«Siempre hay un cristal muy grueso entre la realidad y tu mirada«. Ian McEwan eligió esa frase –nacida de su lectura de la biografía que Richard Holmes escribió sobre Robert Louis Stevenson– como una suerte de brújula para Lo que podemos saber (Anagrama), su nueva y decimonovena novela. Fue también la excusa perfecta para reunir, vía Zoom, a un grupo de periodistas hispanohablantes con el autor, ganador del Premio Booker en 1998 por Ámsterdam y que, junto a Martin Amis y Julian Barnes, figura entre los novelistas británicos más destacados de su generación.
De espaldas a una imponente biblioteca blanca, con la luz de la tarde filtrándose por los ventanales, que dejaba intuir verdes y cantos de pájaros, McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) respondió cada pregunta con la misma invitación de fondo: celebrar el arte, la vida y, sobre todo, la idea de que todavía estamos a tiempo.
Su nueva novela transcurre en 2119, en un Reino Unido convertido en archipiélago tras catástrofes climáticas y un accidente nuclear. Nigeria se ha convertido en la nueva superpotencia mundial y Estados Unidos languidece como una tierra infernal dominada por señores de la guerra.
Allí, el profesor Thomas Metcalfe dedica su vida a reconstruir un enigma del pasado: «Una corona para Vivien», un poema de quince sonetos que el poeta Francis Blundy leyó una sola vez, en 2014, durante la llamada Segunda Cena Inmortal, antes de que desapareciera para siempre.
Esa premisa –un futuro que acumula información sobre nosotros sin lograr comprendernos– es, para McEwan, la paradoja de nuestro propio presente.
«Estamos ante un pesimismo colectivo con un efecto paralizador, una especie de pegamento metafísico –reconoció–. Hoy existe la sensación generalizada de que el futuro será peor que el presente. Lo escucho en conversaciones cotidianas, en el autobús, en el tren: la mayoría de la gente cree que sus hijos y sus nietos no vivirán tan bien como ellos vivieron».
Ese pesimismo, aclara, no es un estado de ánimo aislado sino la suma de varias amenazas que se retroalimentan: «El cambio climático, el rearme de las potencias, la posibilidad de una guerra nuclear y, sobre todo, una inteligencia artificial» que ya habría cruzado un punto de no retorno.
«Hay programas generativos que se están automejorando y que se alejan de nuestro control», advirtió, y explicó que la razón por la que nadie los frena no es técnica, sino económica: «limitar la IA podría desatar una crisis financiera global sin precedentes, dado el volumen de dinero ya invertido en centros de datos».
Frente a ese panorama, McEwan fue tajante sobre el rol de la política: «Lamento la falta de voluntad regulatoria».
Tras ironizar sobre el axioma político según el cual «América inventa y Europa regula», McEwan comparó el poder de los magnates tecnológicos actuales con la Compañía de las Indias Orientales, «una corporación privada que terminó actuando como un Estado dentro del Estado y que tardó cincuenta años en convertirse en la punta de lanza del imperio británico». Para entender estas dinámicas, confesó que en su madurez alterna constantemente la lectura de ficción con la de libros de historia.
El «Alzhéimer social»
El deterioro cognitivo y la demencia se desarrollan en la segunda parte del libro, donde McEwan utiliza la enfermedad como una poderosa metáfora histórica para advertir sobre lo que llama «Alzhéimer social». Consultado por Clarín sobre si la retórica autoritaria, la polarización y la imprudencia política actuales son síntomas directos de esa amnesia colectiva –la de sociedades que, al perder la memoria de la Segunda Guerra Mundial, se vuelven arrogantes e ignorantes–, el autor recurrió a su propia biografía.
«La enseñanza de la historia es una de las tareas más urgentes de nuestros sistemas educativos», dijo, y lamentó que ya no sea materia obligatoria en las escuelas británicas.
«No se trata de memorizar fechas, sino de aprender a pensar históricamente: leer un periódico con sentido crítico, entender las dinámicas del pasado».
Contó que su padre «fue un soldado de carrera que sirvió toda su vida», y que su generación, a los veinte años, miraba a la de sus padres «y nos parecía que aspirar a una casa, un televisor y una vida tranquila era aburrido. Nos llevó tiempo comprender que ellos deseaban esa normalidad porque habían luchado contra el infierno en la Segunda Guerra Mundial y habían sobrevivido a la devastación. Nosotros no sabíamos nada de ese dolor», reconoció.
Y advirtió: «cuando una sociedad pierde la memoria histórica y padece ese Alzhéimer social, queda expuesta a cometer exactamente los mismos errores que ya costaron millones de vidas«.
El archivo que no explica nada
Buena parte de Lo que podemos saber gira en torno a otra paradoja: los investigadores del futuro tendrán acceso a más información sobre nosotros de la que nosotros tenemos sobre cualquier generación anterior –correos, mensajes, búsquedas–, pero eso no garantiza que lleguen a conocernos.
