Unas palabras | Perfil

Unas palabras | Perfil

Debo comenzar pidiendo disculpas a Pablo Katchadjian por las palabras que voy a escribir a continuación a partir su novela Medio real (Blatt & Ríos, 2026) o más precisamente sobre un pasaje de ese texto. Porque son palabras que, tal vez, estén algo forzadas; tal vez le hagan decir al libro algo que el libro no dice, que el autor no pretendió decir. Son palabras que, quizás, hasta sacan de contexto el párrafo de Katchadjian. Diré a mi favor que a la lectura –la lectura crítica– poco le debe importar las intenciones de un autor (que además nunca sabremos cuáles son) sino los efectos del texto, efectos que muchas veces –las mejores veces– son también propuestos por la propia lectura, más allá de la literalidad del texto comentado. Leer es como sacudir un árbol buscando que las ramas se doblen, formen imágenes que no estaban presentes a priori, caigan frutos que no se preveían. La lectura, cuando funciona, encuentra lo impensado.

La frase de Katchadjian en Medio real es: “No voy (a escribir) como los libros que el Imperio festeja, de estilo alto apenas pomposo, con ideas apenas inteligentes, con sintaxis apenas rebuscada, palabras apenas inusuales”. Por supuesto que aquí las palabras claves son “Imperio” (que bien podríamos reemplazar por “mercado”) y sobre todo la ironía del “apenas”. No son libros inteligentes, son “apenas inteligentes”. Ocurre que buena parte de la literatura contemporánea –de la que la narrativa de Katchadjian no forma parte, al contrario– es, de hecho, el entretenimiento inteligente del presente. Nada es más fácil hoy que escribir una novela inteligente. Todo el mercado tiende a eso, y de hecho, ya no quedan escritores ingenuos. Hoy ya (casi) nadie escribe mal. Todas las formas heredadas de la vanguardia han sido incorporadas (como las gotas de limón que se le pone al pescado) por una parte mayoritaria de la narrativa contemporánea, que hace de ese vanguardismo académico un tipo de producto específico al que podemos llamar “literatura de calidad”. La vanguardia académica piensa a la literatura como emprendimiento. Son textos cuyos efectos son como Pymes, como viajantes de comercio que llevan su inteligencia convencional disfrazada de “profunda” o “disruptiva” a festivales y congresos en universidades norteamericanas donde lo políticamente correcto se vuelve asfixiante, a premios literarios que premian cualquier cosa menos lo literario, a las redes (autodenominadas) sociales, al sueño de ser adaptados por las plataformas. La vanguardia es una tradición que ya tiene más de cien años, y cien años después una persona más o menos inteligente y más o menos culta puede escribir una novela tomando las herramientas de la vanguardia para que parezca un poco experimental, tomar las categorías de la crítica literaria y de la literatura proveniente de las ideas más radicales del siglo XX y XXI, pero pasteurizadas, estandarizadas y carentes de cualquier riesgo. Es la vanguardia convertida en producto, en intercambio, en acumulación. Se usan las herramientas de la vanguardia despojadas de su vocación de revolucionar la sintaxis. De lo que se trata, en cambio, es de enrarecer la lengua. Devolverle a la lengua su vacilación implica pensar a la lectura como un contragolpe a la época. La novela como contragolpe de los discursos hegemónicos, incluso los de la propia narrativa.

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