leyendas.
Hay, fundamentalmente, muchas lecturas, curiosidad e investigación. Más que el tema, entonces, lo que hilvana estos ensayos es la forma en que Forn fue explorando un género híbrido, que maceraba la crítica, la autobiografía, la curiosidad periodística y las pasiones literarias.
En la presentación del libro en 2005, Saccomano hablaba de un estilo “confesional”, donde los secretos, los hallazgos, las curiosidades de los personajes y las historias de vida narradas van y vienen de los protagonistas a sus obras, ofreciendo alguna forma de revelación.
En “Voces del jardín”, Forn se presenta como un vecino más de la Villa. Una tarde lluviosa de febrero, cuando sale a dejar la basura, una botella de vinho verde le permite descubrir a los inquilinos de la casa de al lado. Pronto sabrá el “móvil” que los convoca a reunirse anualmente en locaciones alrededor del planeta: ser especialistas en “esa república de voces” que son los heterónimos de Pessoa. Forn se intriga y fascina con el grupo, al que define como una logia amable e inofensiva, quienes le revelarán algunos secretos sobre “O Fegnandu”.
En otro ensayo, un encuentro fortuito entre el autor y León Ferrari le permite desovillar la historia del padre del artista, Augusto Cesare Ferrari, creador de célebres “panoramas” –telas de mil quinientos metros cuadrados exhibidas en salas circulares– y arquitecto… constructor de iglesias.
Juan Forn. Archivo Clar´pin.A Forn lo cautiva el dilema de León: haber sido el responsable de la firma de los planos de las iglesias construidas por su padre. “Tamaña contradicción ideológica”, admite el artista. Poco después, lo veremos caminar contra el viento en la playa junto a la pareja, charlando, primero, y luego viendo alejarse a Ferrari y su mujer, Alicia, mientras queda en el aire arenoso la pregunta que Ferrari aún no sabe responder.
Una historia enigmática
La tierra elegida muestra a Forn movido por la curiosidad que le genera una historia enigmática: antes de Google, el cronista-detective indaga, asocia, lee, ata cabos. En ocasiones, las pistas golpean a su puerta. Es el caso del sobre grueso que llega a su nombre, con “un par de fotos en fantasmal blanco y negro, de construcciones que se alzaban en medio de la nada como maquetas de una película de Fritz Lang”.
Al tirar del hilo de la misteriosa misiva, Forn encontrará la guía que lo llevará a narrar la historia de Francisco Salomone y su colosal y paradójica obra –“Salomone reinventó la pampa”, Forn dixit–, tiempo antes de que aquel se volviera una figura de culto en los círculos vernáculos.
Otras veces “el tesoro” a narrar se encuentra a través de rescates literarios, libros desconocidos, publicados o traducidos a destiempo: de Sándor Márai a las Memorias de Albert Speer. La atribulada historia del libro Kafka me dijo, del checo Gustav Janouch, le da a Forn la posibilidad de volver a Kafka a partir del escrito de este discípulo desconocido u olvidado que escribió un libro sobre su maestro, lejos de las biografías oficiales.
Juan Forn en el FILBA. Foto: archivo Clarín.Dice Forn: “Kafka es una presencia corpórea en el libro de Janouch”. También le permite reflexionar sobre el problema de la apropiación de la obra de los autores, “un deseo que ha sucedido desde el alba del mundo hasta nuestros días”.
En el artículo “El hombre que no inventó la bomba atómica” es la novela La desaparición de Majorana del italiano Leonardo Sciascia el cebo que le permite reconstruir la “corta y excéntrica vida” de Ettore Majorana, brillante científico siciliano que decidió suicidarse al darse cuenta de que, con sus conocimientos, iba a estar en condiciones de inventar la bomba atómica.
¿Es esto así, o una interpretación moralista de Sciascia? En un “viraje drástico”, el periodista-detective nos ofrece también una pista argentina, según la cual un físico italiano habría frecuentado a las hermanas Eleonora y Milo Manzoni en los años 60, versión de los hechos basada en declaraciones de la viuda del guatemalteco Miguel Ángel Asturias.
Toda reedición, puede pensarse, es la secuela de un libro exitoso, de un material que sigue teniendo vigencia. También es cierto que el libro, sus condiciones de publicación y recepción, se actualizan cada vez. Esta reedición de La tierra elegida, un libro que antes fue dos libros, que antes fueron notas largas de un suplemento cultural, no puede sino pensarse como un artefacto cargado de capas.
Juan Forn. Foto: Guillermo Rodriguez Adami.Y si al llegar a Gesell Forn no tenía muy claro cómo seguiría su vida literaria –fue Saccomano quien “me hizo entender que estaba escribiendo este libro cuando yo aún no lo sabía”, dato que quedó plasmado en la dedicatoria del libro– ese proyecto de escritura habría de crecer, dando lugar a varios conjuntos de antologías, precursor de un estilo, una marca propia: las contratapas de los viernes.
Y así, encarnar la cita de Edmond Jabés que también le regaló Saccomano y daría título a la antología esa que dice que el libro es la tierra del escritor.
La tierra elegida, de Juan Forn (Emecé).