McEwan ilustró la idea con una comparación literaria: «las cartas de Napoleón, que escribía tres mil palabras diarias, o la correspondencia de Charles Darwin» conservan «una densidad y una perspectiva que el futuro difícilmente encontrará en nuestras comunicaciones electrónicas».
El propio autor donó a la Universidad de Texas sus correos electrónicos de 1996 a 2013, y aseguró que la decisión no le costó nada: «Nunca he escrito nada verdaderamente significativo en un e-mail, y mucho menos en un mensaje de texto».
Lo que sí lamenta, aclaró, no es tanto la pérdida de privacidad como la erosión de un lujo mayor: «El arte de la soledad y el silencio».
Puso como ejemplo a los pasajeros que, apenas aterriza un avión, «están pegados al celular mientras esperan el equipaje. Antes, ese era un tiempo para charlar o soñar con los ojos abiertos. Si internet sobrevive, los historiadores del futuro tendrán un material masivo e ingente sobre nuestra época, pero a expensas de una falta total de profundidad: no van a ver el alma desnuda de las personas».
El escritor y guionista británico Ian McEwan posa para los fotógrafos. EFE/Quique García Con ese toque de humor “british”, presente en su obra y que no le transforma el rostro, afirmó: «Tengo 78 años, así que ahora voy a más funerales que bodas o bautizos. Cuando escucho los distintos discursos que se pronuncian en el funeral, siempre me fascina lo que aprendo sobre los fallecidos, cómo he pasado décadas junto a personas muy queridas sin saber aspectos cruciales sobre sus vidas».
La paradoja del artista
En Lo que podemos saber, McEwan describe el poema perdido de Blundy como «más hermoso por el hecho de no ser conocido», y lo compara con el juego de sombras de la caverna de Platón: una forma pura que, en la imaginación colectiva, termina imponiéndose sobre cualquier versión real y accesible del texto.
«La cultura es un lujo colosal», asumió luego, tras recoger uno de sus auriculares inalámbricos, que se le había caído en pleno Zoom.
«Si estuviéramos en medio de una guerra devastadora, no tendríamos la oportunidad de disfrutar de la belleza cultural. El poema de Francis Blundy no va a salvar ninguna vida de forma directa. Pero la literatura no detiene balas y, sin embargo, cuando leemos una novela o un poema que nos llega al fondo, cambiamos neurológicamente: nuestra sensibilidad hacia los demás se transforma.»
Sobre su relación personal con la poesía, el autor de Expiación (2001), Chesil Beach (2007) y Solar (2010), entre otras novelas, no dudó en exteriorizar: «En esta casa tenemos una sala llena de libros de poesía. A veces escribo una frase y pienso: un momento, no estoy seguro de que esta frase sea mía. Y necesito detenerme para darme cuenta de que en realidad la tomé, sin querer, de un poema de Philip Larkin. Hay versos que calan tan hondo que uno tiene la sensación de que salen de sí mismo. Si puedo usar otra vez la palabra celebración, diría que esta novela es un himno a la poesía, que para mí es la forma literaria superior, la cúspide de todas las posibilidades de expresión de una lengua».
Lo que podemos saber también insiste en que los personajes que apreciamos en la ficción rara vez coinciden con las personas reales que los escribieron: «Como individuos o naciones embellecemos nuestras propias historias para parecernos mejores de lo que somos«, plantea la novela, que describe esa condición como «una niebla de sueños» que parecemos necesitar.
McEwan se detuvo ahí para reconocer algo que le resulta tan incómodo como fascinante: «Los escritores que amamos no siempre son gente estupenda. Hay gente tediosa, incluso horrible, capaz de escribir una poesía magnífica. El poeta Francis Blundy en mi novela no es un buen tipo, es un hombre profundamente cuestionable, pero escribe una poesía sublime. Esa es la paradoja fascinante con la que la literatura nos obliga a convivir».
El escritor y guionista británico Ian McEwan posa para los fotógrafos. EFE/Quique García Para McEwan hay un elemento de optimismo necesario en esta novela y recordó las palabras de Peter Medawar, un inmunólogo británico eminente activo antes de la Segunda Guerra Mundial, para quien «abandonar la esperanza en el progreso es como la última etapa de la derrota del espíritu. Yo estoy de acuerdo con esta idea», agregó el autor de Solar, activo desde hace veinticinco años en los debates sobre el cambio climático. «La ciencia existe y tenemos motivos para ser optimistas. No sé si es una cuestión de edad, en mi caso, o el hecho de tener nietos, pero mantener el optimismo es lo que le debemos al futuro”.
Lo que podemos saber, de Ian McEwan (Anagrama).










