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Sobre las cuatro de la tarde, en medio de una nube de mosquitos y calor, el castañero Juan Carlos Murillo lanza el hachazo que, por fin, parte el ‘coco’ que un árbol de castaña amazónica (Bertholletia excelsa) dejó caer desde una altura de cerca de 40 metros. Adentro aparecen ordenadas, como en una cajita de joyas, sus legendarias semillas, o ‘nueces’.
“Cada coco tiene unas 25 castañas”, explica Julio Callo, gerente general de la empresa peruana New Ways, que tiene seis concesiones en la provincia de Tambopata (departamento de Madre de Dios) y que suman más de 5.000 hectáreas dedicadas al aprovechamiento sostenible de esta especie, de donde sale el fruto seco.
Su árbol es uno centenario que no hay que tumbar ni aserrar. Es uno amazónico que, si se aprovecha inteligentemente, puede dar beneficios interesantes. Este emprendimiento, por ejemplo, extrae en una temporada de zafra (de noviembre a marzo) cerca de 100 toneladas de castaña, o sea, 100.000 kilos. Cada kilo puede ser vendido a 55 soles (aproximadamente 16,40 dólares).
Para un departamento como Madre de Dios, muy asediado por la minería ilegal, se puede convertir en una alternativa sostenible. En agosto de este año, por ejemplo, el Ministerio del Ambiente (MINAM) informó de un operativo conjunto entre la policía y los militares contra esta actividad. Es un negocio perverso que en los últimos años ha destruido más de 130.000 hectáreas de bosque en esta región, según la plataforma Monitoring of the Andes Amazon Program. En los predios de New Ways, por el contrario, se trata de mantener el bosque en pie, de aprovecharlo racionalmente. “La actividad castañera es de las pocas que son amigables con los bosques”, apunta Jimmy Ponce de León, asesor de bionegocios de New Ways.
Una de las consecuencias de hacerlo es también capturar carbono. De acuerdo con Kurt Rothschild, gerente del proyecto Facilidad Financiera para Bionegocios Amazónicos (EBBF, por sus siglas en inglés), una iniciativa del Fondo de Promoción de las Áreas Naturales Protegidas del Perú (PROFONANPE), el propósito final es que ese carbono se quede en los árboles al mantener la mayor cantidad del bosque en pie.
Mientras los árboles viven, pueden capturar el dióxido de carbono (CO2), el principal gas de efecto invernadero que agudiza la crisis climática global. Así, dado que este bionegocio no requiere tumbar los árboles de castaña, porque sus frutos se caen solos, junta en un haz varias cosas: mitiga el fenómeno, produce rentabilidad y cuida la selva, una ecuación difícil de sostener en este ecosistema asediado.
El proyecto EBBF ha ayudado con financiación a New Ways y a siete organizaciones más en el año 2025 y, en el 2026, lo hará con ocho más. El proyecto dura hasta el 2033 y cuenta para ello con 5,3 millones de dólares del Fondo Verde del Clima (FVC).
Una ruta que toma tiempo
Para poder acceder a estos fondos se deben cumplir varios requisitos. El principal: no destruir el bosque. Otros incluyen tener derechos de uso y aprovechamiento legales sobre los recursos, garantizar condiciones sociales y ambientales en los lugares donde se trabaja y mejorar los hábitats naturales y la biodiversidad que los sustentan.
Los bosques donde se ubica New Ways están conservados. La recolección, además, se hace de forma tradicional. Para que Murillo llegue al momento crucial de la partida del ‘coco’, donde anidan las semillas, antes otra persona ha recogido este y otros cocos con un palo abierto en tres por un extremo. Lo llaman ‘payana’ (del quechua pallay, “recoger del suelo”).
Los cocos luego se ponen en el yamashí, una canasta hecha con una liana delgada llamada tamshi, y de allí se juntan en rumas para ser partidos con un machete. Posteriormente, se colocan en unos sacos equivalentes a una ‘barrica’, una medida de aproximadamente 70 kilos, y son llevados a un almacén de madera denominado payol, elevado 80 centímetros del suelo.
Allí, la semilla se orea para que pierda la humedad propia de su proceso de recolección, ya que se hace en época lluviosa. Después puede ser secada al sol. La ruta suele durar varias semanas o meses, y no es fácil. Pero, como sostiene Ponce de León, “es la manera más respetuosa de conservar los bosques y que a la vez sirvan como fuente de recursos naturales”.
Los árboles de esta especie, además, casi nunca están juntos o cercanos. A veces hay uno solo por hectárea. En las concesiones de New Ways están erguidos en medio del bosque, a veces dominando una zona menos densa, o sobresaliendo en la espesura, con su tronco grueso y vital, que tiene hasta dos metros de diámetro.
“Es una de las varias especies de flora amazónica”, enfatiza Ponce de León, frente a un camino que entra al bosque. En medio de la fronda hay otras muchas plantas, como el huasaí (Euterpe oleracea), el ungurahui (Oenocarpus bataua) y el shihuahuaco (Dipteryx micrantha).
Esta última especie, más conocida por ser maderable, también tiene una nuez comestible, que es la preferida del roedor añuje (Dasyrprocta fuliginosa), y que, de acuerdo con Ponce de León, también podría ser aprovechada por los humanos.
Bionegocios con el bosque en pie
Gerson Cardozo, coordinador técnico de Agroindustria Forestal Santa Teresa, otro bionegocio apoyado por EBBF, explica, desde el vivero donde tiene numerosos plantones de café robusta (Coffea canephora) y castaña, cómo fue que giró hacia los sistemas agroforestales (cultivos de plantas que se dan en medio del bosque). “Nos dimos cuenta de que no era bueno que el suelo estuviera pelado, porque se gastaba y no era productivo”, afirma.
En su predio de 400 hectáreas tiene árboles forestales como la capirona (Calycophyllum spruceanum), árbol originario de la Amazonia, y la teca (Tectona grandis), que es de origen asiático, pero que se ha adaptado bien a este ecosistema tropical. Ambas especies las ha incorporado al vivero con fines de reforestación y recuperación de suelos degradados.
En los campos donde plantan el café y la castaña, se ven las hileras ordenadas, dispuestas para que vayan creciendo y “suelten nutrientes y se mantenga la salud del suelo”, afirma Cardozo. No usan pesticidas y la madera la aprovechan bajo el sello Forest Stewardship Council (FSC), una organización que promueve el manejo forestal responsable.
En los predios de Agroindustrial Santa Teresa hay zonas dedicadas a la ganadería vacuna de la especie cebú (Bos indicus), pero que también están siendo recuperadas con el café, la castaña, árboles de cacao (Theobroma cacao) y palta (Persea americana). Todo procura hacerse en clave sostenible, e incluso la crianza de animales camina hacia sistemas silvopastoriles (ganado y árboles).
El propósito de apoyar estos emprendimientos, como señala Rothschild, es que en un lapso de 10 años (el proyecto comenzó en el 2023), se llegue a capturar 1,9 millones de toneladas de dióxido de carbono, gracias a la gestión sostenible de un poco más de 81.000 hectáreas de bosque. Hasta ahora, a través de ocho emprendimientos apoyados por EBFF, se ha logrado capturar 21 toneladas de carbono equivalente, es decir, 21 toneladas de CO2 y otros gases de efecto invernadero.
El paso siguiente —declara Ponce de León— es producir aceite de castaña. “Estamos a la vez monitoreando la fauna de nuestras concesiones con cámaras trampa y trabajando con abejas nativas para producir miel”. Mientras explica este otro posible bionegocio, una abeja sin aguijón (Meliponea eburnea) se mete a trabajar en su colmena.









